Abdellah Laroussi: «Ven en mí lo que pueden llegar a conseguir»

Abella Laroussi, La Merced Migraciones
Por: Javier Sánchez Salcedo - 25/04/2018
Nació en Tánger, Marruecos, hace 29 años. Cuando tenía 14 se escondió en un camión para cruzar el Estrecho y entró en España. Hoy trabaja como educador social en la Fundación La Merced Migraciones, orientando y ayudando a jóvenes que pasan por la experiencia que él vivió.

 


 

¿Cómo era tu vida antes de venir a España?

Como la de cualquier chaval. Soy de una familia de clase media. Mis necesidades básicas estaban cubiertas por mis padres, no necesitaba nada más. Nuestro barrio estaba junto al puerto y los niños jugábamos allí mientras veíamos a la gente que se iba ilegalmente hacia Europa. Aprendíamos cómo lo hacían y después lo hacíamos nosotros.

Abdellah Laroussi

Abdellah Laroussi en uno de los pisos de acogida de La Merced Migraciones. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Por qué?

Los chavales que venían a España a finales de los años 90 tenían facilidades para conseguir  en dos años documentación, trabajo y ahorros. Muchos niños soñábamos con probar.

¿La idea era ir y volver? ¿Hacer dinero y regresar?

No. Europa en aquellos momentos era otro mundo para nosotros. Lo veíamos por la tele y nos hablaban de él. Nadie se marcha con la idea de hacer dinero y volver. La gente rehace su vida, hace amistades, forma familias. Vuelven simplemente de visita.

¿Cómo fue tu «momento»?

Fue en mi tercer intento, el 10 de noviembre de 2003. Había sacado malas notas y no quería volver a casa. No quería que nadie me regañara.

¿No se lo dijiste a nadie?

Nadie dice nada a nadie. Ni las familias más pobres dejarían que un niño se fuera y arriesgara su vida.

¿Cómo te sentías aquel día?

Al principio muy nervioso. Cuando haces eso de niño a menudo es para que los demás vean de lo que eres capaz. Estaba nervioso. Nadie sabe lo que te puede pasar. Y los nervios te la pueden jugar.

¿Cómo viniste?

Hay un tipo de camión en el que vinieron muchos chavales marroquíes. Tiene una caja por debajo en la que se puede meter una persona muy pequeña. Todos nos queríamos meter ahí. Me colé en el parking donde están los camiones esperando para pasar la aduana, me metí en uno y pasó la revisión. Nadie se dio cuenta. En el barco que va del puerto de Tánger al de Algeciras pasé dos horas. Bajé del camión, subí al baño, me lavé y subí a la terraza. Cuando llegamos me metí otra vez en el camión. En el puerto de Algeciras los perros me ladraron mucho. Yo sacaba la cabeza y los perros me veían. Pero era imposible saber que era por mí. Finalmente el camión salió del puerto, paró en una gasolinera y me bajé.

Abdellah Laroussi

Abdellah Laroussi en uno de los pisos de acogida de La Merced Migraciones. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Y en España?

Encontré a un hombre marroquí y le pedí llamar a mi hermano, que estaba en un centro de menores en Madrid. Viajé y al final llegué al centro de la Fundación La Merced, donde ahora trabajo. Un niño con 14 años simplemente quiere comer, dormir, juguetes, una Play… Que le acojan y poco más. Es lo que encontré.

¿Qué es La Merced Migraciones?

Para mí La Merced lo es todo. Creo que si no hubiera llegado a este centro habría acabado fumando, metido en el mundo de la droga. Un niño sin sus padres o unos educadores que le orienten, puede acabar así. Pero desde que llegué recibí una buena orientación por parte del equipo educativo, que se preocupaba por nuestra salud física, nuestra salud mental, por la alimentación, por todo. Como unos padres con sus hijos, pero con mayor preparación.

Y empezaste a ayudar a otros jóvenes como tú.

Me propusieron formarme en el ámbito de lo social. Empecé con un curso de monitor de ocio y tiempo libre, y poco a poco he ido formándome en la mediación, en la Ley de Extranjería y en la intervención con jóvenes en riesgo de exclusión. Me contrataron como educador.

¿Qué es lo que haces?

Los pisos que tenemos son como cualquier casa de la sociedad española, donde conviven seis o siete chavales que van a pasar allí un tiempo. Los educadores tenemos que prepararles para que en un año, dos o tres puedan afrontar la vida que hay fuera. Que aprendan el idioma, se formen, sepan hacer trámites administrativos, comprar, cocinar, limpiar la casa, renovar su documentación o ir a la consulta del médico.

¿Cómo es tu relación con ellos?

Ven en mí lo que pueden llegar a conseguir. Y ven a una persona de su tierra, o en el caso de los subsaharianos, a una persona marroquí que habla un poco de francés. Eso facilita la acogida y se crea una relación de hermandad.

¿Qué es lo primero que necesitan?

La acogida es lo más importante. Necesitan cariño y sentirse en un ambiente familiar. Aquí van a pasar meses o algunos años. Un buen ambiente ayuda mucho a que el joven tenga motivación y siga luchando por su futuro.

Abdellah Laroussi

Abdellah Laroussi en uno de los pisos de acogida de La Merced Migraciones. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Tú crees que hay futuro para estos jóvenes en este país?

Yo creo que ellos son el futuro de este país. Una persona lo pasa mal cuando llega, tiene que aprender el idioma y tiene que aprender un oficio, pero es cuestión de tiempo. En cuanto consigue su documentación, empieza a trabajar y cotiza, tiene una vida normal, sale de la casa de acogida, alquila un piso con un amigo o un familiar, forma su familia… es una persona más para nuestra sociedad.

¿Suelen tener claros sus objetivos?

Muy claros. La mayoría de los chavales han sufrido mucho durante el camino, sus viajes han sido largos, han gastado mucho dinero. Cuando llegan es para poder ayudar a sus familias, para trabajar.

A los que ven al inmigrante como un problema o como una amenaza, ¿qué le dices?

Entiendo a esa parte de la sociedad que ve a una persona inmigrante como algo peligroso y que piensa que viene a hacer algo malo. Es ignorancia. No conocen la historia de estas personas, si huyen de su país por desastres naturales, una guerra o por pobreza. No saben que estas personas vienen a trabajar.

¿Cuál es tu gran sueño?

Tengo una familia, tengo un trabajo, salud… No aspiro a nada más. Pero sí pienso en los chavales que llegan y vienen con la esperanza de luchar por su vida, por su familia y lo que encuentran una situación muy difícil. Me gustaría que les fuera bien.