Adou

javier fariñas martín - retrato     Por Javier Fariñas Martín

 

No soy muy dado a mirar en Internet las posibles patologías que puedo padecer. Si me duele una rodilla no me lío en la red a buscar posibles lesiones relacionadas con la articulación. Ni cuando el estómago da vueltas como una lavadora. Ni cuando los síntomas de la alergia caen sobre mí cuando la nieve cubre los Pirineos. No. No miro, porque al final siempre alguien ha muerto por un dolor de rodilla, un malestar estomacal, o los vaivenes atemporales de las alergias.

Por eso hoy, cuando intuyo que tengo trastorno bipolar o algo parecido, tampoco miraré por ahí en busca de hipotéticas consecuencias, porque las causas las conozco y las tengo bien delimitadas.

Mi trastorno, que eleva o aniquila mi estado de ánimo, tiene que ver con las noticias. Unos días me hunden en la miseria, y otros días me reconcilian con la profesión y con esta acción cotidiana a la que llamamos vivir.

Entre los que me han enfangado estos días está el bueno de Fabrice Leggero, director de Frontex, quien no ha tenido reparo en acusar –eso sí, si nombrarlas, como buen hipócrita– a las ONG por rescatar a la gente que, en su huida hacia Europa, se ahoga en el Mediterráneo. En un diario alemán, el Die Welt, ha dicho: “Hay que evitar dar apoyo a las redes criminales que operan en Libia haciéndose cargo de los inmigrantes cada vez más cerca de las costas de Libia”. Y ese ‘dar apoyo’ es muchas veces tirar de las muñecas hacia arriba a gente que no puede chapotear más en el agua. Ha añadido: “Esto hace que las mafias carguen siempre más inmigrantes con embarcaciones que no están adaptadas, sin darles suficiente agua y carburante”. No podía decir otra cosa, habida cuenta de que en el último informe de Frontex, la organización que dirige, se reconoce que en 2015 las organizaciones humanitarias protagonizaban el 4 por ciento de las operaciones de salvamento en el Mediterráneo, mientras que en 2016 ese porcentaje se ha elevado hasta el 40 por ciento. Ese documento, además de constatar esa realidad, afirma que “Los esfuerzos humanitarios” juegan a favor de las mafias, y que los barcos de las ONG actúan “como taxis” para los inmigrantes. Como taxis. 

 

Presentación del libro “Me llamo Adou” de Nicolás Castellano / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

 

Y con esos humores grises tirando a negros bajo mi abrigo subo a la quinta planta del Círculo de Bellas Artes, donde me entregan la vida de un niño metida en un libro, el trabajo de un periodista encajonado en casi 200 páginas, y el testimonio de un padre que en diez minutos ha vivido más que los antepasados de Leggero en tres siglos. El periodista, Nicolás Castellano. El niño, Adou, el niño de la maleta, el que apareció en un escáner de la Guardia Civil en un control fronterizo. El padre, Alí. Y un historión de pateras, de mafias, de familias, de trapicheos y verdades. Un historión, el de una familia que quiere reagruparse pero que no lo consigue porque los ingresos del padre no llegan a la barrera que marca la ley por apenas 56 euros. Sí, por 56 euros. Violencia legal, se llama eso.

Adou nos mira desde la portada de su libro [Me llamo Adou, editorial Planeta] y Alí se muestra más lúcido que nunca, cuando lo fácil hubiera sido perder la cabeza, tirar la toalla o embarcarse de nuevo en el mar con la esperanza de que le pillaran las huestes de Leggero y de una puñetera vez le quitaran la idea de buscar un futuro para su familia, para que le dejaran en su país, Costa de Marfil, que es donde muchos piensan que debía estar y de donde jamás debía haber salido.

Esa entereza, junto a la honestidad del compañero de profesión que agarra una historia y no la suelta hasta contársela al mundo, me ponen en el lado blanco del día. 

¿Bipolar? ¿O solo ciclotímico? Quién sabe. Por si acaso no miraré Internet ni cogeré –al menos hoy– un taxi, no sea que me encuentre al tal Leggero en la parada. Todo sea por evitar.