«Aguantando» solo un rato

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En algunas partes de África, si pregun­tas a la gente «¿Qué tal?» o «¿Cómo está?», fórmulas de saludo usuales que parecen inocuas y que no pretenden ser el inicio de una conversación sino, más bien, una muestra de amabilidad, corres el riesgo de acabar alargándote. Es muy ha­bitual que haya personas que respondan: «Un poco bien» o que, incluso, recurran a lo que en ciertas zonas es un clásico: el típico «Aguantando».

Al principio, yo contestaba con un simple «¿Por qué?», pero luego me di cuenta de que las palabras que utiliza­ban eran algo así como el siguiente capítulo de una historia que comenzó tiempo atrás. La falta de libertad, de elección, de trans­formación y la tremenda frustración diaria acaban por manifestarse así, como una es­pecie de afonía que afecta a buena parte de la sociedad, y no porque sus habitantes naz­can sin voz, sino debido a que se les atro­fian las cuerdas vocales, puesto que jamás les dejaron quejarse ni gritar –tampoco a sus padres, a sus abuelos o a sus bisabue­los–. Al final, algunos acaban por olvidarse de que tienen la capacidad de hablar. Única­mente aguantan.

La primera vez que lo escuché me sor­prendió y quise saber más acerca de esta ex­presión. Fue como si mi interlocutor lleva­ra años esperando a que alguien le prestara atención. Se deshizo en un relato de penu­rias cotidianas, de estrecheces de bolsillo, de carencias y de ausentes a los que se ex­traña y de los que se espera una ayuda que nunca llega.

Tras narrarme sus incontables pesares, aquel hombre continuó caminando, arras­trando los pies, con la carga del «aguan­tando» sobre los hombros. La misma que trasladó a sus hijos antes de que nacieran y a sus nietos no alumbrados, la misma que cayó sobre él sin que nadie le preguntara, la misma que, al principio, le costó sudor y sangre soportar y que ahora ya no nota por­que lleva demasiado tiempo sobre él, hasta el punto de haberle deformado la clavícula y los omóplatos.

El «aguantando» solo debería durar un ra­to, pero hace siglos que está acomodado en lo que hoy es un país, más atrás una colonia, y cuando entró en contacto con los europeos, simplemente un territorio al que expoliar en términos humanos y de materias primas. Ojo, el latrocinio se mantiene, y los cacos provienen de todos lados.

Aguantar no debería ser un estado per­manente, una forma de vivir o de sentir, ni siquiera un «mientras tanto». Instalarse en la resignación es sumergirse en el vientre de una depresión nacional, es como asumir que siempre tendrás los brazos caídos y solo po­drás levantarlos para saludar o loar a quien te los cosió a las caderas. Porque sabes que después de eso los dejarás caer de nuevo.

Cuando vives aguantando, se te encorva la espalda y te conviertes en un anciano des­ganado, aunque seas joven, aunque tengas 20 años. Y asumes que la vida es eso y solo eso. Y dejas de soñar. Y tú misma te cortas las alas, porque un día te das cuenta de que se te ha olvidado volar. Y la rabia se ahoga y se entierra la ilusión. Hasta esas palabras desaparecen de tu vocabulario, ya que salvo en ocasiones muy contadas, sabes que no las vas a utilizar.

Sin embargo, si aguantas es porque un día sentiste emoción. No obstante, te sedas mi­rando la televisión, bebiendo alcohol malo que te deja peor, caminando por carreteras nuevas vacías o transitadas por coches vie­jos que contrastan poderosamente, ominosamente, con lujos de cuatro ruedas, tan grandes, tan altos, tan nuevos que la com­paración da asco y vergüenza. E impotencia.

El «aguantando» solo debería durar un ra­to, pero lleva vivo décadas. Y mientras vive, mata. Y mientras mata, crece.

Fotografía: Jorge Álvaro Manzano (Creative Commons)

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