Alima Ngoutme: «Detrás de cada persona inmigrante hay un sueño»

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Alima Ngoutme, emprendedora y activista



«Nací en Camerún. Hace 14 años que llegué a España y vivo en Leganés. Soy la fundadora de Mirando por África, una ONG dedicada a luchar por los derechos de los niños con discapacidad intelectual en África. Queremos construir un centro de educación especial y necesitamos apoyo».


Para empezar a conocerte, Alima, ¿cómo te definirías?

Soy una persona muy creyente. Una persona que sabe lo que quiere. Una mujer libre, íntegra. Mis abuelos me dejaron como herencia la dignidad y la honradez. «Mejor ser pobre e ir con la cabeza alta que ser rico por haber pisado a los demás», me decían.

¿En qué entorno creciste?

Me crie en la ciudad de Duala, en un ambiente hostil. Mi padre falleció cuando yo tenía dos meses y mi madre, que era muy joven, tenía 45 años menos que mi padre, tuvo que volver a casarse. No tuve suerte. Mi padrastro nunca me quiso y pasé una infancia en la que no tenía derecho ni a un juguete ni a un plato de comida. Mientras mis hermanas dormían en un colchón, mi madre tenía que darme un trozo de tela para que pudiera hacerlo en el suelo. Tuve que buscarme la vida. Con siete años empecé a vender por la calle para evitar que mi padrastro le levantara la mano a mi madre por guardarme comida. Ella se sacrificó por mí. Cada vez que se enfrentaba a mi padrastro, él le decía: «Odio a tu hija porque se parece tanto a su padre que sé que a través de ella le recuerdas». Quería deshacerse de mí, pero ella le decía que nunca me abandonaría. Mi madre tenía diez hijos, cuatro con mi padre y seis con mi padrastro. Cuando miro a Europa, pienso lo bien que están las mujeres. Tuve una infancia muy difícil y por eso soy tan creyente. Me refugié en Dios. Era la única persona con la que podía hablar.

Alima Ngoutme el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo
¿En qué momento decidiste emigrar a Europa?

Mi padrastro quería casarme con un hombre 50 años mayor que yo, pero yo no quería y mi madre me apoyaba. «Tú sabes que la poligamia no es cosa buena», me decía cuando estábamos a solas. Me quedé embarazada del que ahora es mi marido –fuimos juntos al colegio– y mi padrastro me echó de casa. Era una deshonra. Tenemos que llegar vírgenes al matrimonio y conocer a nuestro marido en la noche de bodas. Además, mi marido es cristiano y mi familia era musulmana. Cuando nació mi hija Lamina volví al hogar familiar, pero ella nació con problemas, con una discapacidad, y mi padrastro decía que tenía una maldición, que Dios estaba muy enfadado conmigo por haberla tenido con un cristiano. Eso es lo que gran parte de la comunidad africana sigue pensando, que un hijo con discapacidad es un castigo divino. Perdí a mis amigos, los compañeros de escuela me dejaron de lado, la gente se mofaba de mí y decían que había tenido una «niña serpiente». Cuando Lamina cumplió un año, le dije a mi madre que me marchaba. Recuerdo la tarde en que nos separamos, en 2003. Le entregué a la niña y me dijo: «Hija mía, sé que es difícil vivir con el rechazo. No sé a dónde vas, pero le voy a pedir a Dios que te proteja. Vas a llegar a donde te propongas». Yo tenía 18 años.

Y emprendiste tú sola un largo y duro viaje.

Crucé todo Camerún hasta llegar a la parte norte. Atravesé Nigeria, Benín, Burkina Faso, pasé por Malí, por Mauritania… Fueron nueve meses de viaje. Hubo una etapa en la que los tuaregs nos llevaron en jeep. Íbamos 70 personas, porque nos cargaban como si fuéramos moscas encima de un mango. Yo era la única mujer. Nos dejaron en un lugar desde el que ya teníamos que seguir a pie varias horas por el desierto, a 50 grados. Mis compañeros caían y los enterraban allí mismo. Yo me aferraba a la fe. Llegamos a Argelia, y allí pasé cuatro meses. Desde Marruecos, la única manera de cruzar a Ceuta era o saltando la valla o nadando. Preferí nadar. Fue muy doloroso ver los cuerpos de los hermanos flotando mientras me debatía entre la vida y la muerte. Pero llegué. Tengo mucha fe en Alá. Si había sobrevivido al desierto sin agua, no me abandonaría. Le prometí que si llegaba con vida iba a sacar a la luz la realidad de los niños como mi hija. Por eso creé la organización Mirando por África. En Ceuta me dieron los papeles, luego me trasladé a Madrid.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que te reuniste con Lamina?

Nueve años. Lo más difícil para el inmigrante es la integración. Cuando llegas a Europa todo cambia. Antes no sabías lo que significaban los papeles y las leyes, fue un shock no poder traer a mi hija inmediatamente, porque me pedían muchas cosas. Necesitaba un trabajo, una casa…

Nueve años. Qué duro.

Esos años sin ella han sido muy difíciles. Me preguntaba cómo se encontraría, si tendría comida suficiente… Al año de mi llegada a Europa, falleció mi madre. Mi hija se quedó con mis hermanas pequeñas. Mi dolor era inmenso. Temía que me la quitaran, por la creencia de que los niños como ella tienen que estar en el río porque atraen la pobreza. Pero mis hermanas la protegieron. Una tarde en Ceuta salimos a pasear y me crucé con una señora que llevaba a su hijo con discapacidad intelectual en una silla de ruedas. Les paré y me eché a llorar. Miraba a aquella mujer paseando orgullosamente a su hijo y pensaba en mis paisanas que, por falta de información y por el rechazo de la sociedad, acaban tirando a sus hijos al río. Menos mal que yo no lo había hecho.

¿Cómo es Lamina?

Alegre y con carácter. Se ­expresa no verbalmente porque cuando llegó a España era ya muy tarde y los ­profesionales no pudieron hacer mucho. Es muy importante la atención temprana y el diagnóstico precoz. Lamina tiene muchas ganas de expresarse, y lo cierto es que a través del amor entendemos su idioma. Cuando hace algo, ­necesita que le digas que lo ha hecho bien. Si se lo dices, está feliz. Creo que Dios ha creado a estas personas para hacernos reflexionar. Lo único que necesitan es paciencia, amor y que les digas todos los días «Tú puedes», porque son capaces de todo. El amor y la paciencia que necesita Lamina lo aprendí de mi madre. «Va a ser difícil, pero sé que lo vas a conseguir», me decía. Para el Día de la Madre, Lamina me ha hecho un precioso regalo, un dibujo con la ayuda de sus maestras. Para mí es un tesoro que tendría que guardar en el banco.

Háblame de Mirando por África.

Detrás de cada persona inmigrante hay un sueño. Hace diez años creé esta organización. Somos un grupo de cameruneses y españoles que luchamos por los derechos de las personas con discapacidad intelectual en África. Pero la cooperación internacional es «blanca» y todas las grandes organizaciones que trabajan en Camerún nos han cerrado las puertas. La única que nos ha escuchado ha sido Mensajeros de la Paz, del Padre Ángel. Lo que hemos conseguido hasta ahora también ha sido posible gracias a las personas mayores de ­Leganés que, desde los centros donde se reúnen para sus juegos y sus bailes, me dijeron: «No tenemos dinero, pero podemos hacer actividades y lo que recaudemos os lo damos». No hay una persona mayor en Leganés que no conozca a Mirando por África. Así es como hemos sobrevivido.

¿Qué habéis podido hacer?

Hemos abierto una primera pequeña escuela en Duala, con 15 niños, y Mensajeros de la Paz nos paga el alquiler. Ahora estamos preparando nuestro primer viaje de formación con neurólogos que irán allí a finales de agosto. Pero encontramos muchas trabas. Yo pensaba que después de lo que había vivido las cosas iban a ser más fáciles, pero no. En Europa el racismo nos tiene con las manos atadas. Ahora no se habla apenas de la discapacidad intelectual en África, pero estoy segura de que dentro de pocos años las grandes organizaciones lo van a hacer y serán ellas las que reciban las subvenciones. Piensan que una persona negra no sabe gestionar el dinero. Pero esa mentalidad debe cambiar. Con los pocos medios que tenemos hemos conseguido que muchas mujeres estén aceptando a sus hijos, que dejen de tener vergüenza por llevarles a la escuela. La cooperación internacional tiene que contar con nosotros, porque conocemos los problemas de nuestro pueblo. Aquí Lamina lo tiene todo, pero allí los niños como ella están encerrados en sus casas. Una madre nos decía que tiene que tener a su hijo encadenado y encerrado porque cuando sale a la calle le tiran piedras. ¿Por qué no podemos construir una buena escuela de educación especial con profesionales formados? No pedimos mucho, estos niños pueden sobrevivir con poco. Tenemos abierta una campaña para poder construir este centro y esperamos recibir más apoyo para que los niños con discapacidad en África puedan ver la luz del día. En África no solo hay necesidad de alimentos y vacunas. Lamina existe. Los amigos de Lamina existen.






Con ella

«Es Ramatou, mi madre. Su retrato es el objeto más preciado que tengo. Es la persona que ha hecho de mí lo que soy hoy. Cuando escondía la comida para dármela le decía: “Mamá, qué buena eres”. Y ella me respondía: “Algún día tú también lo vas a ser por tus hijos”. Ella me enseñó a querer a Lamina».

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