¿Amor a segunda vista?

Por: Javier Fariñas - 14/11/2018

[En la imagen superior tres angoleñas posan sentadas delante de un mural con la imagen de Leonidas Brezhnev. Fotografía de Getty]

Rusia se incorpora al tablero africano
Rusia, que perdió pie en África con el final de la Unión Soviética, quiere recuperar el tiempo perdido en el continente. Con unos lazos económicos más sólidos y una acción diplomática expansiva pretende codearse con China, Estados Unidos o la Unión Europea.

Los hechos que nunca han sucedido se convierten, en ocasiones, en noticia. Esta aparente contradicción se produjo a primeros del pasado marzo en Adís Abeba. Allí coincidieron dos pesos pesados de la diplomacia mundial. El secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, convirtieron la capital etíope en un gallinero de rumores y especulaciones acerca de una reunión que, al final, no se produjo, a pesar de que se alojaron en el mismo hotel. No hubo nada que contar, salvo que ambos andaban de gira por tierras africanas para asentar posiciones en el continente.

Más acostumbrados a visitas norteamericanas, con Obama a la cabeza, la presencia de Moscú resultó más llamativa. Para Lavrov, la parada etíope era la última de un periplo de apenas seis días que le llevó también por Angola, Namibia, Mozambique y Zimbabue, en la que ha sido la visita más importante en décadas de un ministro de Exteriores ruso a África.

 

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, el pasado marzo durante una rueda de prensa en Adís Abeba. Fotografía: Getty

 

Rusia, que no arrastra un pasado colonial en África, mantiene sin embargo relevantes vínculos históricos, heredados especialmente de la época de la Unión Soviética. Fueron relaciones que el presidente de la Asociación Española de Africanistas, Mbuyi Kabunda considera «privilegiadas», pero que «no pudieron mantenerse o sobrevivir, por la sencilla razón de que Rusia, tras la ­perestroika y la glásnot de Gorbachov, se retiró casi completamente del continente africano», algo en lo que coincide el periodista y colaborador de MUNDO NEGRO, José Carlos Rodríguez Soto, quien indica que «los observadores políticos de África parecen coincidir en que al final de la Guerra Fría, Rusia no mostró interés especial en los países africanos».

Pero el devenir del país euroasiático ha cambiado, y ahora con Putin a la cabeza intenta dejar atrás la melancolía que dejó el final de la Unión Soviética en un pueblo acostumbrado a la grandeza, como retrató ­Svetlana Aleksiévich en El fin del homo ­sovieticus. En este espacio de tiempo, los grandes actores del panorama político y económico internacional, léase Unión Europea, Estados Unidos y –en última instancia, pero de manera masiva– China, han ocupado un escenario, el africano, en el que ­ahora el Kremlin quiere hacerse un ­hueco. La pregunta es cómo y para qué ­conseguirlo. En noviembre de 2016, Vladimir Putin aprobó las nuevas líneas de la política exterior del país, en las que se establecía que una de las prioridades sería, sí, África.

 

Dos sudafricanos caminan delante de una central nuclear. Fotografía: Getty

 

Lazos políticos y económicos

Unos días antes de comenzar su gira africana, Lavrov señaló a la revista Hommes d’Afrique que «nuestra cooperación económica no está tan avanzada como nuestros vínculos políticos». En esas palabras se intuye buena parte del interés que Rusia está mostrando en los últimos años por África, interés que el presidente Putin se encargó de reafirmar en la última cumbre de los BRICS, celebrado en Johannesburgo entre el 25 y el 27 de julio: «Rusia tiene previsto incrementar su ayuda al desarrollo del sector energético de los Estados de África», además de incrementar su presencia en sectores como «la industria, la agricultura, la salud, comunicaciones, geología o minería» dijo. Y para dejar claro que aquello no era una declaración de intenciones, hizo público el contenido de una conversación con el presidente angoleño, João Lourenço, en torno a la explotación de diamantes del yacimiento de Catoca, que supone el 6 % de la producción mundial, y en el que tiene mucho que ver la compañía rusa Alrosa, que trabaja junto a empresas locales.

Las declaraciones de Putin, la visita de Lavrov y los más que frecuentes encuentros bilaterales o multilaterales protagonizados por dirigentes rusos y africanos consolidan unas cada vez más sólidas relaciones con el continente. No en vano, seis economías africanas se encuentran entre las diez de mayor crecimiento en 2018 según las estimaciones del Banco Mundial. ¿Adivinan cuál es una de ellas? Sí, Etiopía, donde Lavrov y Tillerson coincidieron, aunque no se vieron.

En 2013, el entonces gobernador del Banco Central de Nigeria, Sanusi Lamido Sanusi, en declaraciones a Financial Times, señaló que «África debe reconocer que China –al igual que Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Brasil y los demás– está en África no por su interés en África, sino por el suyo propio». Si el interés de cada uno de esos países se centra en lo económico, Rusia parte en desventaja –en clara desventaja– con sus competidores.

 

Homenaje a los periodistas rusos asesinados en RCA. Fotografía: Getty

 

Rusia, cuyas relaciones comerciales con el continente (3.600 millones de dólares en 2017, según el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso)están todavía muy lejos de las chinas (220.000 millones de dólares), o norteamericanas (37.000 millones de dólares), pretende acercarse, entre otros sectores, a través de la explotación de recursos minerales. Junto a los trabajos en Angola aparecen la bauxita guineana y el nombre de Rusal; el mismo que surge al buscar en los yacimientos nigerianos de aluminio. El conglomerado Vi Holding nos lleva hasta el platino zimbabuense. La petrolera Rosneft ubica su interés en el gas de la plataforma continental mozambiqueña. El oro de Burkina Faso y Guinea; el uranio de Níger, los fosfatos de Guinea-Bissau o el manganeso de Sudáfrica son también objeto del deseo de Moscú. En esta relación de ida y vuelta, también desde el Kremlin se han incrementado las importaciones procedentes del continente africano. Según Brookings Institution, entre 2006 y 2016 las compras al continente aumentaron un significativo 142 %. Pero no solo de la industria extractiva se nutre esta relación. En diciembre de 2017, durante su visita a El Cairo, Putin comprometió 23.000 millones de dólares para la construcción de una central nuclear en El Alamein. Meses más tarde, el 14 de julio de 2018, el que rindió visita al Kremlin fue el sudanés Omar Hassan El-Beshir. Fuentes consultadas por MUNDO NEGRO señalan que «en la visita, uno de los asuntos que probablemente se abordaron, y del que se habla aquí en la radio sudanesa, es la construcción de una central nuclear, con apoyo ruso, para la producción de energía eléctrica». Poco ha trascendido de este acuerdo, suscrito en su momento por la compañía Rosatom Overseas y el Ministerio de Recursos Hídricos, Irrigación y Electricidad de Sudán, y del que apenas se conocen cifras ni plazos para su culminación. Otro de los países donde Rusia pretende colaborar en la generación de energía nuclear es Sudáfrica. Ambos países acordaron en 2014 la construcción de la primera planta nuclear con tecnología rusa en el continente, pero la justicia sudafricana paralizó el proyecto por considerarlo inconstitucional e ilegal.

«Rusia cuenta también hoy con su soft power ideológico o diplomacia económica –apunta Mbuyi Kabunda–, al disponer de 49 embajadas en el continente». Esta nueva actitud rusa hacia África se ha confirmado con el desembarco diplomático en países como Ruanda, República ­Democrática de Congo (RDC), Etiopía o Angola.

 

Instructores militares enviados a República Centroafricana por Moscú. Fotografía: Getty

 

El negocio de las armas

Uno de los negocios menos vistosos pero más lucrativos es el comercio de armas. El portal Estudios de Política Exterior recordaba el 27 de septiembre que «Rusia ha firmado acuerdos de cooperación militar con RDC, Etiopía y Mozambique. En 2017, Rusia suministró a Egipto equipos militares por valor de 1.000 millones de dólares». Desde la Escola de Cultura de Pau, Josep Maria Royo Aspa, advierte que «los intereses de Rusia en África se traducen en acuerdos de compraventa de armas con diversos países africanos a cambio de apoyos diplomáticos en la arena internacional y contratos económicos de extracción de recursos naturales. Un ejemplo de ello es República Centroafricana (RCA), donde se han destapado acuerdos entre empresas rusas con actores centroafricanos que podrían estar violando los derechos humanos».

En este campo, Putin tiene que remar con intensidad si quiere recuperar el terreno perdido de los tiempos de la Unión Soviética, cuando se convirtió en uno de los principales proveedores de armamento para muchas naciones del continente. Así lo admite Mbuyi Kabunda, quien recuerda que «en las décadas de 1990 y 2000, las armas procedentes del stock de la antigua Unión Soviética alimentaron muchos conflictos en el continente». Aunque los porcentajes oscilan, en la actualidad el 12 % de las exportaciones de armas rusas van a parar a África. Mientras, se estima que el 35 % de las armas que circulan por el continente llevan bandera rusa.

Un caso paradigmático, por actual, es RCA, donde se ha instalado la que se considera como primera misión rusa en África. Ahí Putin ha enviado 170 instructores militares y civiles, junto a la venta de armas cortas y munición. Alberto Rojas, periodista del El Mundo ponía nombre y apellidos a esa venta: «900 pistolas Makarov, 5.200 Kaláshnikov, 840 ametralladoras, 140 rifles de francotirador y 270 lanzagranadas».

La cuestión es por qué RCA ha desatado este inusual interés informativo sobre la presencia del Kremlin en tierras africanas. Todo arranca en un suceso, el asesinato de tres periodistas rusos que investigaban el trabajo en el país de la empresa WARNER. El misionero comboniano y obispo auxiliar de Bangassou, ­Jesús Ruiz, señala lo que es vox populi: «WARNER sería una empresa de mercenarios que ya actúa en Siria y en otros países del mundo. O sea, sería una agencia de mercenarios enviados por Putin». Esta ayuda militar, según José Carlos Rodríguez Soto «le ha venido muy bien a Touadéra, ya que su menguado Ejército está bajo un embargo de la ONU. Los guardaespaldas de Touadera son ahora rusos, así como su principal consejero político». En esta secuencia de relaciones causa-efecto, no parece anecdótico que «poco después del primer encuentro entre el presidente Touadéra y el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, en octubre de 2017, aterrizó en Rusia la empresa minera rusa Lobaye Invest, y otra corporación rusa ha manifestado su interés en explotar el uranio de Bakouma, de donde se retiró la francesa Areva en 2012 debido a dificultades logísticas», advierte Rodríguez Soto.

Pero no todo se mide en influencia militar o económica. También África se ha convertido en tablero donde Rusia quiere ejercer su influencia política. Por retomar el caso ­centroafricano, tanto Jesús Ruiz como Rodríguez Soto inciden en que Touadéra se ha echado en brazos del Kremlin, dejando de lado a su socio natural, París, algo que no ha gustado en el Elíseo.

 

 

Reunión entre los presidentes ruso y sudanés. Fotografía: Getty

 

Con este protagonismo, Mbuyi Kabunda cree que Rusia «intenta fortalecer sus relaciones con China para contrarrestar la influencia de Estados Unidos en el sistema internacional». En esta línea también jugaría Omar Hassan El-Beshir. La última reunión del presidente sudanés con Putin, señala la fuente consultada por MUNDO NEGRO, «se interpretó como un modo de decir al cowboy (Donald Trump) que Sudán puede tener otras relaciones. Obama había iniciado los procedimientos para retirar, bajo determinadas condiciones, el embargo económico a Sudán. Pero cuando ha llegado el cowboy, además de los requisitos marcados por la Administración Obama, ha insistido muchísimo sobre el tema de la libertad religiosa. Así, la visita de El-Beshir se produjo en ese contexto, como una reacción de ciertos grupos de poder dentro del Gobierno, que quisieron explicitar que no hay necesidad de estar bajo las condiciones del cowboy».

Más allá de casos concretos, el presidente de la Asociación Española de Africanistas recuerda que «Putin persigue tres objetivos en su política exterior: la recuperación por Rusia de su estatus de gran potencia, el respeto por parte de la comunidad internacional de su soberanía, y tener voto y voz en los grandes asuntos internacionales. En pocas palabras, la recuperación de su prestigio histórico como un gran actor internacional». Para ello debe incrementar el número de socios en los foros internacionales. BBC recordaba el pasado mes de agosto que «aunque su base son los vínculos económicos que existen desde la época soviética, ese comercio iba en una sola dirección: de Rusia hacia sus aliados a cambio de muy poco, excepto exigir apoyo a las políticas de Moscú dentro de Naciones Unidas»; y es ahí donde el soft power del que hablaba Kabunda adquiere un protagonismo indudable.

¿Puede Rusia convertirse en una potencia hegemónica en la región? Rodríguez Soto es categórico: «Va camino de ello». La reflexión de Josep Maria Royo insiste en ese aspecto, pero también advierte del lastre que puede suponer para África: «Rusia se está convirtiendo en un actor determinante para el continente a tener en cuenta, y seguramente no será el principal abanderado en la defensa de los derechos humanos, ya que tenemos la experiencia y el ejemplo en su propia casa».