Arte makonde y modernidad

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Por Gerardo González Calvo

 

Expresión artística del oriente africano

 

 

Los makondes son un pueblo africano que vive en el sureste de Tanzania y el norte de Mozambique. Sus enigmáticas figuras talladas en madera de ébano son tan originales como representativas de un arte africano genuino.

 

La inmensa mayoría de las esculturas y máscaras africanas que conocemos proceden del África centro-occidental; existen muy pocas de África oriental. Reinos nigerianos como los de Ifé y Benín, y pueblos como los bambaras, baulés, dan, gurós, dogones, bamunes, bakubas, tchokwes, mumuyes y fang, por citar solo algunos, han creado unas estatuas y máscaras de gran calidad artística, tanto en terracota como en madera, bronce y marfil. Son también muy valoradas en las subastas internacionales de arte. ¿Se debe a que en África occidental florecieron reinos muy bien estructurados? Es posible, pero también existió un imperio, tan grandioso como el del Gran Zimbabue, e incluso un reino tan bien organizado como el de Buganda, en Uganda, y, sin embargo, no poseen una relevante producción artística.

Conozco el caso de algunos pueblos con cualidades para el arte que han logrado realizar magníficas obras gracias al impulso de algunos preceptores: los shonas de Zimbabue y los chewas de Malaui. Los primeros viven en el poblado de Tengenenge y los segundos en Ku-Ngoni. Sus mentores y animadores han sido el sudafricano Tom Blomefield y el P. Claude Boucher, misionero canadiense de los Padres Blancos. Los artistas se dedican exclusi­vamente al arte. Los shonas esculpen la piedra y los chewas tallan la madera.

23 de enero de 1980. Un escultor makonde trabaja una pieza en una cooperativa de la provincia de Nambula, al norte de Mozambique / Fotografía: Archivo Mundo Negro.

23 de enero de 1980. Un escultor makonde trabaja una pieza en una cooperativa de la provincia de Nambula, al norte de Mozambique / Fotografía: Archivo Mundo Negro.

Sin perder las características propias de su arte tradicional, tanto los shonas como los chewas han evolucionado hacia nuevas formas creativas. Esto mismo han hecho los artistas makondes, que viven en el sureste de Tanzania y en el norte de Mozambique. Roger ­Fouquer en su libro Escultura moderna de los makonde recoge esta cita del reputado crítico de arte portugués Jorge Dias: “Los makonde son prácticamente el único pueblo de África oriental con una verdadera tradición escultural que merezca un lugar de honor en el seno del gran arte africano”.

De hecho, los makondes son conocidos sobre todo por sus obras de arte, en particular por las enigmáticas esculturas talladas en madera de ébano que empezaron a proliferar y a difundirse a partir de los años 40 del siglo XX. Existen artistas makondes de prestigio internacional como George Lilanga, Rafael Nkatunga y Ataluma Arrone, y hay  asociaciones de escultores makondes en Mozambique y en Tanzania.

 

Tres momentos creativos

¿Qué es lo que caracteriza al arte makonde? Asegura Fouquer que “esculpir la vida, tal es el arte y la meta de los makonde”. Y también: “El arte de los makonde es un notable medio de expresarse y de decirnos que este pueblo sabe mucho de la vida”. Esta finalidad es perceptible en sus obras en las distintas etapas creativas. El portugués Eduardo Medeiros, vinculado al Núcleo de Estudios sobre África de la Universidad de Évora, señala tres períodos estilísticos. El primero es la producción de máscaras y estatuas entre 1917 y 1920. El segundo abarca desde 1920 hasta 1950. Es un arte más realista y a veces de crítica social. Durante este período, los colonizadores portugueses encargaron a los artistas makondes objetos decorativos en madera de ébano y en marfil. El tercer período comienza en la segunda mitad de los años 50.

En este momento se produce el llamado arte moderno makonde. Según Medeiros, se caracteriza, desde el punto de vista estilístico, por una elaboración refinada, una ejecución muy cuidada y un acabado esmerado. Muchas de estas obras tienen un gran componente abstracto. Los estudiosos suelen clasificarlas en tres grupos: ­shetani, ujamaa y figurativo. Los primeros, demonios, son figuras humanoides y zoomorfas que representan espíritus generalmente maléficos. De ahí sus formas distorsionadas y burlescas. La ujamaa (familia extendida en suahili) o árbol de la vida es una escultura con varias figuras enlazadas entre sí; el mensaje es claro: prevalece la unión y la solidaridad sobre el individuo. En el arte figurativo aparecen obras con rasgos muy definidos y realistas, aunque con particularidades muy precisas: mujeres con los senos como único detalle distintivo, que simbolizan la fertilidad,estrechamente vinculada a la cultura tradicional del pueblo makonde, basada en el matriarcado.

 

Trabajos de un artista makonde en una ujamaa, una de las expresiones escultóricas más singulares de este pueblo, que se distribuye entre Tanzania y Mozambique / Fotografía: Archivo Mundo Negro

Trabajos de un artista makonde en una ujamaa, una de las expresiones escultóricas más singulares de este pueblo, que se distribuye entre Tanzania y Mozambique / Fotografía: Archivo Mundo Negro

El paso a la modernidad

Algunos puristas tachan al actual arte makonde de mercantilista y de adulterar los antiguos valores culturales. Puede que así sea; pero ninguna cultura debe quedar anclada en un pasado inamovible. En los pueblos africanos en general, y entre los makondes en particular, se ha cerrado un ciclo histórico, estrechamente vinculado a una concepción míticoreligiosa del mundo que impregnaba todas las actividades humanas, incluido el arte. Subraya Fouquer que “el makonde extrae sus creaciones de lo real y lo imaginario, del ritmo y de la intuición, del simbolismo y de la magia”. En uno de los primeros ensayos sobre el arte africano, el escritor e historiador del arte Carl Einstein señalaba en La escultura negra y otros escritos (1915) que “El ejecutante labra su obra como una divinidad o como su guardián; es decir, tiene desde el comienzo distancia respecto a la obra, que es el dios mismo o su receptáculo”.

Todavía quedan reliquias de esta concepción del arte, sobre todo en los pueblos más alejados de las ciudades, en donde las máscaras y las estatuillas se realizan y se emplean para ritos de iniciación. Sin embargo, el cambio es irreversible. Tenemos que despojarnos del mito del hombre primitivo químicamente puro –que nunca lo fue– y alejado de todo contacto con el exterior. Algunos estudiosos del arte siguen dedicando el análisis de estas obras bajo el epígrafe de ‘Arte de los pueblos aborígenes’, como hace José Pijoan en el primer volumen de su Summa artis. Historia general del arte.

En las nuevas creaciones artísticas makonde hay de todo; depende de la calidad y de la pericia de sus autores. Las mejores obras, que distan mucho de ser mercantilistas o souvenirs para turistas amantes de lo exótico o de lo raro, revelan una gran abstracción. En ellas, el artista juega con los vacíos de una manera singular, lo que confiere a las obras gran movilidad y una armoniosa fluidez. El efecto visual es cautivador por la excelente factura de las piezas pero, sobre todo, por su gracia y gran equilibrio. Existe una deformación de los rasgos faciales y del cuerpo; algunas estatuas solo tienen un rostro caricaturizado y unas piernas y brazos larguísimos, que distan mucho del arte figurativo.

Esto demuestra que el artista makonde ha dado un significativo paso adelante. Saben muy bien los creadores makondes que las estatuas ya no cumplen una función ritual, como en la antigüedad, aunque intentan conservar elementos propios que no se detectan en otros pueblos y culturas. Incluso artistas como Lilanga, han ampliado su creatividad a la pintura.

El arte nunca ha sido estático. Ha evolucionado al ritmo de los tiempos, de las corrientes culturales y de la sociedad. De no ser así, estaríamos todavía anclados en el arte rupestre. Su finalidad, como escribió el ensayista francés Joseph Joubert, “es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no copiar su apariencia”. Esto es lo que se desprende aún hoy de las mejores obras makonde.

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