Bachir Samb: «No por ser negro tienes que ser de África»

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Bachir Samb, actor, cantante y escritor

«Soy actor, cantante y escritor. Tengo 24 años. Mis padres son senegaleses y yo nací en Las Palmas de Gran Canaria. A los ocho años me fui a Senegal para estar tres meses, pero pasé 14 años. Regresé a España en 2019 y vivo en Madrid. Cuento mi experiencia en el libro Una carta a Adelina».








¿Quién es Adelina?

La considero mi madre española. El edificio en el que vivían mis padres en Las Palmas era suyo. Ellos le habían alquilado un piso en la primera planta y ella vivía en la cuarta. Un día Adelina bajaba por las escaleras y me oyó llorar. Yo era un bebé. Le dijo a mi madre que cuando quisiera me podía dejar con ella, que no tenía nada que hacer y podía ocuparse de mí. Y al final me quedé a vivir con ella hasta los ocho años.

¿Y tus padres?

Eran jóvenes y viajaban mucho por trabajo. Los hijos de Adelina eran más mayores, competían en campeonatos de surf por todo el mundo y ella se quedaba sola. Insistió en que podía encargarse de mí. Mis padres subían de vez en cuando a verme, y los viernes yo bajaba al primer piso con ellos para comer platos senegaleses e ir a rezar a la mezquita. Pero siento que crecí con Adelina.

Con ocho años, te vas a Senegal. ¿Por qué? 

Mi madre me dijo que mi abuela estaba enferma y necesitaba a alguien que la cuidara. Y yo encantado. Tenía mucha curiosidad. Había acabado el curso, empezaba las vacaciones y quería irme a conocer cómo se vivía en Senegal, si era verdad lo que nos contaban los medios de comunicación sobre los países africanos. Me ofrecí a ir tres meses con mi abuela para aprender y a pasármelo bien. Sabía que iba a estar con la familia, con los míos. Que iba a estar bien. 

¿Qué te dijo Adelina?

Quería que me quedara, pero yo quería ir para satisfacer mi curiosidad. Necesitaba saber cómo era aquello.

Y los tres meses previstos se convirtieron en 14 años. 

En Canarias yo tenía un NIE (número de identidad de extranjero) en el que ponía «nacido en Las Palmas, España» y caducó estando en Senegal. En ese momento, mi padre vivía en EE. UU., mi madre se había ido a Suiza y no pude renovarlo. Fui a la embajada varias veces y no me prestaron atención. Me tuve que quedar. Al principio fue difícil, pero empecé a adaptarme y quise pasar allí más tiempo.

Relatas la experiencia en Una carta a Adelina. ¿Qué es lo que más te sorprendió?

El primer impacto fue el hecho de subir con ocho años y solo a un avión por primera vez y bajar en un aeropuerto donde todo el mundo era negro como yo. Aunque no hablaba el idioma y no conocía a nadie, sentí que estaba con los míos. Cuando me dejó la azafata, yo llevaba un cartel con mi nombre colgado del cuello. Vino una señora que resultó ser mi abuela, me cogió de la mano y me llevó a su casa. Cada vez que Adelina me llamaba por teléfono, me preguntaba preocupada si pasaba hambre y si había guerra. Claro que no. Nunca viví nada parecido a lo que contaban los medios. Tuve que aprender más sobre religión musulmana, rezar cinco veces al día, el Ramadán, aprender dos idiomas al mismo tiempo, el wolof, que se hablaba en casa, y el francés en la escuela. Me sorprendía que allí se comiera arroz todos los días, cuando en España hay primer plato, segundo y postre. Pero me adapté bien, me gustaba aprender. 

¿En algún momento pensaste que era tu sitio y que te ibas a quedar para siempre?

Estaba a gusto con los míos, pero desde los seis años en mi mente estaba la idea de ser actor. Y allí no encontré una escuela de arte dramático. Mi sueño era formarme y trabajar en otros países como España, Francia, EE. UU. o Inglaterra. Eso fue lo que me impulsó a volver a Europa.

En Senegal, ¿qué añorabas de la vida en Canarias?

Muchas cosas: el surf, las paellas de los fines de semana en la playa, las navidades con sus regalos…

Ahora que estás aquí, ¿qué echas de menos de tu vida en Senegal?

Echo de menos despertarme temprano, pedir mi café y abrir la tienda de ropa en la que trabajaba de dependiente desde que tenía 11 años. Atender a los clientes, ayudarles a combinar los colores y encontrar el vestido adecuado. Echo de menos a mis amigos, con los que tenía un club de lectura y jugaba al baloncesto. También el arroz del que tanto me quejaba cuando estaba allí. Yo no sé cocinarlo, y ahora para comerlo voy a un restaurante senegalés de Lavapiés. En Senegal, para el almuerzo, cocinan un plato grande y toda la familia se sitúa alrededor para comer juntos, conversar y reír. Echo de menos todo el cariño de esos -momentos. 

¿Cómo nace la idea del libro?

Se me ocurrió con 14 años, pensando que nunca había conocido a nadie con una experiencia similar. El libro está dedicado a Adelina, pero es una historia abierta para que quien la lea conozca lo que viví y luche contra sus prejuicios. Empezó como un diario sobre lo que iba viviendo cada día, pero después de dos semanas de escritura me cansé, porque mientras yo escribía, mis amigos jugaban. Tampoco quería que nadie descubriera lo que estaba contando. Diez años después lo retomé, durante el confinamiento por el coronavirus, ya en España. Estaba solo en mi casa, y después de días haciendo ejercicios de interpretación delante de la cámara, tocando la guitarra y componiendo, me planteé retomar la escritura. Lo terminé en cuatro meses. Lo que he publicado es una primera parte que tendrá continuación. Además he sacado una canción con un videoclip asociado al libro.



Bachir Samb el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


¿Qué esperas de este trabajo? 

Mi objetivo es que no juzguemos a una persona por su color de piel. Cuando me mudé a Madrid, entré a una tienda en la Gran Vía y los dependientes me hablaron en inglés. Daban por hecho que no era de aquí. Pero no por ser negro tienes que ser de África, ni por ser rubio con ojos azules del norte de Europa. En Canarias había chicos que me decían: «Negro, no te me acerques». Y cuando iba con Adelina de la mano, notaba en los padres de otros niños ciertas miradas. Luego en Senegal me decían que no era de allí y me llamaban Bounty, como las chocolatinas: negro por fuera pero blanco por dentro. ¿De dónde soy? Soy de ambas partes. Y si me voy a Suiza, seré suizo. Llegar a la conclusión de que soy un chico universal es lo que me ha permitido seguir adelante. Con el libro quiero romper estereotipos, que antes de juzgar a alguien nos demos la oportunidad de conocerle y empatizar con él. Cada persona es un mundo por descubrir. Quería contarle a Adelina, con la que compartía muchos prejuicios cuando vivíamos en Canarias, cómo son de verdad las cosas en Senegal. A ella y a cualquiera que lea el libro.

Antes de ser actor, trabajaste en multitud de oficios.

En 11 diferentes. En Senegal, en la tienda de ropa de mi abuela hacía el inventario de las telas. Su hermano me llamó para trabajar como albañil. Estando en la ESO, un profesor me ofreció dar clase a unos niños que necesitaban apoyo. También trabajé como guía turístico, ya que hablaba español, wolof y francés. Y en muchas cosas más que cuento en el libro. Pero mi meta fue siempre ser actor. A los seis años, cuando salía del colegio, mis amigos quedaban para jugar al fútbol y yo prefería quedarme tranquilo en el sofá viendo películas y series como El Príncipe de Bel-Air. Quería ser como Will Smith, poder conectar con la gente y jugar con las emociones. 

¿Qué proyectos tienes entre manos?

En Málaga hemos rodado un proyecto del que todavía no puedo hablar. Un corto que hice con un director finlandés ganó el premio a mejor dirección novel en un festival de Tokio y estoy pendiente de hacia dónde va. He participado en otros cortometrajes y tengo varios proyectos actorales y musicales. Acabo de publicar el libro, que se va a traducir al francés para publicarse en Senegal y en Francia, y más adelante haré la segunda parte. 

¿Qué clase de proyectos audiovisuales te interesan?

Me gustan el drama y la comedia, pero también soy fan de la acción y la fantasía, géneros que se hacen cada vez más aquí en España con la llegada de plataformas como Netflix. También me gustaría hacer una serie de comedia musical. Pero siempre con mensajes que merezcan la pena ser contados. El mundo audiovisual te muestra cómo es la realidad, pero también lo que la realidad podría ser. Un negro no tiene por qué ser siempre el mafioso del barrio, el vendedor de drogas, el malo de la película. Está bien contar la historia de un inmigrante negro, pero ¿qué hay del negro que lleva aquí toda la vida estudiando y tiene un trabajo de profesor o de abogado? ¿Qué tipo de proyectos necesita para poder verse reflejado? Esa gran labor la están haciendo plataformas como Netflix o HBO, donde ves personajes con los que te identificas. De hecho, estoy viendo ahora una serie de Netflix que se llama Cero sobre negros que viven en Italia. Me ilusiona ver proyectos así en los que sale alguien que se parece a mí. Y lo ideal es hacerlo también aquí en España.   


CON ÉL

«Utilizo la escritura como forma de terapia. Me ayuda a expresar lo que me cuesta decir en persona. Todos mis proyectos los escribo en una libreta con un bolígrafo como este: el libro, las canciones, los cortometrajes. Con el bolígrafo cuento historias. Lo escrito se queda ahí. Por eso he elegido el bolígrafo». 

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