Bélgica frente a su pasado colonial

12/02/2019
El Museo de África presenta una visión revisada del continente

 

Los responsables del Museo de África, situado en el majestuoso Palacio Colonial de Tervuren (Bélgica), han convertido el antiguo Museo Real del África Central en un espacio en el que dialogan los excesos del rey Leopoldo II en Congo con el arte contemporáneo africano y la identidad de la diáspora.

 

Todo pasa, excepto el pasado». La cita, en la pared, es lo primero que lee el visitante al atravesar el pasillo de entrada al Museo de África –antes conocido como Museo Real del África Central– en Tervuren (Bélgica). Podría tratarse de un proverbio pero es, en realidad, el título de un libro que aborda la gestión social de los traumas de la guerra. No es casualidad. Bélgica se enfrenta a los fantasmas de su pasado colonizador y lo hace a través de la renovación de un museo que nació para glorificar la colonización y hoy la cuestiona, pero cuyas consecuencias siguen aún latentes, en África y Europa.

La colonización de Congo –la actual República Democrática de Congo (RDC)– es uno de los episodios más negros de la historia de Bélgica, que también gestionó los territorios de Burundi y Ruanda. Aunque resulta casi imposible conocer la magnitud del genocidio, se estima que al menos un tercio de la población en la zona murió a consecuencia de la colonización belga. Millones de personas perecieron asesinadas durante la invasión militar, o como consecuencia de los trabajos forzados a los que fueron sometidos, los desplazamientos forzosos, las hambrunas, o las torturas. Congo fue durante años patrimonio personal del mayor responsable de los horrores del colonialismo, el rey Leopoldo II.

Cuando Bruselas acogió la Exposición Universal de 1897, el monarca creó una ‘sección colonial’ que daría origen al que hoy conocemos como Museo de África. Al concluir el evento, Leopoldo II decidió hacer aquella exposición permanente y la trasladó al conocido como ‘Palacio Colonial’ en Tervuren. Aunque el rey no vería nunca el edificio terminado, el palacio fue construido con los beneficios del expolio de la colonia.

El museo acogía una colección de piezas de arte y etnografía de Congo –en gran parte robadas–, animales y restos geológicos. Pero no solo. En el jardín que rodea al edificio se reprodujo una aldea congoleña. Un grupo de personas fueron forzadas a vivir en ella, exhibidas como bestias ante los visitantes. Al menos siete de aquellas personas murieron durante la exposición.

El museo servía entonces como aparato de propaganda en defensa de la acción colonizadora en Congo y, además, alentaba a las empresas a desplazarse a África para nutrirse de los recursos naturales del país, a expensas de la población. La deshumanización de los habitantes de la zona, exhibidos como animales, era una parte fundamental del ejercicio propagandístico de la época que permitía justificar las atrocidades cometidas en la colonia.

Aunque ha sufrido cambios a lo largo de su historia, la exposición permanente no había sido modificada desde los años 50, antes incluso de la independencia de Congo en 1960. Tras más de 17 años de trabajo y cinco de obras, el nuevo Museo de África ha vuelto a abrir sus puertas, completamente renovado, en forma y fondo.

 

«Todo pasa, excepto el pasado». La cita, en la pared, es lo primero que lee el visitante al atravesar el pasillo de entrada al Museo de África. Fotografía: Pablo Garrigós

 

Superar la visión colonialista

El edificio había sido construido como museo colonial y la exposición no había cambiado en los últimos 60 años. El espacio requería una profunda renovación que tuvo tres objetivos: convertir el museo en una exhibición sobre el África contemporánea, ofrecer una visión más crítica del pasado colonial y mejorar la infraestructura de un edificio con más de 100 años de antigüedad.

Durante las conversaciones que precedieron a las obras, hubo quienes argumentaron que debía permanecer tal cual, a modo de recuerdo de cómo los museos coloniales fueron concebidos. Algunos no entendían el problema del contenido del mismo. Otros pedían su destrucción absoluta.

Los responsables decidieron buscar una solución intermedia. La decisión respondía a una cuestión práctica, al tratarse de un edificio histórico el margen de maniobra era limitado y el presupuesto no permitía preservar el edificio original y construir un nuevo museo. Pero también lo hacía con la voluntad de explicar el pasado en lugar de simplemente eliminarlo.

«Pensamos que era posible hacer ambas cosas, mantener el edificio como un espacio para la memoria y, al mismo tiempo, introducir una nueva narrativa sobre África», explica el director del museo, Guido ­Gryseels. El nuevo Museo de África es el resultado de ese trabajo. «La colonización por definición es un sistema de ocupación militar, con un gobierno autoritario y racista, basado en la explotación de un país», explica el director. Y el museo, asegura Gryssels, dice ahora claramente que «lo consideramos inmoral».

Como un museo dentro de un museo, en una de las primeras salas se agolpan una decena de estatuas. Pertenecen a la exhibición anterior y representan a los habitantes de Congo como animales, en posturas imposibles, actitud violenta, como cazadores, como bestias, como asesinos. Es apenas un resquicio de lo que fue la exposición original, y de la que algunos habrían preferido no dejar rastro. No así su director, que defiende la necesidad de hacer referencia al pasado para no olvidar. «Lo hicimos contextualizando, explicando por qué la estatuas están ahí, qué significan, cómo deberíamos mirarlas ahora…», alega Gryseels. «Estas estatuas ya no encajan aquí», reza un letrero que las acompaña.

La discusión misma sobre cómo abordar el problema se entiende como parte de la exhibición, de la historia, y ha sido representada en las paredes del museo por el artista congoleño Chéri Samba. Un cuadro evoca una escena en la que se produce un tira y afloja entre los responsables de la institución –que creen necesario preservar las estatuas– y los representantes de la diáspora, que pedían la eliminación de cualquier representación racista de la muestra.

 

Fachada del Palacio Colonial, sede del Museo de África. Fotografía: Pablo Garrigós

 

El expolio exhibido

Restos arqueológicos, animales disecados, instrumentos musicales, ornamentos, trajes, obras de arte… El Museo de África cuenta con una de las colecciones etnográficas africanas más importantes y ricas de Europa. Pero su exhibición no está exenta de polémica.

Algunos de esos objetos fueron robados u obtenidos por la fuerza –se llegaron a profanar tumbas, durante la invasión militar–. Los responsables del museo, conscientes de ello, hacen referencia a estas acciones, las lamentan y hasta ofrecen una disculpa en los paneles informativos que los acompañan. Parece impensable, por ejemplo, encontrar una nota excusando la extracción de piezas egipcias en museos de Londres o París y, sin embargo, Bélgica lo ha hecho.

Pero para muchos, no es suficiente. La oenegé Bamko, que trabaja por la descolonización de los espacios públicos, entiende que la restitución de esos objetos es necesaria para completar la descolonización del museo. Y no son los únicos. Una parte importante de la diáspora cree que el museo sigue siendo una exhibición de la fuerza belga, de su conquista de África y lo seguirá siendo mientras se exhiban objetos sustraídos durante las campañas militares.

Guido Gryseels es consciente del debate. «Estoy convencido de que no es normal que el 80 % del arte africano esté en Europa hoy, principalmente en museos. Tenemos que hacer algo», asegura el director del museo, que está a favor de la restitución pero, eso sí, bajo ciertas condiciones.

Gryseels explica, por ejemplo, que la ausencia de un museo nacional en RDC –cuya construcción está finalizándose–, complica la restitución. Precisamente el presidente saliente del país, Joseph Kabila, ha aprovechado el debate para reclamar la restitución de los bienes expoliados.

El director del museo subraya que el instituto de investigación asociado a la institución trabaja en proyectos de cooperación con museos en diversos puntos de África a fin de garantizar las condiciones adecuadas para devolver parte de las piezas exhibidas o, al menos, realizar exposiciones temporales.

 

Dos visitantes contemplan una vitrina en la que se expone el busto de Leopoldo II, principal responsable de los excesos coloniales belgas. Fotografía: Pablo Garrigós

 

Con voz propia

Uno de los pilares fundamentales de su renovación ha sido la colaboración de la diáspora africana en Bélgica en la redefinición del museo, a pesar de las diferencias. «No puedes hacer un museo sobre el África contemporánea sin involucrar a los propios africanos», asegura Gryseels.

La institución dedica un amplio espacio a las tradiciones y rituales, la música y las lenguas del territorio comprendido entre Ruanda, Burundi y RDC, que un día fueron colonias belgas. Algunas personas que tienen la imagen de África como un continente hambriento y en guerra, «llegan aquí y descubren la belleza de África, de su cultura, de su tradición», se congratula Gryseels. Pero al contrario que antaño, son los propios ciudadanos los que explican sus costumbres. Gracias a una instalación audiovisual, cuentan su propia historia, sin intermediarios.

Las paredes del Palacio Colonial están plagadas de referencias a la labor «civilizadora» de la colonización y a los responsables del expolio del Congo. Para hacer frente a la narrativa imperante, el museo pidió a varios artistas africanos que ofrecieran su visión de la historia a través de sus obras, por lo que las referencias a la colonización se mezclan con el arte contemporáneo africano. El artista Aimé Mpane, conocido por su trabajo sobre la colonización y el régimen de Mobutu, fue el encargado de plantar cara a las estatuas de los responsables de las mayores atrocidades coloniales en África. Mpane lo hizo representando, con Aire Nuevo, una tez africana, agujereada, hueca, como si le hubieran arrancado parte de su esencia.

El museo cuenta también con una galería dedicada a los caídos durante la invasión de Congo. Los nombres inscritos en la piedra solo hacen referencia a los ciudadanos belgas, a pesar de que fueron millones los congoleños que murieron.

Gracias al trabajo del artista Freddy Tsimba, cuando el sol refleja en las ventanas de la galería, los nombres de las siete personas que murieron cuando eran exhibidas como animales en el museo se proyectan sobre los nombres de los belgas caídos en Congo. En un país que atesora récords por la falta de horas de sol, la instalación casi parece una metáfora de todo lo que aún queda por hacer.

De hecho, la sala dedicada a la diáspora, a la migración a lo largo de décadas que ha hecho de Bélgica el país multicultural que es hoy, a la experiencia de esas personas –pero también a los retos a los que todavía se enfrentan–, es una colección de recuerdos, algo desordenados y descontextualizados en comparación con el resto del museo.

 

Los nombres de los belgas caídos durante la invasión de Congo. Fotografía: Beatriz Ríos

 

Un espacio de diálogo

Ha costado casi 60 años, pero Bélgica empieza a enfrentarse a su pasado colonial. Pocos meses antes de la reapertura del Museo de África se inauguró la plaza homenaje a Patrice Lumumba, con motivo del 58 aniversario de la independencia de la República Democrática de Congo.

Lumumba, líder de la revolución y primer ministro del primer Gobierno del Congo independiente, fue asesinado en un golpe de Estado en el que Bélgica habría tenido «una irrefutable responsabilidad moral», según una investigación. La plaza que le recuerda, se sitúa a las puertas del barrio de Matongé –como la popular barriada de Kishasha–, el corazón africano de Bruselas.

El mes de octubre pasado, aunque parezca mentira, Bélgica eligió también a su primer alcalde negro. Pierre Kompany, que llegó al país como refugiado procedente de RDC en los 70, se hizo con la alcaldía del municipio de Ganshoren. Su hijo Vincent ha sido durante años capitán de la selección de fútbol belga. En Bélgica, cuya estrella nacional Romelu Lukaku es también de origen congoleño, parece que los orígenes africanos importan menos en el fútbol que en la política.

En este contexto en el que la reconciliación empieza poco a poco a hacerse realidad, mientras se cierne sobre Europa la sombra de la extrema derecha, Guido Gryseels aspira a que la institución pueda convertirse en un vector de unión. «Creemos que el papel del museo es crucial para garantizar el diálogo intercultural, lograr abrir mentes y posibilitar un espacio de debate», alega el director.

«Creo que muchas personas no son conscientes de cómo los sistemas coloniales siguen teniendo consecuencias hoy día», añade. «Si como museo hemos defendido durante casi 80 años que nuestra cultura es superior, que los valores europeos son superiores, que los africanos son seres primitivos que merodean desnudos y que viven de la pesca y la caza, obviamente hemos contribuido al cultivo de actitudes racistas. Y creo que apenas hemos comenzado a dejar claro esto a la gente», explica Guido Gryseels en un ejercicio de autocrítica.

En su primer mes abierto, más de 60.000 personas han visitado el Museo de África. Aunque no todos salieron igual de contentos, Gryseels considera que el sentimiento general es positivo. Así y todo, admite que algunos creen que la exhibición va demasiado lejos en su crítica del colonialismo; otros, que se ha quedado corta. El director se compromete a escuchar las críticas e incluir cambios si fuese necesario. Al fin y al cabo, la exhibición aspira a ser un lugar de encuentro, de diálogo, entre el presente, el pasado y el futuro.