Bienvenidos a Europa

La gran solución de la Unión a la “crisis” de los refugiados, el acuerdo con Turquía, vuelve a pender de un hilo ante las exigencias de Erdogan, calificadas de “chantaje” por voces del Parlamento Europeo. Continúa la tragedia humanitaria mientras el viejo continente desoye los beneficios que le reportaría una acogida coordinada, integradora y solidaria. 

 

Por Elena Sánchez Novoa

 

La lancha de Dehab se hundía en su camino a Grecia cuando algunas personas empezaron a lanzar por la borda a otros pasajeros para reducir el peso, incluyendo a una mujer embarazada. Akbaret tuvo que esconder debajo de su falda a su hija adolescente durante el viaje a través del desierto de Libia, mientras a su alrededor una joven era violada. El compañero de viaje de Fátima fue apaleado por unos guardias de prisiones húngaros cuando este les pidió que le devolvieran el inhalador para el asma del hijo de cinco años de Fátima.

Estas historias son solo retazos de las entrevistas a personas inmigrantes realizadas por Richard Mallett y Jessica Hagen-Zanker para su trabajo de investigación Viajes a Europa: el papel de la política en la toma de decisiones migratorias, publicado por el think tank inglés Overseas Development Institute (ODI). El año pasado murieron más de 5.000 migrantes alrededor del mundo, tratando de llegar a un destino. Detrás de las campañas de concienciación sobre los peligros del viaje subyacen teorías de información asimétrica o de un limitado conocimiento de los riesgos que hacen que las personas se sometan a estas vivencias.

Sin embargo, ninguno de los entrevistados parecía sorprendido por el tipo de travesía que tuvo que emprender. Acoso, violencia y muerte se han convertido en la norma de la experiencia migratoria y los migrantes lo saben. Richard Mallett revela con una claridad abrumadora que el constante ruido sordo de los bombardeos en la casa del vecino convierte en cotidianos sentimientos intensos de miedo y vulnerabilidad. En muchas ocasiones, los migrantes han tenido que sopesar una amenaza real ya vivida con un peligro mucho más abstracto e hipotético. Además, priman los objetivos a largo plazo, la esperanza de un futuro mejor. La madre de Dehab la envió a Europa para que pudiera “estudiar y ser libre”.

 

 

Richard Mallet expone las conclusiones de su informe "Journeys to Europe" durante en un encuentro de la Fundación porCausa, Overseas Development Instutute y Política Exterior.
Richard Mallet expone las conclusiones de su informe “Journeys to Europe” durante en un encuentro de la Fundación porCausa, Overseas Development Instutute y Política Exterior.

 

El precio de la economía 

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), existen más de 60 millones de personas desplazadas forzosamente en todo el mundo a consecuencia de la persecución, los conflictos, la violencia generalizada o las violaciones de derechos humanos. Una perspectiva global de la situación muestra que la alarma de “crisis” despertada en el seno del viejo continente no deja de ser una pequeña parte del fenómeno, ya que Europa no es el destino prioritario de los refugiados: solo el 14% de desplazados vive en países desarrollados. Los principales países de acogida son Turquía, Pakistán, Líbano, Irán, Etiopía y Jordania.

En los años cincuenta y sesenta, los inmigrantes eran personas invitadas por estados como Alemania para ocupar puestos de trabajo. A partir de la década de los setenta, el marco económico europeo se resintió y la idea derivó a un “los inmigrantes nos quitan los puestos de trabajo”. Juan Iglesias, del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas, afirma: “5 millones de personas llegaron a España en los años del crecimiento y se incorporaron al mercado de trabajo siendo convocados por la economía española; parte del boom y del crecimiento del supuesto milagro económico español fue con trabajo barato a través de la migración irregular.”

Myriam Redondo, doctora en Relaciones Internacionales, es tajante: “Cuando aumenta el desempleo, también sube la preocupación por el terrorismo”. Afirmar sin género de duda que entre las personas que han cruzado el Egeo no hay ningún terrorista es imposible, sin embargo, “si se descubriera que uno de los terroristas ha entrado como turista nadie pediría prohibir el turismo”, opina Redondo. El motivo es que con los turistas no se dan esos estereotipos previos, que dirigentes como Viktor Orbán se encargan de amplificar. “Todos los terroristas son básicamente inmigrantes. La cuestión es cuándo migraron a la UE”, aseguró en declaraciones de noviembre de 2015 el primer ministro de Hungría.

Merkel y su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), han pagado un precio muy alto en las regionales de marzo por haber defendido una postura bastante progresista para los tiempos que corren. De hecho, el cambio sustancial en la política migratoria del país germano ha estado auspiciado, en buena medida, por ese varapalo electoral. Resurge con fuerza el fantasma de la xenofobia con el auge de las formaciones de extrema derecha. Fervientes abanderados de la antiinmigración a lo largo de toda Europa encontraron un campo abonado y rápidamente exprimieron el rédito político de los atentados de París o Bruselas para denunciar la laxitud de las fronteras. Nigel Farage, líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), afirmó, en unas declaraciones a la BBC, que la falta de control fronterizo ha llevado al “libre movimiento de terroristas, de bandas criminales y de kalashnikovs”.

En estos momentos, Siria es el primer país de origen de los desplazados forzosos, donde más de la mitad de la población se ha visto obligada a abandonar sus hogares. La guerra, que dura ya más de cinco años, ha generado 4 millones de refugiados y otros 8 millones de desplazados internos. La solución al conflicto parece bastante lejana en una tierra que se revela propiedad de todos —del régimen, de los rebeldes, de los yihadistas, de los kurdos, de las potencias internacionales— y  propiedad de nadie al mismo tiempo.

Paradójicamente, el descenso a los infiernos de este país de semejante posición estratégica y geopolítica pasó bastante desapercibido hasta hace apenas un año. Solo cuando una consecuencia del conflicto —el desplazamiento de la población— aporreó las puertas de la Unión Europea, la guerra acaparó todas las atenciones. De repente, los refugiados habían copado los medios de comunicación en un debate que no se caracterizó por la neutralidad desde el principio. El lazo entre la “crisis” de los refugiados y términos vinculados a la amenaza, la defensa o la invasión se ha revelado prácticamente inquebrantable. Para Gonzalo Fanjul, codirector de la Fundación porCausa de Investigación y Periodismo, este debate “está teniendo lugar en los mismos términos ideológicos que cualquier discusión, con la derecha posicionada en un lado y la izquierda en otro, pero todos ellos situados en el espectro más conservador del arco ideológico”.

El debate migratorio está monopolizado por el miedo. Las amenazas de precariedad laboral, de competencia por los servicios, los problemas de seguridad o el temor a que se diluyan identidades nacionales reviven cada cierto tiempo en el seno de la opinión pública. En este sentido, la búsqueda incansable del rédito electoral y la limitación autoimpuesta de cuatro años como horizonte más lejano parecen fuertes condicionantes de la respuesta política.

 

 

Gonzalo Fanjul, codirector de Fundación porCausa, presentando el proyecto "Diásporas".
Gonzalo Fanjul, codirector de Fundación porCausa, presentando el proyecto “Diásporas”.

 

De vuelta a Siria 

“Me pregunto hasta qué punto Europa no ha sido un problema en este caso y si los países actuando de manera bilateral no hubieran sido mucho más generosos de lo que lo están siendo; el rasero de la UE lo marcan personas como Viktor Orbán”, se lamenta Gonzalo Fanjul.

El polémico acuerdo entre la UE y Turquía ha sido la gran respuesta europea a la “crisis” de los refugiados. Bajo los términos del acuerdo de Bruselas, que entró en vigor el 20 de Marzo, todos los buscadores de asilo que lleguen a las islas griegas, serán devueltos a las costas de Turquía, desde donde partieron sus botes. La Unión Europea considera ahora que Turquía es un “tercer país seguro”, lo que implica que el perseguido debió pedir asilo en el país otomano, a pesar de que varias ONGs sostienen que Turquía no cumple los requisitos para ser considerado como tal. Amnistía Internacional ha documentado “devoluciones forzadas a gran escala” de sirios a su país, lo cual “viola la legislación internacional, la europea y la turca”, insiste la organización.

Para Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid, Turquía ha medido el beneficio estratégico de empujar a los refugiados hacia Grecia, al forzar la vuelta a las negociaciones para su adhesión a la UE, obtener una cuantiosa financiación y embolsarse sus traficantes de personas las ganancias por el contrabando ilícito. “Turquía y Arabia Saudí son los principales responsables de la guerra civil en Siria, al armar y financiar a los rebeldes terroristas para debilitar el país, su competidor por el dominio de la región, incurriendo así en una grave violación del Derecho Internacional”, sentencia la catedrática de la Complutense.

Uno de los objetivos colaterales del acuerdo es disuadir a los migrantes que intentan llegar a Grecia por barco, frecuentemente con la ayuda de traficantes. Richard Mallett lanza una pregunta clave durante la presentación de su estudio: “¿Es posible cambiar la opinión que tiene la gente sobre la migración?”. A los gobiernos europeos les gusta creer que la migración puede ser controlada. Dirigidos por sus propios intereses económicos, creen que pueden atraer a los migrantes, para cubrir los huecos en los trabajos domésticos o estimular el crecimiento de un determinado sector cuando lo necesiten, y que pueden detener la migración a través de las políticas migratorias cuando sea oportuno. Varias investigaciones concluyen que hay una simplificación excesiva en la lectura del complejo proceso migratorio. A lo sumo, los controles directos como las vallas en las fronteras y las detenciones pueden desviar los flujos, esencialmente trasladando la carga de una nación a la siguiente, pero no son capaces de frenar la migración. En definitiva, puede que dichas medidas alivien los problemas individuales de los países, pero no suponen ninguna diferencia a nivel europeo.

Según Juan Iglesias, los fondos relacionados con la cuestión migratoria han estado unidos  a asegurar la frontera. La publicación de The Migrants Files en junio del año pasado reveló que, desde que comenzó el milenio, Europa ha gastado 13.000 millones de euros para frenar la inmigración —con control de fronteras y políticas de expulsiones y repatriaciones—, una suma  ligeramente inferior a los 16.000 millones que se han embolsado los traficantes de personas.

Por otro lado, uno de los pocos casos en los que los Estados miembros se han puesto de acuerdo es el envío de más ayuda al desarrollo. Según Gonzalo Fanjul, existe una idea muy establecida en el imaginario público: “tenemos que apoyarles y ayudarles a desarrollarse para que no vengan”. Sin embargo, no son los países más pobres los que registran las mayores tasas de emigración; lo que demuestra la evidencia es que a partir de que un país se desarrolla, el proceso migratorio es como una campana de Gauss: se quedan en casa los muy pobres y los muy ricos. “Más ayuda a África básicamente va a acercar a más gente al punto de salida y está muy bien que sea así, porque las migraciones son la herramienta más relevante en términos de magnitud para la convergencia global, la reducción de las desigualdades y el desarrollo”, concluye Fanjul.

 

Interés propio 

La mala gestión de la situación ha puesto en jaque los pilares fundamentales sobre los que se asienta la construcción europea, ha generado una crisis de valores y una erosión de uno de los mayores logros de la Unión: el libre movimiento de personas.

El estudio publicado por ODI ofrece una serie de recomendaciones para atajar la crisis en tres niveles. En primer lugar, convendría hacer el viaje más seguro, a través de un aumento de los canales de migración legal, de implementar visados humanitarios, así como mejorar las misiones de búsqueda y rescate del Mediterráneo. Una vez los inmigrantes han llegado, el objetivo sería crear un sistema más rápido y justo, con un verdadero asilo europeo, fortalecer el papel de árbitro de la Unión y reformar el reglamento de Dublín, que abandona a su suerte al asfixiado sur de Europa. Finalmente, hay que apostar fuerte por la integración. Es responsabilidad de los medios de comunicación y de las instituciones transmitir los beneficios sociales y económicos de la migración, a la vez que se fomenta la migración circular y se invierte en programas de integración económica. Fanjul opina que si las pulsiones de movilidad operan con la suficiente intensidad, “la integración es una necesidad imprescindible de cualquier sociedad inteligente”.

“Si se hace bien, entraña más oportunidades que riesgos”, dijo Angela Merkel sobre la gestión de la crisis en un discurso en el Bundestag, la Cámara baja del Parlamento alemán, el pasado septiembre. Más de un millón de refugiados llegaron a Alemania en 2015. España, el año pasado, acogió a 18 solicitantes de asilo, mientras el Gobierno español sigue aduciendo la complejidad del procedimiento o la lentitud de coordinación con varios organismos para justificar el retraso en la llegada de refugiados.

Un “modelo migratorio roto” y un viejo continente más anciano que nunca, con índices de fecundidad lejanos al nivel garante del reemplazo generacional y un envejecimiento de la población inexorable. Hay quien apuesta por darle la vuelta al relato habitual y transformar la “crisis” en una inversión a largo plazo en un capital humano de valor incalculable. Solo hace falta seguir pensando en el interés propio y canalizarlo a través de políticas efectivas que beban de la coordinación global. Michael Clemens y Justin Sandefur, investigadores del Centro para el Desarrollo Global (CGD), recuerdan cómo el compromiso coordinado de 37 países —desde Venezuela hasta Nueva Zelanda— transformó el éxodo húngaro de 1956 en una oportunidad. László Kóvacs se convirtió en uno de los directores de fotografía más respetados e influyentes de Hollywood. Andy Grove confundó Intel, la primera empresa del mundo en la fabricación de circuitos integrados. Estos dos húngaros formaron parte de las 200.000 personas a las que el mundo brindó una nueva vida en los años cincuenta. Los países de acogida se beneficiaron del trabajo, de la formación y de la riqueza cultural de un país que hoy se niega, de manera obstinada, a abrir sus muros. La ayuda a la población húngara se convirtió en una inversión que aportó un retorno positivo. Si Andy Grove hubiera vivido indefinidamente en un campamento de refugiados, probablemente no hubiera podido desarrollar su talento: fue la integración lo que le dio alas. En la actualidad, la solución tampoco está en los campos de refugiados que, lejos de reportar beneficios, son otro símbolo visible del fracaso de la gestión migratoria. Clemens y Sandefur concluyen la reflexión con una metáfora tan ilustrativa como esperanzadora:

Las personas que huyen de las crisis son como semillas esparcidas por una tormenta. Cuando en los campos de una misma granja se acumulan demasiadas, pocas germinan. Todo el mundo pierde. El miedo de los granjeros a esa posibilidad puede ser contraproducente y dar lugar a una profecía autocumplida. Si los granjeros barren las semillas para que terminen en el campo del vecino estas acaban amontonándose en la linde y se convierten en un problema. La solución es que los granjeros compartan las semillas y todos puedan beneficiarse de una cosecha fructífera.

 

Caldo de cultivo 

“Solo porque no esté pasando aquí, no significa que no esté pasando”, con este eslogan publicó la ONG Save the Children el vídeo Most Shcking Second a Day, en el que hacía sentir la guerra en la piel de una niña, Lily. Hace unos días, la organización lanzó una segunda parte del clip, Still The Most Shocking Second A Day, ahora mostrando la realidad de los que huyen de un conflicto. De los 60 millones de personas expulsadas de sus hogares; unos 30 millones son niños, según ACNUR.

Centenares de miles de niños y jóvenes llevan años sin poder asistir a clase con normalidad. En Siria, sobre todo en las zonas ocupadas, se han marchado la mayoría de abogados, médicos, empresarios o profesores. La reposición de estos profesionales va a ser extremadamente complicada, ya que cinco años de guerra han dejado las principales infraestructuras reducidas a cenizas y han privado a millones de niños de educación, atención sanitaria y acceso a servicios básicos como agua y luz. Miles de jóvenes, ajenos a la guerra o a los argumentos de los rebeldes se están enrolando en los distintos grupos de la contienda. En Palmira, tras la toma de la ciudad por el ISIS en mayo del año pasado, unos 1.200 jóvenes se sumaron a la organización terrorista. En muchos casos es la única forma de encontrar un trabajo bien remunerado, dada la situación.

Un combatiente residente en los países en conflicto recibe un mínimo de 400 dólares al mes. Si la persona proviene de un país europeo, Marruecos o EEUU su sueldo medio mensual puede llegar a los 1.400 dólares. Son datos que recoge un informe policial de los Servicios de Información del Estado sobre las fuentes de financiación y gastos que tiene el Estado Islámico, que también confirma que el mayor flujo de dinero, la base de su infraestructura y supervivencia del ISIS se obtiene de la venta de petróleo. Según este informe policial, “hay indicios de que el petróleo llega al régimen sirio de Bashar Al-Assad” y a “determinados estados miembros de la Unión Europea que compran el crudo procedente de DAESH a bajo precio”.

Los niños que dejan atrás su país se embarcan en un viaje peligroso, en el que muchos pierden la vida. Si consiguen llegar a Europa es probable que se vean sometidos a deplorables condiciones de hacinamiento, explotación, abuso, trata o violencia. Muchos viajan solos, lo que les hace aún más vulnerables. Desde UNICEF Comité Español subrayan que cada niño debe ser considerado, primero y, ante todo, como un niño, titular de derechos, con independencia de dónde estén o de dónde vengan: “Urge cumplir los compromisos adoptados por todos los Estados en la Convención sobre los Derechos del Niño”.

Nuevamente, aunque sea desde el interés propio, es imprescindible que la educación, la integración y los derechos de la infancia vertebren todas las políticas y normativas. Los niños refugiados y migrantes encierran una riqueza potencial enorme para sociedades de acogida inteligentes. Sin embargo, niños incapaces de acceder a una escolarización continua, sin oportunidad de conseguir una formación que les permita ganarse la vida de una manera digna, olvidados y anclados a una situación temporal permanente en los campos de refugiados o condenados a la marginalidad de los guetos del mundo desarrollado, son el caldo de cultivo preferido de la perpetuación de la pobreza, la criminalidad o el terrorismo. Los niños no deben perder su derecho a la niñez cuando cruzan fronteras y tampoco cuando su tierra se convierte en tierra de nadie.