Brígida Moreta: El sitio no es el lugar

Brígida Moreta
Por: Javier Fariñas - 22/10/2018
«Me da mucha vida acostarme cada noche con un programa para el día siguiente». Coincidiendo con la celebración del DOMUND, publicamos una serie de perfiles de misioneras y misioneros que hablan sobre su vida, sus motivaciones y los lugares donde desarrollan su trabajo.

 

Situémonos en una utópica clase de Geografía. El maestro levanta la vista, señala a una alumna y pregunta.

-África, ¿capital?
-El CIE de Aluche.
Ya, ni África es un país, como dicen los compañeros blogueros, ni el Centro de Internamiento de Extranjeros, situado en el popular barrio madrileño, es una ciudad.
Retomamos las preguntas.
-Malaui, ¿capital?
-El CIE de Aluche.

El absurdo, si es que de eso se trata, no tiene más objetivo que romper la lógica del discurso. Pero esto no pretende ser ni un texto experimental ni nada por el estilo. Esa, la del inicio del relato, es más o menos la pregunta que formulé a Brígida Moreta, una misionera carmelita enamorada de su profesión, natural de Ávila, que durante 30 años trabajó en Malaui y ahora misiona en un sitio inhóspito, el repetido CIE de Aluche (en la imagen de la derecha).

En realidad, le di la opción de comenzar la entrevista por donde ella quisiera. Por Malaui, su gran amor africano, o por su contraparte madrileña. «No puedo separar Malaui del CIE porque si voy al CIE es porque estuve en Malaui y creo que allí dejé algo por hacer. Y ese algo por hacer fue no haber sacado tiempo para entrar en las cárceles del país. ‘Porque fuiste preso y me visitaste’».

Cuando volvió a España, trabajando ya en Pueblos Unidos –entidad promovida por los Jesuitas–, sentía un runrún, era la llamada de la cárcel. Entonces le propusieron el trabajo en el CIE. Su respuesta fue tal y como es ella: «Cuanto antes, porque yo tengo prisa. Soy de esas personas que dice que las cosas hay que hacerlas ‘ya’». Moreta entonces no sabía que existían los CIE, a los que califica como «unos centros oscuros, en los que no sabemos qué está pasando». Pero ahora ya lo sabe, y muy bien, porque desde hace años visita con frecuencia el de Madrid, que se ha convertido en una de sus predilecciones pastorales. Fue, de hecho, una de las pioneras en conocer esa realidad. Y de ahí viene la simbiosis. «Lo uno –el CIE– no viene sin lo otro –Malaui–. Yo tenía una deuda».

El CIE cada vez «es más jaula, más prisión», donde los internos son deshumanizados desde su ingreso. A veces el primer contacto con ellos no resulta fácil. Aunque la visita de Brígida o de algunos de los voluntarios de Pueblos Unidos sea la única que vayan a tener. Con ayuda de la misionera carmelita recreamos uno de esos diálogos.

–¿Cómo te llamas?
–1.405
–No, lo que quiero saber es cómo te llamas.
–Es que a mí no me llaman. Soy un número.

Solo una cifra. Una de las mayores pobrezas es la que elimina al individuo de su propia identidad y le convierte en un simple número. «Siempre he tenido la obsesión de estar con el que menos tiene». En el CIE es fácil darse cuenta de ello.

Los chicos, porque mayoritariamente son chicos, que comparten espacio, literas, pero también peines y maquinillas de afeitar –Brígida Moreta se queja de una falta de medios que hace difícil el reencuentro con la dignidad perdida– proceden de nuestro continente del Sur. Luego, a través del Programa Baobab –también promovido por Pueblos Unidos–, trabaja con chicos de Chad, de Camerún, de Guinea, de Malí, de Costa de Marfil. África en el CIE. África en Madrid. África en nuestras calles. Como para dudar de que nuestra entrevistada trabaja en el continente africano.

Insiste a cada momento en que son ellos los que nos ofrecen, con su vida, el regalo de sus culturas, sus tradiciones y sus experiencias. Un regalo que no sabemos aprovechar. «África tiene unos valores y una potencialidad tremendos. Los que vienen son inteligentes, están comprometidos, tienen ganas de superación. Es una pena que no los acojamos. Estamos perdiendo una oportunidad».

CIE de Aluche

Manifestación frente al CIE de Aluche. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

 

En este momento de la conversación, que va y viene de un lado a otro, retomamos el asunto de las riquezas y las pobrezas. Eso lo constató con precisión Brígida en Malaui con los primeros casos de enfermos de sida que llegaban al hospital ­Mtengo Wantenga (El árbol de las plumas). Aquellas primeras víctimas eran de clase media alta. Incluso algún ministro llegó a pasar por sus habitaciones. Y su pobreza, además del virus, era la soledad, el escarnio social y el abandono de sus amigos y familiares. El acompañamiento, la cercanía y la oración pretendían la curación de cuerpos y almas, algo que en ocasiones alcanzaba el grado de la heroicidad… o de algo más. «En la misión decía que donde no llegaba la técnica sucedían los milagros. Dejaba a un enfermo muy complicado en la sala de operaciones y no encontraba libro que me dijera qué más podía hacer. Entonces me iba a la capilla y a la vuelta muchas situaciones habían mejorado. Y no solo eso, aquel momento de oración me inspiraba a hacer cosas que no hubiera hecho nunca de otro modo».

Brígida, a quien la salud obligó a volver de Malaui, se refiere a esta época de su vida como ‘lo que queda del día’, «Y en esto de ‘lo que queda del día’ me digo ‘Quiero estar viva para seguir dando vida a algo o alguien a quien el atardecer esté atormentando. Me da mucha vida acostarme cada noche con un programa para el día siguiente».

Para el cierre, dejamos la literalidad de la pregunta que abrocha la conversación.

-En una ocasión dijiste que te gustaría recorrer el último tramo de tu vida con ellos. ¿Sigues pensándolo?
-Sigo en ello: recorrer el último tramo de mi vida con ellos. Fíjate, los chicos me llaman mama. Mi sueño es continuar hasta que el corazón explote, pero que explote porque se ha entregado. Me gustaría morir ‘viva’ y morir entre ellos.
-Que te llamen mama es un gran regalo.
-Demasiado regalo.

África, ¿capital?

 

[Retrato de Brígida Moreta por José Luis Silván]