Buenos actores para todos los públicos

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Por Luis Esteban Larra Lomas, redactor jefe MUNDO NEGRO en el periodo
2008-2013

Recuerdo perfectamente, como si fuese hoy, aquel viaje de trabajo que realicé con Mundo Negro a la misión comboniana de Tali –arriba, una de sus ­calles–, entonces en Sudán Meridional, como decíamos en nuestra revista, y hoy en Sudán del Sur. Fue en julio de 2010, pocos meses antes de que se celebrara el referéndum de independencia, el 9 de enero de 2011, y cinco años después de que, en enero de 2005, se firmara el Acuerdo Global de Paz, que puso fin a más de 20 años de guerra entre el norte y el sur del país, todavía unido.

Prácticamente nos costó un día entero recorrer los 200 kilómetros que separan Yuba, la capital, de Tali, en la provincia de Equatoria Central, al noroeste del país. Entonces, no sé ahora, el trayecto constituía una verdadera carrera de obstáculos, debido a los continuos baches, hoyos y socavones en la pista de tierra. La pericia del conductor no estaba en evitar los boquetes, algo prácticamente imposible, sino en elegir en zigzag los menos perjudiciales para la estructura del vehículo y la estabilidad de sus ocupantes.

Pero nuestro destino mereció la pena. En Tali, una de las zonas más castigadas por la guerra, entre Yuba y Rumbek, nos encontramos con una comunidad comboniana de cuatro misioneros (dos alemanes y dos italianos) entre los mundares. Hacía 50 años que los combonianos tuvieron que dejar aquel lugar por motivos ajenos a su voluntad. Los catequistas y algún sacerdote mantuvieron durante esas cinco décadas de ausencia la llama de la fe y el cuerpo eclesial, pero a la postre aquella segunda presencia fue como la primera vez.

No había luz eléctrica, ni duchas ni aseos; los misioneros vivían en cabañas de paja y barro, y cocinaban con fuego. También la capilla era una choza, al igual que las estancias de los «invitados», si bien en aquella época estaban en plenas obras de construcción de nuevas dependencias, sencillas pero estables, para la comunidad y la misión. Pese a contar con una infraestructura tan básica, la educación y la evangelización constituían los pilares de la incipiente presencia.

En Tali oí por primera vez la expresión «safari misionero», que consistía en que el misionero, acompañado por un catequista local, recorría a pie, en bici o en moto, dependiendo de la distancia, alguna de las 35 capillas que entonces tenían repartidas en distintos poblados. Al relato de aquella vivencia, aquí muy resumido, le dimos portada (MN 554, septiembre 2010, pp. 26-33) con el título «Volver a empezar» y, en páginas interiores, «Como era en el principio».

Salida misionera

Tal huella dejó en mí aquella visita que cada vez que oigo la expresión «missio ad gentes» pienso en la presencia comboniana de ­Tali, y recuerdo la cara de satisfacción del joven misionero alemán nacido en Bamberg, P. Markus, cuando, en su primera experiencia misionera después de su formación en la Universidad Gregoriana de Roma, me confesaba: «Esta es realmente una misión». Y he vuelto a pensar en ella al leer alguna expresión del Papa Francisco, como este titular, recogido en el número 15 de Evangelii gaudium: «La salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia».

El primer papa elegido «de bien lejos» cogió carrerilla para convocar este octubre un Mes Misionero Extraordinario (MME). Nada menos que hace dos años, el 22 de octubre de 2017, lo anunció, para conmemorar el centenario de la promulgación, el 30 de noviembre de 1919, de la carta apostólica Maximum illud, del Papa Benedicto XV sobre la actividad de los misioneros en el mundo. Este MME no es por tanto una cita improvisada ni anunciada con poca antelación, sino todo lo contrario: se trata de una convocatoria a conciencia y largamente preparada.

Como no podía ser de otra manera, todos los pontífices han insistido por activa y por pasiva en la labor misionera de la Iglesia, pues está en su ADN.«La Iglesia existe para evangelizar», dijo Pablo VI en Evangeli nuntiandi. El mandato evangélico «id y enseñad», o «anunciad y haced discípulos», forma parte de la «marca Iglesia». Pero, probablemente, pocos papas como el actual han hablado tan alto y tan claro de esa urgencia, con un lenguaje tan sencillo como incisivo, tan corriente como profundo.

Así, en su discurso a los directores nacionales de las Obras Misionales Pontificias, el 1 de junio de 2018, no se anduvo por las ramas: «Siempre se deben renovar las cosas: renovar el corazón, renovar las obras, renovar las organizaciones, porque, de otro modo, terminaríamos todos en un museo». Con expresiones más formales, en esa misma alocución, Francisco indicó que la conversión misionera de las estructuras de la Iglesia requiere santidad personal y creatividad espiritual. Y aclaró: «Por lo tanto, no solo renovar lo viejo, sino permitir que el Espíritu Santo cree lo nuevo».

En definitiva, conversión misionera y creatividad pastoral van de la mano. Y ahí es donde nos lo jugamos todo y donde tenemos que dar el cien por cien, huyendo de los sucedáneos de conversión y de una falsa creatividad.

Bautizados enviados

A veces confundimos creatividad con repetición, cuando debería ser novedad. La tentación pastoral «bajo capa de bien» es esta: como no estamos contentos con lo que hay o no funciona lo que hemos hecho hasta ahora, volvemos a los «cuarteles de invierno», a lo que en otro momento funcionó, a «lo de antes», que no necesariamente es «lo de siempre», a lo que nos da cierta seguridad o, por lo menos, algún resultado. Sin embargo, la Iglesia nos invita a una creatividad que mira más al presente y al futuro que a la «nostalgia estéril del pasado», a una respuesta pastoral a la situación de hoy, a la «gozosa novedad del Evangelio», recreado y releído según las necesidades actuales.

Nadie tiene la varita mágica de la pastoral auténtica o de la Misión verdadera, pero creo que, frente a la autopreservación, la introversión eclesial, o la clausura autorreferencial que tantas veces denuncia el Papa, todos deberíamos hacer un esfuerzo eclesial por buscar «lo nuevo», «lo distinto», no por el afán de innovar o por el prurito de ser originales, tampoco por introducir cambios para que todo siga igual, sino por la viva pasión misionera de hacer hoy creíble a Jesús y practicable su Evangelio.

El escenario del mundo cambia por momentos y los buenos actores, también los clásicos, sin perder la esencia de su vocación, tienen que llegar a todos los públicos: somos bautizados enviados y discípulos misioneros.

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