Cambiar la mirada

Tendemos a pensar que viajar abre la mente cuando, en realidad, lo verdaderamente transformador es dejarse la mente en casa para poder viajar. De lo contrario, estaremos encontrando escenarios bonitos para las fotos que mostraremos a las visitas o que subiremos a Instagram… y ya.

Con todo, y pese a lo útil que podría ser esta premisa en cualquier momento, no es lo mismo el viaje lúdico que ejercer el periodismo en lugares ajenos al espacio que conocemos bien o en el que vivimos.

Hace no mucho, coincidí con Rosa María Calaf, la celebérrima y excelente corresponsal de Televisión Española y le pregunté cuántos meses o años eran necesarios para poder informar con rigor acerca de un sitio. Ella comentó que no podía darme una respuesta ya que cada país es un mundo y que incluso, los que a priori son más similares al nuestro, pueden darnos sorpresas. Ninguna entrada de Wikipedia, ni tan siquiera la mejor de las guías, podrán aportar lo que da el tiempo, eso de lo que los periodistas cada vez disponemos menos, por la reducción generalizada de presupuestos. Así las cosas, cuando hay prisas las y los productores locales, con su conocimiento real de los recovecos del paisaje que siempre tuvieron delante, se convierten en aliados imprescindibles para que traslademos eso que podríamos llamar «verdad».

Pero hay otro aspecto, a la hora de viajar y de hacer periodismo que resulta fundamental, y es pensar en el destinatario, en el público al cual nos dirigimos. A veces, cuando colaboramos con medios europeos, mostramos aquello que la gente espera ver, no lo que hay. Así que nos centramos en el folclore o folclorizamos lo cotidiano, ya que creemos que eso funcionará. En el caso de África, hablando con cierta crudeza, diría que se trata de una forma de exhibir al africano «haciendo el africano». Como si eso existiera.

Los qués se imponen y despeñan por los barrancos del espectáculo vano a los ­porqués, que poco importan puesto que, quizá, sea demasiada información, quizá demuestren que nos parecemos más los unos a los otros de lo que pensamos y, quizá, favorezcan la comprensión y el diálogo y no solo la observación distante y por encima del hombro.

Un día, estando en Malabo, la capital ecuatoguineana, un chico me preguntó que por qué insistía en grabar gallinas y mercados. Yo le contesté que me llamaban la atención porque estaban en mitad de una urbe. Añadí que si me gustaban los puestos callejeros era por su colorido y debido a que había mucha gente diversa. Él continuó: «¿No ves que siempre sacáis lo mismo? Somos más que eso».

Por supuesto, qué obviedad. Es más, yo me considero de aquí, pero también de allí y mi discurso acerca de la urgencia de transformar la percepción sobre África no es nuevo. Sin embargo, no era capaz de dejar a un lado lo que me resultaba bonito por nuevo e inusual, y porque yo los edificios altos, las carreteras sólidas y las rotondas ya los había visto, y no me dicen nada. No obstante, ahí reside el poder de las fotos y los vídeos, en demostrar que al otro lado no hay un agujero sino, con las lógicas diferencias, cierta continuidad. No hacerlo, aboca a un continente entero a congelarse en el tiempo y a prescindir de la posibilidad de avanzar, convirtiendo en un todo lo que solo son rincones.

Toca grabar otras imágenes, toca entrevistar nuevas fuentes, toca escuchar otros discursos, toca estar preparadas, y puede que esto sea lo más difícil, para que nos desarmen. Porque, no lo olvidemos, las ideas que tenemos y difundimos sobre la alteridad son un arma. Toca, aunque nos consideremos abiertas, cambiar la mirada.

 

Fotografía: 123RF