Chad, el gendarme de África Central

De no contar prácticamente para nadie, Chad se ha convertido en los últimos  años en pieza clave en la región, hasta el punto de ser considerado hoy como el gendarme de África Central. Cuando se cumplen 25 años de la llegada de Idriss Déby al poder, este inmenso país de más de un millón de kilómetros cuadrados (dos veces España) y apenas 12 millones de habitantes está saliendo del anonimato internacional y es hoy un interlocutor incuestionable en la lucha contra el terrorismo islámico.

Por Ismael Piñón

El día 1 de diciembre de 1990 Idriss Déby hacía su entrada triunfal en Yamena y culminaba un golpe de Estado que desalojaría del Palais Rose (así se denomina popularmente el palacio presidencial debido al color de sus muros) a Hissène Habré, que había gobernado el país con mano de hierro durante casi una década (ver Mundo Negro nº 338 enero 1991, pp. 6-7). En aquella ocasión el aún presidente chadiano hacía una declaración que se hizo famosa: “No tengo ni oro ni plata, pero os doy lo que tengo: la libertad”.

Era una época en la que en el continente africano estaban en auge las denominadas conferencias nacionales soberanas, instituciones de transición cuyo objetivo era instaurar un sistema democrático y pluripartidista. Chad tuvo también la suya, y de ella salió un régimen democrático (al menos sobre el papel), con una constitución presidencialista calcada en buena parte de la Constitución francesa. En marzo de 1991, Idriss Déby fue proclamado jefe de Estado, cargo que seguirá ostentando hasta hoy, tras ser elegido y reelegido en las sucesivas elecciones presidenciales y gracias a una reforma de la Constitución que le permitirá seguir como máximo mandatario del país cuantas veces quiera.

Han pasado 25 años y no se puede negar que Chad ha cambiado en todos los aspectos. Ha pasado de ser uno de los países más pobres y menos influyentes del continente a convertirse en pieza clave de la situación política y estratégica de la región, siendo considerado hoy como el gendarme de África Central.

 

Una niña vende bebidas en un suburbio de Yamena / Getty Images
Una niña vende bebidas en un suburbio de Yamena / Getty Images

 

Evolución política

Desde su llegada al poder en 1990, Déby no lo tuvo nada fácil. Las rebeliones armadas se sucedieron desde el mismo día de su entrada en Yamena. Una tras otra fueron cayendo, algunas con más dificultad que otras, hasta la que tuvo lugar en febrero de 2008, en la que los rebeldes llegaron hasta las mismas puertas del palacio presidencial y fueron rechazados in extremis gracias a la ayuda logística que Francia prestó a su gran aliado. Otras sucumbieron ante las promesas y los regalos ofrecidos por el presidente chadiano, que nunca dudó en invertir medios y dinero para comprar a los rebeldes si se daba el caso. O para adquirir armas y vencerlos en el campo de batalla.

Todas estas rebeliones añadieron experiencia a la que ya tenía Déby, gran guerrero zaghawa y experto militar. La explotación del petróleo, a partir de 2003, en el sur del país le daría los medios financieros necesarios para llevar a cabo la ardua tarea de hacer de Chad un país políticamente estable y con una situación de paz que le permitiera avanzar por la senda de la prosperidad y el desarrollo.

El presidente de Chad, Idriss Déby / Getty Images
El presidente de Chad, Idriss Déby / Getty Images

¿Lo ha conseguido? En cierta manera sí. Desde la rebelión de 2008 –que a punto estuvo de desalojarlo del poder– no ha vuelto a haber grandes conflictos armados ni alzamientos militares. Uno de los aspectos donde más se nota este cambio en sentido positivo es la libertad de prensa de la que gozan los medios de comunicación. A pesar de que sigue habiendo presiones y sanciones injustificadas, hay medios críticos contra el Gobierno y el propio presidente que publican sus artículos con total libertad, algo totalmente inconcebible hace apenas diez años.

El país goza hoy de una paz relativa, aunque la situación está lejos de ser considerada como estable al cien por cien. Los continuos conflictos en los países y regiones limítrofes (República Centroafricana, Níger, Nigeria, Darfur, Libia….) hacen que el Gobierno chadiano tenga que estar permanentemente atento y sin bajar la guardia. A nivel interno, la situación tampoco está exenta de peligros. Lo sucedido en Burkina Faso, tras la dimisión forzada del presidente Blaisse Compaoré (ver Mundo Negro nº 601 diciembre 2014, p. 6), o la llamada Primavera Árabe pesan mucho y están despertando la conciencia de muchos chadianos que desean un verdadero cambio democrático en el país. En septiembre del año pasado se vivieron jornadas de violencia en las calles a causa de la escasez de combustible, mientras que la corrupción se ha enquistado en la mayoría de las instituciones del Estado. Hay momentos en los que da la sensación de que el país está asentado sobre un polvorín y que cualquier chispa puede hacer saltar todo por los aires.

Una economía en auge

La explotación del petróleo del sur ha sido la clave de buena parte de este cambio. Los recursos económicos generados por el oro negro han permitido dotar al Ejército chadiano de armas modernas y medios técnicos que lo han convertido en el más capacitado de la región, aunque sea a costa del desarrollo prometido o de los fondos que, en principio, debían estar reservados y bloqueados en una cuenta en beneficio de las futuras generaciones chadianas.

Con el dinero del petróleo no solo se han comprado armas, sino que también se han mejorado algunas infraestructuras, especialmente las principales vías de comunicación del país. El asfalto ha empezado a cubrir las insufribles carreteras de tierra y barro, lo que ha mejorado las comunicaciones y, particularmente, el comercio. Hace apenas diez años viajar desde el sur hacia la capital era toda una odisea, especialmente en estación de lluvias. Hoy, gracias al asfalto, autocares modernos hacen el trayecto en poco más de 12 horas y a un precio asequible para muchos. Donde antes tener una bicicleta era casi un lujo, hoy proliferan las motos como principal medio de transporte popular. Los funcionarios han visto crecer su nivel adquisitivo y la electricidad ha llegado a muchas ciudades del país que antes vivían en total oscuridad. Algo tan elemental como una sucursal bancaria en una ciudad ha dejado de ser un sueño y se ha convertido en una realidad. Los teléfonos móviles e Internet son también medios de uso corriente que hace apenas una década eran una utopía inalcanzable. Aunque todo ello está todavía muy lejos de alcanzar la perfección –los cortes en el suministro eléctrico son interminables, la telefonía móvil es muy deficiente, Internet deja aún mucho que desear– no deja de suponer un avance, ya que donde antes no había nada, hoy se puede decir que ya hay mucho.

A pesar de todos estos avances, Chad sigue teniendo un gran problema: su situación geográfica. Enclavado en el corazón de África Central, sin salida marítima y muy alejado de la costa (el puerto más cercano está a más de 1.000 kilómetros de sus fronteras), los principales productos de importación llegan a través de Camerún o de Nigeria. A ello se añade que el país apenas cuenta con estructuras industriales que le permitan disponer de productos elaborados de fabricación nacional. Todo o casi todo debe venir de fuera, lo que limita mucho el desarrollo industrial y económico y hace que siga teniendo una gran dependencia del exterior.

 

Dos mujeres cruzan un camino delante de un tendido eléctrico cerca de Yamena, la capital del país / Getty Images
Dos mujeres cruzan un camino delante de un tendido eléctrico cerca de Yamena, la capital del país / Getty Images

 

Gendarme regional

Esta situación es la principal razón por la que Chad haya decidido embarcarse en la lucha contra el terrorismo islámico, especialmente de Boko Haram. Sin estabilidad en sus fronteras con Camerún o Nigeria, el abastecimiento de los productos de importación se ve limitado cuando no totalmente bloqueado. La experiencia adquirida en la lucha contra las rebeliones internas, el apoyo incondicional del que Idriss Déby goza por parte de las autoridades francesas, los recursos económicos fruto de la explotación del petróleo y el orgullo de convertirse en un país clave para la estabilidad geopolítica en la región han hecho que el mandatario chadiano no haya dudado en invertir medios y personal para convertirse en lo que hoy es: una figura clave en la región. No en vano, el centro de operaciones de la coalición regional de lucha contra Boko Haram se encuentra en Yamena.

La intervención directa de soldados chadianos contra la secta islamista nigeriana ha tenido consecuencias de índole muy diferente para el país. Por un lado, los atentados de junio pasado en la capital han hecho volver los fantasmas de la inestabilidad y el miedo. Los controles en las carreteras o en las calles de Yamena han hecho que la sensación de paz y estabilidad en el país se desvanezcan. Por otra parte, los atentados han servido para reforzar la importancia y el papel que Chad ejerce en la región, ya que han hecho que los apoyos que el Gobierno de Déby recibía de países como Francia o Estados Unidos, se vean reforzados de manera incuestionable. La intervención del Ejército chadiano en Malí y los daños causados a Boko Haram en territorio camerunés han terminado de convencer a las potencias occidentales de que Chad está en condiciones de presentar una oposición eficaz al terrorismo islámico internacional. Eso, unido a la capacidad de lucha de los soldados chadianos, ha reforzado su posición en la zona. Hoy por hoy, el Ejército de Yamena es el mejor preparado y el mejor dotado de la zona.

Otro de los logros de Idriss Déby ha sido el de estabilizar sus relaciones con el vecino Sudán, punto de partida y refugio de la mayoría de los movimientos rebeldes –el propio Déby entró en Chad desde su refugio sudanés–. La región fronteriza de Darfur albergó siempre a los rebeldes opuestos al régimen chadiano.

Otro elemento que hace de Chad un país estratégicamente importante para los intereses occidentales lo constituye la caída del régimen de Gadafi y el desmoronamiento de Libia. El vacío creado por la desaparición del líder libio y el caos que reina hoy en el país han dejando la zona sin un líder consistente, lo que ha abierto las puertas a las milicias yihadistas, que han sabido aprovecharse de la situación para instalarse en la región y abastecerse de las armas que circulan sin ningún tipo de control. Esta situación de vacío sitúa a Déby en una posición de fortaleza y a Chad como un tapón que puede frenar el avance de esa anarquía hacia África Central.

 

El exdictador, Hissène Habré, el pasado 20 de julio, durante una de las sesiones del juicio que se sigue contra él en Dakar (Senegal) / Getty Images
El exdictador, Hissène Habré, el pasado 20 de julio, durante una de las sesiones del juicio que se sigue contra él en Dakar (Senegal) / Getty Images

 

A caballo entre el Sahel y el África negra, Chad es considerado por muchos movimientos y grupos islamistas como la puerta de entrada al África subsahariana. Declarado por la Constitución como un Estado laico y con un Islam más o menos moderado, profesado por sus principales mandatarios –tras los atentados de  junio en Yamena, el Gobierno no ha dudado en prohibir el uso del burka o de cualquier otra prenda religiosa que oculte el rostro–, Chad es, sin duda, el gendarme regional que Occidente necesita en la región para mantener no solo una estabilidad política sino un punto de referencia en la lucha contra el terrorismo islámico.

Esta situación regional y su realidad geográfica y humana hacen que el país esté también presente en República Centroafricana. No se puede hablar de los últimos acontecimientos en el pequeño país centroafricano sin tener en cuenta la política exterior de Chad. Cada golpe de Estado, cambio de Gobierno o situación conflictiva en República Centroafricana tiene o ha tenido siempre detrás la sombra de Chad. La caída de Ange Félix Patassé y la llegada de François Bozizé (ver Mundo Negro nº 473 abril 2003, pp. 6-7) fueron posibles gracias a la intervención del Ejército chadiano. La llegada de la Seleka y de Michel Djotodia igual, y no es casualidad que la actual presidenta en funciones, Catherine Samba-Panza, sea de origen chadiano.

Entre los dos países ha habido desde siempre un trasiego de personas y mercancías: ganaderos nómadas que compran y venden ganado a ambos lados de la frontera, importación y exportación de madera y otros productos que desde el país vecino llegan a los mercados chadianos y, especialmente, los yacimientos petrolíferos que se extienden a ambos lados de la frontera hacen que República Centroafricana sea considerado como un país de capital importancia para los intereses chadianos.

Idriss Déby no solo es un buen militar. Es también un excelente estratega. Los 25 años que lleva al frente del país no han pasado en vano y han hecho de él un verdadero hombre de Estado. Hace unos años Chad no interesaba a nadie. Era un país sin importancia, marcado por el desierto, las sequías y las guerras. Hoy, la realidad internacional, el auge del terrorismo islámico y la situación de la zona se han aliado con un hombre que ha sabido explotar su inteligencia y sus dotes de liderazgo para convertirse en el hombre fuerte que Occidente necesita en la región.

 

Un dependiente espera la llegada de clientes en su comercio de Yamena / Getty Images
Un dependiente espera la llegada de clientes en su comercio de Yamena / Getty Images