Cine africano que supera fronteras

Por: Carla Fibla - 09/05/2019
Familiar y profesional, una combinación difícil de proyectar y de mantener durante 16 años, son dos de las características del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT) que se celebró del 26 de abril al 4 de mayo en el punto que une a los continentes europeo y africano.
Nueve días en los que se proyectaron 70 títulos entre largometrajes, documentales y cortos, procedentes de 30 países africanos y de la afrodescendencia, más de 200 millones de personas, de América Latina y Estados Unidos. Por eso el certamen lo inaguró el documental Mi amigo Fela, del afrobrasileño Joel Zito Araújo, que se centra en la excéntrica personalidad de Fela Kuti, inventor del afrobeat, un músico nigeriano que utilizó su voz para combatir el colonialismo, y que se narra a través de Carlos Moore, amigo íntimo y biógrafo de Fela.

 

Cartel del 16 Festival de Cine Africano FCAT2019.

El FCAT comparte el atributo de superviviente cultural con el propio cine africano que se enfrenta a problemas de producción, financiación y distribución, sin dejar de lograr llevar a la gran pantalla historias y realidades muy bien narradas. Pero las dificultades no han achantado nunca al sólido equipo de profesionales que dirige Mane Cisneros y tiene a Marion Berger como responsable de programación; y en esta edición las proyecciones y actividades se han extendido a las ciudades gaditanas de Algeciras, El Puerto de Santa María y el Parque de los Torruños, y a las urbes marroquíes de Tetuán y Chefchaouen, además del binomio Tarifa-Tánger, creado hace tiempo.

«Hemos registrado un aumento del 16 % de espectadores en las películas y en participación en las actividades paralelas del festival, lo que demuestra un creciente interés por los cines de África, y el hecho de que el FCAT se haya consolidado como referente en su especialidad», explicó al concluir el certamen Cisneros. Además de las proyecciones, el FCAT ha estado presente en las aulas con casi 7.000 escolares conociendo la realidad africana, y una amplia acogida tanto de las actuaciones musicales (Juno&Darrell, Nuri y Juani Cash) como de la exposición de la ilustradora marroquí Zainab Fasiki titulada Hsouma (que en dariya, el dialecto marroquí, significa tabú) y que aborda la situación de la mujer.

«Es un festival de convivencia y cercanía, pero muy profesional, porque para ser seleccionada la película tiene que ser buena. El FCAT tiene muy buena reputación en el extranjero. El hecho de haber creado ese puente entre Europa y África con proyecciones compartidas es magnífico. También facilita el encuentro entre los profesionales y el público», explicó durante el festival a MUNDO NEGRO Bernie Goldblat, realizador y productor franco-burkinés que en 2017 recibió el Premio del Público por su largometraje Wallay, y ha sido miembro del jurado de esta edición.

Bernie Goldblat. Fotografía de Carla Fibla Garcia-Sala.

«El cine son emociones, la capacidad de conmoverte, de hacerte viajar. Luego están los aspectos técnicos y el tema del que trata. La gran diversidad de países invitados también es una particularidad de este festival. Hay trabajos de Etiopía, Burkina, Sudáfrica, Sudán, Ghana, Lesoto, Mozambique, Marruecos… incluso de Libia. El público tiene la posibilidad de ver películas que será difícil encontrar en otro sitio», añade Goldblat quien junto a la programadora June Givanni y el distribuidor y productor Enrique González Kuhn, acordaron que la mejor película de ficción fue La higuera, de Aäläm- Wärque Davidian (Etiopía-Israel, 2018) que narra la relación de una adolescente judía con su novio cristiano durante la guerra civil de Etiopía; hicieron una mención especial para La compasión de la selva, de Joel Karekezi (Ruanda-Bélgica- Francia, 2019) sobre las vicisitudes de un sargento y un recluta que se separan accidentalmente del batallón  durante una redada nocturna en territorio congoleño. Los galardones a mejor actriz y mejor actor fueron para problemáticas sociales, de cotidianidad: Maha Alemi por Sofía  y Mohamed Dhrif por Hijo mío.

Jartum, fuera de juego, de Marwa Zein (Sudán-Dinamarca- Francia- Noruega, 2019), sobre un equipo de fútbol femenino nacional que lucha por jugar bajo un gobierno militar islamista, se convirtió en el mejor largo documental; El guerrero perdido, de Nasib Farah, Soren Steen Jespersen (Dinamarca, Kenia, Reino Unido, Somalia, 2018), un joven que huye de Al Shabaab tras ser deportado del Reino Unido, con el premio de RTVE Griot de Viento a la interculturalidad; Fraternidad, de Meryam Joobeur (Túnez- Canadá- Qatar- Suecia, 2018), sobre la tensa relación entre un padre y su hijo cuando éste regresa de Siria con una mujer cubierta por un nicab, al mejor cortometraje y el premio del público fue para Renault 12, de Mohamed El Khatib (Marruecos- Francia, 2018), una historia familiar con lecciones sobre el luto y los rituales a ambos lados del Mediterráneo.

«Hay que hablar de los cines africanos en plural, por la amplia diversidad. Existe una generación de jóvenes documentalistas africanos que hacen un cine muy interesante, que viaja y que tiene un nivel que llega a grandes festivales. Gracias a que el cine documental es más barato, por las nuevas tecnologías, logran expresar su visión de su propia sociedad. En la ficción la solución está siendo la coproducción internacional y el desafío es obtenerlas entre los países del sur y del norte, o del sur-sur, porque también se hace entre África y América Latina. Este año, en Cannes hay varias películas africanas seleccionadas para la competición oficial o en las secciones paralelas», concluye Goldblat tras hacer un llamamiento a los gobiernos africanos para que «inviertan en su cine», como hace Senegal con el FOPICA (Fondo de Promoción de la Industria Cinematográfica Audiovisual) que apoya la producción africana, la reapertura de salas de cine, y la existencia de periodistas especializados en cultura y críticos de cine, «lo que se ve reflejado en el número de películas senegalesas que ganan premios internacionales y se distribuyen en el extranjero».

Naziha Arebi. Fotografía de Carla Fibla García-Sala.

Las directoras de cine acaparan la edición

En el FCAT de 2019 ha habido paridad en la selección de directores. Desde el trabajo de Naziha Arebi, que pasó cinco años (entre 2012 y 2017) siguiendo a un grupo de jóvenes que soñaban con representar a su país en un campeonato internacional de fútbol (Los campos de al libertad/ Freedom Fields), a la convivencia en un barrio popular de El Cairo que narra con crudeza la egipcia Reem Saleh (Lo que se siembra/ Gami´ya), o el trabajo íntimo de la Philippa Ndisi-Herrmann, que pasa de una investigación sobre el impacto medio ambientas de un proyecto portuario en la isla de Lamu a un viaje espiritual entorno al sufismo (Luna nueva/ New Moon).

Reem Saleh. Fotografía de Carla Fibla García-Sala.

Realizadoras jóvenes, que a menudo comparten la mezcla ascendente de progenitores africanos y europeos, con la curiosidad y necesidad de aprovechar sus orígenes y que pasan largas temporadas en los lugares que se han convertido en el centro de sus trabajos.

«Para mi la libertad es una cuestión de elección: elegir jugar al fútbol o no, llevar el hiyab o no… es expresarte, ser quien eres. Las mujeres de mi película luchan colectivamente por lo que son, protegiéndose entre ellas, como individuos. Lo que he querido transmitir es que la libertad es ser capaz de ser tú mismo, tener la opción de poder hacerlo, y que no afecte a la libertad de los demás», explica Arebi.

«Mi madre es egipcia y antes de morir me pidió que la enterrase en El Cairo. Así fue como regresé al barrio de Rod el Farag donde pasé tiempo para conocer a la gente con la que creció, me dio una perspectiva como observadora sobre la cotidianidad que quise compartir», comenta Saleh, que también ha dedicado años para conocer la evolución de los personajes y en especial el de una niña con mucho carácter que llega a financiarse su ablación, sin que su padre lo autorice.

«Fue al editar la película cuando me di cuenta de lo que realmente quería contar que no era lo material del proyecto portuario porque la isla de Lamu me cambió. Hablar del islam sufí es importante en la actualidad, por todo lo que se sobreentiende. Es importante contarlo desde la intimidad, en el uno frente a uno», analiza Ndisi-Herrmann.

Philippa Ndisi-Herrmann. Fotografía de Carla Fibla García-Sala.

Del racismo al orgullo de ser negro

«Esta retrospectiva demuestra que el cine afroamericano es similar al cine africano del continente», sentencia Keith Shiri, programador de la sección Historias afroamericanas.

«En la estructura de Hollywood siempre existió la ausencia de historias afroamericanas, como se reivindicó recientemente en la campaña “Oscar too White” y, cuando hablamos de cines del mundo, África también tiene dificultades para encontrar su propio espacio que le permita hablar sobre sí misma, desde su punto de vista. Es una ausencia de narrativas afroamericanas que rompe la Rebelión de L.A, un grupo de directores que introdujo un estilo de filmar que deconstruye la narrativa de Hollywood sobre los negros en EEUU». Son 14 películas que siguen una evolución temporal, desde Oscar Micheaux, Charles Burnett a Spike Lee o Julie Dash.

Keith Shiri. Fotografía de Carla Fibla García-Sala.

 «Cada generación vivió una evolución, intentando aportar sus propias voces. En los últimos años hay una generación que se pregunta cuál es la experiencia del cine afroamericano. Está MoonlightGet outBlack Panther, que desafian a Hollywood, diciendo que las películas de negros venden, que tienen una audiencia, y ya no precisan de un argumento reivindicativo. Las temáticas de las películas no se centran solo en lo político, sino que se acercan al entretenimiento o el futurismo. Aunque sin olvidar que estamos en la era Donald Trump y que es necesario recordarle a la gente que el racismo sigo existiendo en EEUU, que el abuso de poder y la brutalidad sobre los negros está ocurriendo hoy».

Primera plataforma de cine africano

El Canal de Cine Africano en la plataforma digital de pago Vimeo ya es una realidad. La Asociación Al Tarab, que organiza el FCAT, lo lanzó durante el festival con 33 títulos de los más de mil que tienen en el fondo fílmico. La intención es que para finales de año haya al menos un centenar y que ese número vaya aumentando cuando se vayan cerrando acuerdos con las distribuidoras para una cesión de uno a tres años.

La negociación se está haciendo «película por película», y como apuntan desde Al Tarab el precio será de 2 a 4 euros por poder ver la  película durante tres días. Incluirán largos, cortos, documentales, ficción… títulos hechos por directores africanos o afrodescendientes para un público hispanohablante que apenas tiene oportunidad de acercarse al cine africano.