Editorial: Conciencia universal

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Octubre es el mes misionero. Por las páginas de este número de MUNDO NEGRO los lectores encontrarán los nombres de muchos misioneros y misioneras y sus testimonios de vida. Son hombres y mujeres como los demás que un día dijeron «Aquí estoy, envíame» y salieron a los caminos del mundo para crear lazos de fraternidad con los pueblos que les acogieron. ¡Qué lástima que nuestra Iglesia española sufra esta sequía vocacional misionera que la empobrece y encierra sobre sí misma!

Este mes también se celebran las bodas de diamante de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuya Carta fundamental entró en vigor el 25 de octubre de 1945. Aprovechando este aniversario, la redactora de MUNDO NEGRO Carla Fibla García-Sala –a la que felicitamos por el Premio Seliou Traoré de Periodismo que acaba de recibir– escribe un análisis sobre las luces y sombras de la ONU y el rol que ha jugado y sigue jugando en el continente africano –ver pp. 20 a 27– y que, por supuesto, invitamos a leer.

Creemos acertada la frase del ex secretario general de la ONU, Dag -Hammarskjöld, cuando dijo que «la ONU no fue creada para llevar a la humanidad al paraíso sino para librarla del infierno». Sin su existencia muchas situaciones y conflictos internacionales habrían evolucionado mucho peor, aunque también es cierto que la organización habría podido evitar algún infierno más, y pensamos, en concreto, en el genocidio ruandés de 1994. Sumado todo, los analistas valoran positivamente a la ONU como iniciativa que busca soluciones consensuadas entre los países frente a los grandes desafíos de la humanidad. Esto no impide que exista actualmente unanimidad casi total sobre la necesidad de reformarla y dotarla de una mayor legitimidad frente a los intereses geopolíticos de los países miembros. En este sentido, la reivindicación de África de tener un mayor peso en las decisiones de la organización es absolutamente lícita. Existen iniciativas de reforma en curso, pero el proceso avanza despacio porque se trata de una organización compleja, con diferentes órganos y agencias internacionales y, sobre todo, por la resistencia de ciertos países que están muy a gusto con el statu quo imperante y no quieren perder sus privilegios.

Mientras las relaciones entre los países sigan solamente la lógica de la defensa de los intereses particulares, del tipo America first o «los españoles primero», será muy difícil construir un mundo más sostenible y pacífico, y cualquier reforma de la ONU podrá mejorar su eficacia, pero seguirá lastrada en muchos aspectos. Necesitamos ir más lejos y, como sugiere el papa Francisco en el número 207 de la encíclica Laudato si’, «desarrollar una conciencia universal que lo haga posible». La crisis ecológica y la pandemia que estamos sufriendo deberían abrirnos los ojos a la interconectividad de todas las realidades humanas y la obviedad de nuestro destino común como humanidad. Obstinarse en defender intereses particulares en detrimento del bien común es la locura que está destruyendo el mundo. Lo que no es bueno para todos, no es bueno para nadie.

La espiritualidad misionera apunta en la misma dirección. Los misioneros saben que el mundo es uno porque, sin importar donde vayan, encuentran siempre hermanos y hermanas con los que compartir la vida. Guiados por el Amor y sin renunciar a la propia cultura, se abren sin prejuicios a los valores de otras culturas y tradiciones para hacerlos suyos, por eso son llamados «hermanos y hermanas universales» y están dotados de esa conciencia universal que los hace capaces de romper fronteras y crear comunión. Ojalá este mes misionero sea una ocasión para todos y todas de desarrollar esa conciencia universal.


Imagen superior: Presidencia de la República Mexicana / Flickr (Creative Commons)


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