«Hay que contar África igual que se cuenta Lavapiés»

Alfonso Armada
Por: Javier Fariñas - 18/02/2019
Alfonso Armada, periodista
Alfonso Armada, uno de los periodistas referentes a la hora de saber qué pasa en África, se encerró con el también periodista Xavier Aldekoa para reflexionar sobre el continente. De aquella conversación, surgió África adentro, libro editado por Colectivo 5W. Con esa publicación como excusa, charlamos con el hombre que llegó por primera vez al continente en 1994. Su destino iniciático fue la Ruanda del genocidio. Ahora le gustaría conocer Malí y Madagascar.

 

¿Cómo hay que contar África?

Te respondería como responde Leila Guerriero cuando le preguntan qué es el periodismo cultural. Hay que contar África como hay que contar Lavapiés, como hay que contar el Vaticano, como hay que contar los crímenes de guerra: con honestidad, con precisión, con rigor, con belleza. No da igual cómo escribas las cosas, no da igual dónde pones las comas –es más, a veces una coma cambia el mundo–, y aunque hables de cosas terribles y tristes, la forma de darle dignidad a la prosa y de reconocer al otro es tratarle con la mayor precisión, claridad y belleza. Eso da sentido a lo que escribes.

 

Frente a la sutileza de una coma, la información que solemos encontrarnos sobre el continente es de trazo grueso, apresurada y poco sutil.

África tiene una desventaja y es que aparece y desaparece: es el gran Guadiana de la información en España. Tiene momentos en los que parece que va a estar presente entre nosotros, que el río ha aumentado y nos fascina o nos atemoriza, y luego vuelve a desaparecer. La tendencia en los medios españoles es reducir su presencia en África y eso se traduce después en que su presencia se reduce a alguna grave crisis, a algún viaje oficial o a algún acontecimiento deportivo, pero por lo general aparece y desaparece. Por eso, en general, la imagen que damos del continente está muy desen­focada, lo que confirma aquello que odiaba ­Kapuscinski de reducir África a un país, de ­reducir África a una imagen negativa, algo que es muy injusto. O, por el contrario, ofreces su imagen como el paraíso de los viajes o de una fauna que, por cierto, está disminuyendo, y eso genera otro estereotipo. El problema es que África es siempre un gran interrogante. De hecho no sé quién escribió que África tiene forma de interrogante, sigue siendo el gran interrogante –ojalá fuera también un signo de admiración–, y es el gran desafío del siglo XXI. Esto es también un titular de periódico, pero los desafíos que supone África para el mundo y para sí misma son descomunales, porque los grandes dramas y las grandes esperanzas creo que vuelven a estar en África por cuestiones demográficas, sociopolíticas, energéticas, porque la juventud de África es indudable: es el continente donde más niños nacen y eso es un desafío para África y también para Europa.

 

Armada cubrió en Mogadiscio, en marzo de 1995, la salida de las últimas tropas norteamericanas de Somalia. Fotografía: Gervasio Sánchez

 

¿Es simplista acusar solo a los medios de la imagen que tenemos de África?

Soy muy crítico con el papel de los medios, porque configuramos la imagen social; lo que ocurre es que ahora hay muchas más vías de conocimiento o de desconocimiento. Cargar las tintas siempre sobre los periodistas es un poco injusto o bastante injusto. Creo que los lectores, los ciudadanos, también tienen su parte de culpa. Se quejan de que no están informados. Perdona, tienes un montón de posibilidades de informarte, pero tienes que esforzarte. El problema es que mucha gente ha optado porque no quiere saber, o porque prefiere informarse de forma superficial, o porque decide que no le interesan cosas que suceden en cualquier lugar del mundo, aunque nos conciernan y de forma directa. Las culpas son a repartir.

Pero no solo eso, hay otras tendencias que son igualmente engañosas. Tengo muchos más amigos de izquierdas que de derechas, y sigo viendo cómo algunos con la mejor intención y buena conciencia se quejan de lo mismo: «Es que la esclavitud, la colonización, Europa…». La mayor parte de África lleva ya mucho tiempo independiente –Sahara sigue ahí pendiente de su futuro– y los africanos son adultos y responsables de su destino. Por supuesto que hay comercio injusto, multinacionales y demás, y lazos privilegiados entre dirigentes, bancos, instituciones o gobiernos europeos, chinos, rusos, norteamericanos…, pero la responsabilidad de los africanos es muy grande. Cuando hablo con amigos kenianos me dicen que «ya está bien de echar la culpa de todo a la colonia. Somos responsables de nuestro destino y no vamos a estar siempre pendientes de que los europeos vengan aquí a pagar sus culpas resolviendo los problemas que dejaron a medias». África tiene que ser responsable de su propio destino y unirse y aprender de las cosas buenas y malas que se han hecho en Europa. Creo que si se unen y borran esas fronteras impuestas desde aquí, sería mejor para ellos y para nosotros.

 

Burkina Faso, Zimbabue, Gambia… Hay países donde la ciudadanía ha generado cambios de régimen. ¿Son signos de madurez dentro del continente?

Creo que sí, porque hay un movimiento cívico impresionante. Estos movimientos sociales que han cambiado sistemas políticos suponen un renacimiento de la conciencia pública y la conciencia política en África. Es un movimiento que se cuenta de forma poco constante, pero me parece uno de los más interesantes del continente. Además, el fenómeno de los emprendedores y las nuevas tecnologías que están cambiando el modelo de las ciudades, el modo de hacer negocios, la forma de manejar el dinero y las comunicaciones… Creo que, fíjate, Mundo Negro y The Economist, con visiones del mundo contrapuestas pero complementarias, le prestan atención a eso. Me gusta mucho The Economist por muchas cosas, aunque no comparta toda su ideología, pero esta coherencia que tienen cuando defienden acabar con las fronteras, permitir el comercio y el movimiento de personas… Algunos partidos políticos españoles que se declaran liberales, ahí, sin embargo, no son liberales, porque en el tema de fronteras tienen un discurso atroz y muchos de ellos, partidos y medios que en principio deberían ser sensibles a la doctrina cristiana, ahí no son nada coherentes: tienen una visión tan cortoplacista, tan poco humanista y tan poco católica en ese sentido de hermandad universal, de considerar al otro como tu igual… Ahí creo que hay mezquindad política y, sobre todo, falta de visión, porque la riqueza de la migración es mucho mayor que la parte negativa en la que insisten algunos políticos tratando de pescar en río revuelto.

 

Dos mujeres caminan por una vía del tren, cerca de la terminal de contenedores de Yibuti. Fotografïa: Getty

 

La política de la Unión Europea respecto a la migración es muy restrictiva.

Es muy poco coherente quizás. Hay proyectos de comercio más justo, de inversión en África, de tratar de que se desarrollen en su terreno, pero después desde el punto de vista político, desde el punto de vista de la migración… Habría que analizar cuánto dinero dedica Europa a proteger sus fronteras, a vigilancia, a policía, a alambradas, a muros, a políticas –judiciales y demás– represivas, comparado con lo que se dedica a inversión en África. Ha pasado también en Estados Unidos. Se dedican cantidades ingentes a proteger las fronteras cuando sería mucho más justo e inteligente invertir eso en promover cauces de migración más regulada, más humana. Es también atroz que las políticas de auxilio y ayuda en el Mediterráneo se han convertido ahora en un no ver el problema, en trasladar el papelón a países como Marruecos o Libia, este último un enigma de país, roto en pedazos y sin ninguna garantía, siendo conscientes de que se maltrata a sus ciudadanos y a los africanos que llegan allí. Se trata de convertirlos en nuestros gendarmes con el objetivo de que no veamos en nuestras calles el resultado de algunas políticas que tienen el problema en origen.

 

Según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, más de 62.000 migrantes llegaron a España de forma irregular en 2018. De ellos, más de 56.000 lo hicieron a través del Mediterráneo.

¿Por qué siguen viniendo africanos o asiáticos, a Europa? Porque Europa, a pesar de esos problemas, sigue siendo un lugar donde se respetan los derechos humanos, donde hay garantías judiciales, donde en general la policía no te maltrata –hay casos pero…– y sigue siendo una referencia para muchos. Es triste que estemos siendo tan poco ­consecuentes con nuestro pasado y estén volviendo fantasmas atroces que parecía que debíamos haber olvidado, como si no hubiésemos aprendido nuestra historia. Desde el punto de vista político, creo que Europa está muy ciega.

 

Alfonso Armada el día de la entrevista. Fotografïa: Javier Sánchez Salcedo

¿Por qué se produce esta ceguera con las naciones africanas y no con países del continente americano o asiático que también están en vías de desarrollo?

No lo sé, es una buena pregunta. Cuando estaba en El País y heredé de Ana Camacho la corresponsalía para África, noté que había como cierto desdén. Es difícil, no tiene nada que ver seguramente, pero igual que en algunas clases ilustradas en España se desprecia el teatro como un arte menor, creo que desde el punto de vista geopolítico se desprecia a África como un continente menor. No sé si hay razones de un racismo de fondo que no se verbaliza –porque también daría mucha vergüenza verbalizarlo–, pero es un poco absurdo. Está tan cerca y es tan fascinante… Además, ocurre una cosa bastante paradójica, el discurso oficial que manejan los que a fin de cuentas marcan la oferta informativa, es un discurso reiterativo que puedes escuchar en dueños y directores de medios, redactores jefe y compañeros periodistas: África no interesa, o la gente no lee. Esta especie de estereotipo, este leitmotiv, este «África no interesa», ha calado en muchas miradas y no indagamos por qué. Cuando después vemos reportajes de África prestamos mucha atención. Creo que ese interés existe, sin embargo, los medios, sistemáticamente, lo ningunean. Pero no tengo una explicación racional.

 

Xavier Aldekoa comentó en estas páginas que la selección de noticias se basaba en dos principios: la importancia y la influencia. Y, en su opinión, África no entraba dentro del círculo de influencia. Por eso entendemos que tenga más espacio un presidente norteamericano paseando a un perro en los jardines de la Casa Blanca que lo que ocurre en Sudán o Egipto, por poner un ejemplo.

Bueno, por una parte, está el kilómetro sentimental, la distancia con los hechos y después, la verdad, hay una especie de simpatía permanente por Estados Unidos por muchos motivos. Pero es verdad que cuando uno dibuja el mapa de interés, África siempre está en los últimos lugares. Supongo que la importancia del dinero, la importancia de la influencia política o económica marcan la pauta. Por eso llama la atención que China, con mucha inteligencia geoestratégica y política, y por necesidades perentorias de su propia economía –pero sobre todo por necesidades políticas, porque esto tiene un rédito político en la ONU–, lleva mucho tiempo invirtiendo diplomática, estratégica y económicamente en África. Y Rusia se está dando cuenta de que África es un vivero de influencia política y de crecimiento. Estados Unidos, con la decisión de replegarse hacia el interior y olvidarse del mundo, y Europa con estos titubeos, con esta mala conciencia que a veces le impide implicarse de forma más activa, están dejando el terreno a dos potencias, sobre todo a China, con un historial atroz de derechos humanos. Además, a los dirigentes africanos les interesa más este tipo de relación porque no se inmiscuyen en sus asuntos internos, les dejan actuar con mano de hierro y les permiten grandes rendimientos económicos de doble dirección. Para China es fantástico y para muchos dirigentes africanos también.

 

Para Alfonso Armada, como periodista, ¿África es un amor a primera vista?

Es bastante curioso, porque mi primer viaje a África fue a Ruanda, entonces…

 

Fotografía: Getty.

Precisamente formulaba así la pregunta porque, si es amor a primera vista, hay que preguntarse cómo uno se puede enamorar de África después de aterrizar en un país que sufría el genocidio de 1994.

No tiene explicación, porque podía decir que es la fascinación del horror, y sería una perversión absoluta. A mí me gusta mucho volver a Joseph Conrad, que es un escritor que me sigue fascinando y me sigue intrigando muchísimo. Primero por lo mal que se ha utilizado como gran –y pobre– metáfora por parte de muchos periodistas perezosos, que han asociado África al corazón de las tinieblas, y eso no es el libro de Conrad. Conrad es lo contrario. La obra de Conrad es cómo el rey Leopoldo II de Bélgica, cómo los colonizadores belgas, convirtieron el Congo belga en el corazón de las tinieblas. Lo cual no quiere decir que la África precolonial fuera un paraíso: había tráfico de esclavos, había atrocidad… Hay muchas cosas de la conciencia humana sobre el respeto al otro, la piedad, que trajeron en muchos sentidos los europeos. No es que antes de la llegada de los europeos aquello fuera un paraíso terrenal y nosotros viniéramos a emponzoñarlo todo por el puro interés. Mire usted, no. La historia es bastante más compleja, pero es verdad que esta fascinación surgió en Ruanda porque fue el primer país al que llegué. Lo hice en unas circunstancias donde todo se rompió y a una escala inimaginable y difícil de entender. Yo venía de Sarajevo y pensaba que aquello me vacunaba contra el miedo y el horror, pero la escala de lo que ocurrió en Ruanda era inimaginable. A pesar de todo, intenté desde el principio no caer en el estereotipo y no hacer un periodismo perezoso que busca explicaciones míticas o mitológicas a una especie de miedo o terror tribal, sino que traté de explicar por qué una sociedad cae, de repente, en el mal absoluto. Y, bueno, mirémonos a nosotros, en Europa. Aquí en el año 36, o de forma más industrial y más atroz en Alemania, donde el país quizás más cultivado de Europa, más desarrollado, con los mejores músicos y los grandes filósofos enloqueció de aquella manera y no vio que estaban eliminando al otro, convirtiéndolo en cucarachas como hicieron en Ruanda. A pesar de esa atrocidad, la fascinación prendió porque allí estaba todo: estaba la belleza, estaba el horror… A fin de cuentas, esa es nuestra condición: vivimos entre la belleza y el espanto, entre la maravilla y el horror cada día. Y África tiene eso de forma exponencial, quizá todo es demasiado intenso allí, el color, la luz, la humanidad, la crueldad… Lo que quiero subrayar es algo que decía Simone Veil, y es que nuestra condición es humana ante todo, y tenemos la capacidad de hacer el mayor espanto y el mayor bien, y esa potencia del hombre para hacer el mal en algunos momentos estalla, pero eso no te permite sacar conclusiones de que hay sociedades más propensas al horror. Hay que ver por qué una sociedad estalla de manera tan brutal y contagia a tanta gente.

 

Xavier Aldekoa ha dicho de usted que es un periodista que escucha. ¿En aquel contexto solo queda escuchar y tratar de entender?

Escuchar es fundamental. Una de las grandes carencias de la prensa española es que hablamos demasiado, gritamos demasiado y escuchamos poco. Además en África, donde la cultura oral es muy importante, la gente lo agradece. Aunque estén comprando o apropiándose o imitando lo peor de esta vida acelerada que no escucha, creo que todavía se toman el tiempo de escuchar y de ser hospitalarios. Escuchar es importante, pero también lo es estudiar. África necesita especialistas que se empapen de la historia africana: hay que escuchar a la gente y después indagar en la historia de África. Hay libros fantásticos sobre África donde hay mucho que estudiar y que aprender. Cuando los estudiantes de Periodismo me preguntan qué tienen que hacer, les digo que leer, viajar y vivir, ¡es que no hay otra cosa! Leer es fundamental, ¡hay tanto que harían falta varias vidas!