Costa de Marfil: vuelta a casa tras cinco años en el exilio

Entre 2016 y 2017 regresarán cerca de 50.000 personas

 

Texto: María Rodríguez desde Abiyán (Costa de Marfil)
Fotografías: ACNUR

 

La estabilidad política de Costa de Marfil ha dejado aparcado un problema generado en la crisis de 2010: los refugiados, la mayoría de los cuales se desplazaron hasta los países vecinos. Poco a poco regresan, en medio de las dudas y la esperanza. 

 

En 2011 atacaron y bombardearon su casa, situada en la comuna de Angré, en Abiyán. ¿Qué había hecho ­Ferdinand Kouassi, conocido como Watchard Kedjebo, para merecer aquello? Ser miembro del grupo político Galaxie patriotique y del equipo externo de colaboración del expresidente Laurent Gbagbo. Tras los ataques primero huyó su mujer con sus tres hijos, la más pequeña de dos años. Él se reunió con ellos unas semanas más tarde. El 14 de abril de 2011 cruzó en coche la frontera de Costa de Marfil con Ghana diciendo ‘adiós’ a su país pues desconocía la fecha de regreso, si es que la había.

Tras la celebración de los comicios en otoño de 2010, la situación de Costa de Marfil, que ya estaba dividida literalmente en dos desde 2002, se deterioró aún más cuando los dos principales candidatos se declararon ganadores. La Comisión Electoral atribuyó a Alassane Ouattara, actual presidente, el 54,1 por ciento de los votos, mientras que el Tribunal Supremo, encargado de validar los resultados, declararó nulos los votos de siete regiones del país (bajo el control de Ouattara), advirtiendo de “flagrantes irregularidades”, y dio la victoria a Laurent Gbagbo, presidente desde 2000 hasta 2010.

Esta nueva crisis –o continuación de la que ya había comenzado en 2002, según se analice– provocó un revés en la vida de miles de personas. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), las hostilidades de 2011 ocasionaron un millón de desplazados internos y 300.000 refugiados en los países fronterizos: Liberia –el que más refugiados acogió–, Guinea, ­Burkina Faso, Malí y Ghana, y en otros como Togo, Benín o Francia. Asimismo, 3.000 personas murieron en tan solo unas semanas, según las cifras oficiales.

 

 

Colette, de 79 años, es una de las marfileñas que tuvo que salir del país por la violencia poselectoral de 2010 / Fotografía: ACNUR

 

La vida fuera de tu país

“El exilio no es fácil, es una cárcel a cielo abierto”, describe Kedjebo. Él, a diferencia de muchos, no vivió en un campo de refugiados sino en una casa en Accra, la capital ghanesa, gracias a sus amigos. Cuenta que muchos de los que huyeron no querían ni mirar el periódico, pues querían olvidar lo que habían vivido. Él, sin embargo, siempre estaba informado de lo que pasaba: “Nunca ha dejado de interesarme el día a día de mi país, nunca he dejado de ser un patriota”, declara.

Tres días antes de que ­Kedjebo huyera, Gbagbo fue detenido para acabar siendo enviado al Tribunal Penal Internacional (TPI) –donde se encuentra– acusado de delitos contra la humanidad. Ese mismo mes, el Gobierno de Ouattara mostró su preocupación por los ciudadanos refugiados en el exterior y solicitó ayuda a ACNUR para hacerlos volver. Dice ­Mohamed Askia Touré, representante de ACNUR en Costa de Marfil, que “si hay refugiados el conflicto no ha terminado”, y teniendo en cuenta que muchos militares huyeron con sus armas y que en los campos de refugiados se encuentran muchos ­proGbagbo contrarios al actual Gobierno, esto podía ser utilizado “por quien quisiera desestabilizar”. Hacer volver a quienes huyeron permite el ­desarme y que la crisis se diluya.

De este modo, se llegó a unos acuerdos entre el Gobierno marfileño, los países de asilo y ACNUR para “establecer pautas que faciliten la vuelta, asegurando que los retornados no sean perseguidos o arrestados y otorgando garantías, como la amnistía, la restitución de bienes perdidos o confiscados, o la propiedad de la tierra”, señala Askia Touré. Así surgió el Proyecto de Ayuda y Asistencia a los Refugiados y Apátridas (SAARA, por sus siglas en francés), que facilita la repatriación voluntaria a partir de octubre de 2011.

Desde entonces han regresado unas 250.000 personas, sobre todo de Liberia. De este lado, quienes huyeron lo hicieron sobre todo por la violencia que desen­cadenó la crisis en esa región, favorable a Gbagbo. Los que huyeron a ­Ghana procedían mayoritariamente de Abiyán y eran, sobre todo, intelectuales muy comprometidos con el Gobierno de Gbagbo. Hacer regresar a este grupo no está siendo fácil. Los primeros cuatro exiliados favorables al anterior presidente no lo hicieron hasta el pasado 30 de junio. Entre ellos estaban Kadet Bertin, exministro de ­Defensa con Gbagbo, y nuestro protagonista, ­Watchard Kedjebo.

“Salimos por la puerta pequeña y hemos entrado por la grande”, explica contento Kedjebo sentado en un restaurante en su antiguo barrio de Abiyán. Decidió volver tras ver que las elecciones de octubre de 2015 habían tenido lugar de una manera calmada. “Hubo algunas irregularidades, como siempre, pero nada en comparación con lo que vivimos en 2010. El año pasado me dije que Ouattara era el presidente de todos los marfileños; en 2010 no tuve el mismo sentimiento”, cuenta.

La llegada simbólica de estos cuatro antiguos exiliados es una oportunidad para el Gobierno marfileño de demostrar a los que están fuera que volver a casa es seguro. “Somos como cobayas de laboratorio”, dice Kedjebo. En mayo Mariatou Koné, ministra de Solidaridad, Cohesión Social e Indemnización a las Víctimas, viajó a Accra para encontrarse con los exiliados. Allí se vio que están divididos entre los que desconfían del Gobierno y prefieren no regresar, y los que han decidido confiar y volver. “Cuando la ministra vino nos dejaron preguntar por todo lo que nos preocupaba. Preguntamos por la liberación de amigos que están encarcelados, por la descongelación de los bienes y cuentas del banco de los que apoyamos a Gbagbo, por nuestra seguridad… y la ministra nos dijo que el presidente se comprometía a todo ello”. Ahora, como explica Kedjebo, “todo dependerá de cómo nos traten”.

El Gobierno lo sabe bien. “Los que llegan van a comunicarse con los que siguen en el exterior necesariamente, y les van a contar cómo están siendo tratados y que no hay nada que temer. Son los propios antiguos exiliados quienes sensibilizan al resto”, cuenta Kouamé Lacina, consejero técnico del ministro de Asuntos Exteriores y coordinador del SAARA, quien añade que “la reconciliación es un eje prioritario del Gobierno. Queremos hacer caer el muro de la hostilidad y que todos los hijos de Costa de ­Marfil estén en tierras marfileñas”. Y poco a poco parece que consiguen su objetivo, y las cifras de refugiados marfileños se reducen con el tiempo. Según explica Askia Touré, han planificado el retorno de 25.000 refugiados antes del final de 2016 y esperan que el resto, otros 25.000, vuelvan a lo largo de 2017. Sin embargo, tanto ACNUR como el Gobierno saben que no volverán todos: hay quienes se han adaptado muy bien en los países de acogida, y teniendo en cuenta que los vecinos de Costa de Marfil pertenecen a la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) –que permite a los ciudadanos de sus países moverse libremente en esa región–, muchos se quedarán.

 

Un grupo de antiguos exliliados recibe formación sanitaria en un centro de repatriación voluntaria de ACNUR en Tabou, en la región de Bas-Sassandra, cerca de la frontera con Liberia / Fotografía: ACNUR

 

Piedras en el camino

A pesar del hincapié que se está haciendo en la repatriación, no está exenta de dificultades. El hecho de que Laurent Gbagbo permanezca en el TPI divide aún a los marfileños, que consideran que hasta que el expresidente no sea liberado no habrá verdadera paz en el país. No hay que dejar de lado tampoco a los prisioneros políticos ni a Simone Gbagbo, la antigua primera dama, que también está procesada por el Tribunal Penal de Abiyán por crímenes contra la humanidad por su supuesto rol en la violencia poselectoral.

Por otro lado, según explica Lacina, el Gobierno encuentra dificultades en la reticencia de los exiliados y el poco convencimiento de que “cuando vengan tendrán seguridad y que su dignidad no será tocada”. Admite, además, que les preocupa que las fuentes de información de los refugiados sean manipuladas y que no reflejen la realidad del país. Por su parte, el representante de ACNUR en ­Costa de Marfil señala que la dificultad que ellos encuentran es la restitución de los bienes perdidos. Por ejemplo, “durante su ausencia las tierras de estas personas han sido cogidas por otras”. Otra dificultad que perciben es la destrucción de estructuras básicas durante la crisis, como escuelas y hospitales en las zonas rurales. Y si estas infraestructuras no existen no se respetarán las garantías relacionadas con la escolarización y la salud de los repatriados.

Día 25 de agosto de 2016. Sede del SAARA en Abiyán. En una de las tres filas de sillas preparadas para recibir al segundo grupo de refugiados que regresa de Ghana, una niña sujeta en sus manos el tríptico donde el SAARA y ACNUR explican todo lo relativo a la repatriación. La niña lleva un vestido blanco de gasa, adornado con tres grandes flores azules en el pecho, trenzas con adornos de colores en el pelo, zapatitos a juego. Todo el mundo mira lo guapa que va. Se llama Grâce Divine y tiene cinco años. Acaba de llegar de un viaje de unas cuatro horas en autobús desde un campo de refugiados de la frontera occidental de Ghana hasta Abiyán. Si hacemos cuentas, su edad indica que no nació en Costa de Marfil, como muchos niños y niñas de padres que huyeron y continuaron su vida fuera del país. Otra realidad fruto de la crisis.

Al preguntarle a su madre, lo confirma. Sin embargo, deja claro que no le apetece hablar con los periodistas. El grupo de retornados está compuesto por 32 personas, sobre todo mujeres y niños. Autoridades e instituciones los reciben, les estrechan la mano, les dan la bienvenida y les dirigen algunas palabras. En nombre de todos, el portavoz del grupo les da las gracias, expresa su alegría y responde con un proverbio: “Cuando el trueno es grande cada uno intenta ocultarse para protegerse, pero una vez el trueno ha cesado cada uno regresa a su casa”. Después de cinco años han vuelto del exilio y, aunque la madre de Grâce Divine no quiere expresarlo con palabras, la vestimenta que ha elegido para su niña demuestra que este era para ellas un momento muy ­especial.