Daesh amenaza a África

Chema Caballero     Por Chema Caballero

 

La publicación digital allAfrica informaba hace poco que en una reciente editorial de al-Naba, el boletín semanal del grupo terrorista Daesh, se vertía una seria advertencia a los africanos: deben estar preparados para aceptar la expansión del grupo yihadista en su continente.

En el mismo medio, el periodista Ivan Bantu advierte de que la expulsión del Estado Islámico de la ciudad iraquí de Mosul y de la siria de Raqqa puede hacer realidad esta amenaza al obligar a la organización a buscar nuevos territorios.

Esta advertencia no es nueva. Ya el pasado mes de julio la página jihadwatch.org hacía referencia a una entrevista en la que un alto cargo del Estado Islámico, ante la perdida de territorio de la misma en el Medio Oriente, declaraba que “si bien nuestras fortalezas son objeto de ataques en Irak y Siria, hemos sido capaces de mover a África algunos de nuestros centros de mando, medios de comunicación y facilidades logísticas, y parte de nuestros recursos económicos”.

Esto indicaría que la organización lleva tiempo organizando esta migración y que ya ha enviado avanzadillas para ir preparando el terreno.

Hace también tiempo que el califa Abu Bakr al-Bagdadi, máximo dirigente de Daesh, declaró su intención de subdividir el  norte y oeste del continente en tres grandes regiones una vez que el grupo empiece a expandirse más allá de las orillas del Mediterráneo donde se concentra en la actualidad, y donde, todo hay que decirlo, no termina de afianzarse en Libia, mientras que Túnez ha impuesto grandes medidas de seguridad para reducir el riesgo de atentados.

Las tres provincias (wilayat) en cuestión serían: Alkinana, Habasha y Maghreg. La primera englobaría a Sudán, Chad y Egipto. La segunda a Eritrea, Etiopía, Somalia y Kenia. Finalmente, la  tercera estaría compuesta por los cuatro estados del norte de África restantes: Marruecos, Argelia, Túnez y Libia, más Mauritania, Níger y Nigeria. Esto también nos da una idea de cuales serían los planes de expansión de esta organización.

Todos estos datos nos dan a entender que Daesh lleva tiempo planeando su desembarco en África, donde aparte de la ya comentada presencia en el norte del continente, da la impresión de que ahora quiere concentrar sus esfuerzos en aumentar su presencia en el África que se extiende al sur del Sáhara. Sabemos que el grupo nigeriano Boko Haram juró fidelidad al Estado Islámico a principios de 2015, y que a partir de ese momento en algunos de sus comunicados estos yihadistas, que se extienden por el norte de Nigeria, Chad, Camerún y Níger, se autodenomina Estado Islámico de África Occidental. Igualmente, algunas facciones del grupo somalí Al-Shabbaab también manifestaban su sumisión al califato de Daesh en octubre de 2015. Pero estas no son las únicas lealtades con las que Daesh cuenta en el continente.

A finales de octubre la agencia de noticias del Califato anunciaba el juramento de fidelidad de parte del grupo Estado Islámico del Gran Sáhara (ISGS, por sus siglas en inglés). Este grupo que opera en la zona del Sahel, está liderado por Adnan Walid al-Saharawi, que hasta hace poco era uno de los principales comandantes de Al-Mourabitoun, una organización yihadista nacida en 2013, cuando se fusionaron elementos de dos de los grupos más radicales que habían participado en el conflicto del norte de Malí: el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUJAO), del que al-Saharawi era portavoz, y  Katiba al-Muthalimin, liderado por uno de los terroristas más buscados, el argelino Mokhtar Belmokhtar.

Con anterioridad, Al-Saharawi, que nació en El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, en 1979, se había enrolado en el Ejército de Liberación Popular Saharaui, el brazo armado del Frente Polisario.

Al-Saharawi, varias veces dado por muerto o gravemente herido, había jurado fidelidad al califa al-Baghdadi el 14 de mayo de 2015, por lo que no se entiende bien que el Estado Islámico haya esperado hasta hace poco, unos 17 meses, para reconocer dicha acción y confirmarlo como uno de sus líderes en África Occidental.

Por su parte, el grupo de Belmokhtar, al-Mourabitum, era en origen una rama de Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQIM). Todo daba a entender que al-Mourabitum (que niega que su grupo hubiese jurado fidelidad al Estado Islámico) y AQIM se habían reunificado a finales de 2015 y juntos, desde sus campamentos del norte de Malí, habrían lanzado los ataques terroristas de finales de 2015 y 2016 en Malí, Burkina Faso y Costa de Marfil.

Esto pone de manifiesto una gran división entre los grupos que operan en la zona. Los militantes que han quedado leales a Belmokhtar y que, por tanto no se han integrado en ISGS, han estado amenazando a los que sí lo han hecho. Quizás esta lucha interna generaba dudas sobre la capacidad operativa y de liderazgo de al-Saharawi, lo que explicaría que el Estado Islámico se haya tomado su tiempo antes de reconocerle.

Todas estas incertidumbres podrían haber desaparecido tras los ataques perpetrados por el nuevo grupo yihadista, ISGS, en los últimos meses. En los dos primeros, que tuvieron lugar en la frontera entre Burkina Faso y Malí, murieron tres soldados de Burkina Faso, un civil y un funcionario de aduanas. El tercero ocurrió el 17 de octubre en Níger cuando dos islamistas atacaron la cárcel de máxima seguridad de Koutoukalé, en la capital, Niamey, con la intención de liberar a los presos yihadistas allí encarcelados.

El hecho de que ISGS esté liderado por un saharaui ha hecho pensar que pudiera dar lugar a un alto número de adhesiones por parte de jóvenes saharauis cansados de vivir en los campamentos de Argelia y que anhelan la liberación de su patria. Cada vez son más los jóvenes que piden acciones militares contra Marruecos. El Polisario se encuentra muy dividido. Ya en 2012, las autoridades saharauis reconocían que muchos jóvenes se habían unidos a los grupos yihadistas que operaban en las regiones vecinas, al mismo tiempo que declaraban la guerra a este movimiento.

Sin embargo, la amenaza de que más jóvenes saharauis puedan unirse a ISGS en próximas fechas está muy latente y puede resultar en un nuevo elemento de desestabilización en la región.

Igualmente, si fuera cierta la hipótesis de que tras la caida de Mosul y Raqqa, el Daesh intentaría reagrupar a muchos de sus militantes en África, este nuevo juramento de fidelidad realizado por ISGS cobra especial importancia, al ofrecer a los terroristas un segundo grupo de referencia en el África Occidental después de Boko Haram.

Habrá que estar pendientes de cómo evoluciona la situación y vigilantes, porque una mayor presencia de los yihadistas en África puede suponer un aumento de atentados. Pero seguramente no se quedarán solo en esto, sino que querrán conquistar territorios para reconstruir su califato y buscarán fuentes alternativas de financiación que bien pueden encontrar, una vez más, en la explotación de los recursos naturales de la región, lo que traerá graves consecuencias para los países del continente.