Familia Moreno Chicharro: Del Guadalquivir a Cochabamba

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 29/10/2018
«Se piensa que vivir este tipo de experiencias en pareja no es posible por falta de información»
Coincidiendo con la celebración del DOMUND, publicamos una serie de perfiles de misioneras y misioneros que hablan sobre su vida, sus motivaciones y los lugares donde desarrollan su trabajo.

Juan Luis Moreno (32 años) es un ingeniero técnico industrial nacido en la localidad sevillana de Lebrija, en la comarca del Bajo Guadalquivir. Allí, en la residencia de ancianos Asilo de San Andrés, dirigida por las Hijas de la Caridad, es donde conoció el carisma vicenciano con el que se comprometió como catequista y participando en las actividades misioneras. Su mujer, Ángela Elena Chicharro (37 años), profesora de Infantil que trabaja en el aula matinal de una escuela de este pueblo, se formó en Puertollano en el colegio María Inmaculada, también bajo el paraguas de las Hijas de la Caridad, donde participaba en los grupos de formación de Juventudes Marianas Vicencianas (JMV) como catequista. También fue voluntaria en Cáritas y perteneció al grupo de animación litúrgica de su parroquia.

¿Cuándo os conocisteis?

Nos conocimos en el verano de 2011 cuando fui enviado de forma temporal, durante tres meses, a la comunidad misionera de JMV en Bolivia donde ya se encontraba Ángela, que llevaba en el país más de cinco años. Al verano siguiente, estuve en otra de las comunidades en Mozambique, donde casualmente había sido destinada ella unos meses antes.

¿Por qué decidisteis ir a una misión en el extranjero?

Desde muy jóvenes sentíamos que nuestra vida tenía que ser compartida con los favoritos de Dios, los más empobrecidos. Ambos ya habíamos tenido muy buena experiencia en la misión, Ángela de forma permanente y yo con estancias más breves, así que teníamos claro que después de casarnos queríamos vivir una experiencia como familia misionera. Tanto es así que tuvimos una hija en Bolivia.

¿Cómo os imaginabais Bolivia? ¿Por qué allí y no otro lugar?

Conocíamos el país y el trabajo pastoral que se desempeñaba. Era una nación donde sabíamos que podíamos tener hijos de una forma segura. La gente boliviana, en concreto el pueblo sacabeño, es una comunidad muy acogedora y tiene mucho que enseñar. Ha sido un regalo el tiempo que hemos vivido allá.

¿Qué valores y enseñanzas habéis aprendido en Sacaba?

Vivir el día a día. Y es que al caminar por las calles y los mercados bolivianos ves a muchas mujeres que se ganan el pan de cada día para sacar a sus familias adelante. Esperamos ser capaces de transmitir a nuestra hija esa capacidad de superación, de fe y de esperanza.

¿Una historia que os haya marcado allí?

Pues son muchas las que se quedan en el recuerdo… Tal vez por cercanía y tiempo compartido, puedo mencionar la historia de una mamá luchadora. Ella, con muchas dificultades, pasó de ser una víctima de la violencia de género a ser un referente para muchas de las mujeres que son atendidas de forma integral en uno de los proyectos que desarrolla la comunidad destinada a la atención de este colectivo. Tras aprender y perfeccionar el oficio de la costura, su experiencia técnica y vital es hoy día un ejemplo a seguir para el resto.

¿Hay mucha diferencia del concepto de familia que tienen en Bolivia? ¿Qué podríamos aprender e implementar en España, en Lebrija?

Quizá en Bolivia el concepto de familia es más amplio, puede que como aquí hace algunos años atrás. Muchas familias viven juntas: abuelos, padres, hijos, nietos, algún primo que llegó a estudiar… Por otro lado, también hay muchas madres solas que sacan adelante a sus hijos sin ayuda de nadie, solo con su esfuerzo y entrega. De estas realidades que hemos vivido nos quedamos con esa familia-comunidad donde unos se apoyan en otros frente a cualquier tipo de dificultad.

Pero luego llegó vuestro bebé y decidisteis volver, ¿por qué?

Bueno, es difícil de explicar. Pero la distancia física con nuestras familias se hizo cada vez más pesada y queríamos que África, como se llama nuestra hija que ahora tiene dos años, pudiese crecer disfrutando de la presencia de sus abuelos, tíos y familiares más cercanos.

¿Por qué creéis que escasean ejemplos como el vuestro?

Creo que, por una parte, tal vez sea por el desconocimiento. El pensar que no es posible vivir este tipo de experiencias como pareja. Y, por otra parte, para los laicos misioneros, no es fácil esa «vuelta a casa» en la cual te tienes que enfrentar a comenzar desde cero, emprender una nueva vida, encontrar un trabajo… En nuestro caso, los Misioneros Seglares Vicencianos (MISEVI) y nuestras propias familias nos están apoyando en esta nueva etapa.

¿Qué habría que hacer para despertar más vocaciones en los adolescentes?

Confiar más en ellos, darles más protagonismo. Tienen que descubrir que son muy capaces. Si no conseguimos crear y construir espacios para ellos, al final terminan por buscarlos en otros ambientes y acabamos por perderlos.

Un mensaje que queráis transmitir.

Recomendar a todas las personas que tengan alguna inquietud misionera a que no se dejen vencer por el miedo, que busquen opciones desde sus parroquias y diócesis. A veces dejamos pasar el tiempo creyendo que no es el momento adecuado, pero cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde y perdemos la oportunidad de descubrir todo lo que la misión tiene que enseñarnos.