Democracias fallidas en tiempos de zozobra

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Mientras el mundo estaba pendiente del cerrado duelo entre Donald Trump y Joe Biden en EE. UU., dos procesos electorales a los que quizás se ha prestado poca atención desde Occidente, pero que son de singular importancia, tenían lugar en África del oeste. Cada uno de ellos con sus propias características, pero ligados por un denominador común: dos presidentes en ejercicio, Alpha Condé en Guinea, y Alassane Ouattara en Costa de Marfil, decidían presentarse a un tercer mandato, algo prohibido en su Constitución. Ambos comicios, rodeados de graves incidentes y decenas de muertos, son un golpe bajo a la democracia e inauguran un ciclo de inestabilidad en ambos países.

Tanto Condé como Ouattara recurrieron al viejo truco de reformar la Carta Magna y poner el contador a cero, tal y como ya hicieron Abdoulaye Wade en Senegal o Mahamadou Tandja en Níger hace casi una década; una vía similar a la que intentó Blaise Compaoré en Burkina Faso, con su tristemente famosa reforma del artículo 37. En estos tres casos el tiro les salió por la culata, ya fuera por la fuerza de las urnas, un golpe de Estado o un alzamiento popular. De momento, Condé y Ouattara consiguieron su objetivo, aunque la factura a pagar en términos de paz social y percepción de su legitimidad podría ser demasiado alta.
África occidental atraviesa una peligrosa coyuntura de especial complejidad. El avance del yihadismo radical es hoy mucho más que una amenaza. Enormes extensiones de Malí, Burkina Faso y Níger son ya territorio franco para la actividad de grupos armados fuera de todo control que someten a la población a una presión insoportable que se manifiesta en todo tipo de violencias. Solo en 2020 la cifra de muertos a causa de ataques e incidentes se eleva a 6.000. El número de refugiados y desplazados internos supera ya los 2,5 millones, más del doble del millón que en 2015 generó una profunda crisis en la rica Europa. Y aquí hablamos de los países más pobres del mundo.

La penetración de ideas radicales, que encuentra terreno abonado en la sensación de abandono de la población por parte del Estado, es imparable y no se queda en esos tres países. De hecho, ya ha tocado el norte de Benín, Togo, Ghana y Costa de Marfil. A esto hay que sumar la crisis económica derivada de la covid-19, que ha arrojado a decenas de miles de personas a la desesperación, y el impacto del cambio climático y su ciclo de sequías y lluvias erráticas y extremas. En este contexto son más necesarios que nunca líderes y gobiernos estables que, desde el respaldo de los ciudadanos, puedan adoptar medidas –a veces dolorosas y siempre ­valientes– para enfrentarse a desafíos globales en demasiadas ocasiones con presupuestos escasos.

Por ello, el órdago de Condé y Ouattara no es baladí. Sumir a sus países en una espiral de violencia y en una crisis de legitimidad en estos tiempos de zozobra es la peor de sus herencias. La maldición del tercer mandato es ahora más maldita que nunca.

En la imagen superior, Alpha Condé, reelegido presidente de Guinea, durante un mitin celebrado en Conakry el pasado 16 de octubre. Fotografía: John Wessels/Getty

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