Desayuno

en |

En el cuenco de la mano izquierda sujeta una cebolla que corta en minúsculos trozos con el enorme cuchillo que maneja con la derecha. Los fragmentos caen en un tazón. Repite la operación con un pimiento rojo. Añade dos huevos, abundante sal y algo de picante. Si el parroquiano pidiese que no le echasen este, mal lo tendría, todos los utensilios de cocina ya están saturados de esa sustancia por mucho que los laven.

Bate y vuelca en la sartén que espera sobre el fuego. Mientras la mezcla se cuaja, corta con unas tijeras un sobre de Nescafé. Lo vierte en una taza. Añade un buen chorro de leche condensada. Se gira hacia los fogones. Da la vuelta a la tortilla, la saca y coloca en una bandeja. Agrega media baguete que extrae de una gran bolsa con la marca de la panadería de la que proviene. Regresa a la taza y añade agua hirviendo desde una gran tetera. Finalmente, acerca la comida y la bebida al cliente que espera sentado en uno de los taburetes que rodean al quiosco por dos de sus lados, todos ellos fijados al suelo con un tablón de madera para evitar la tentación de llevárselos. Es tiempo de desayunar.

Llegan cuatro personas nuevas. Se sientan en la zona de sillas y mesas que se extiende bajo un techado de hojas de palmera. Piden café con leche e hígado. La dueña del negocio saca uno del refrigerador. Corta algunos trozos y los echa en una sartén más grande que la anterior. Añade mucha cebolla y pimiento, bastante picante, algún tomate. Fríe todo, lo emplata y sirve rápidamente. Los visitantes se suceden y todos parecen impacientes por ser atendidos. La mujer no se inmuta ante sus demandas. Marca el ritmo y consigue alimentar a todos sin dejar de sonreír, de hacer algún chiste ante la urgencia de alguno, de marcarse unos pasos de baile, de vez en cuando, cuando gira sobre sí misma en busca de algún ingrediente o para responder a las comandas, al ritmo del coupé-decalé que escupe un altavoz conectado con su móvil. Ella lo controla todo. 

Ahora llega un joven que demanda un par de latas de sardinas y una barra de pan. Ella se vuelve hacia la estantería del fondo en donde se apilan las conservas de pescado o de carne, bolsas de leche, de café, de infusiones, refrescos, botellas de aceite, de vinagre, kétchup, mayonesa, servilletas de papel, insecticidas, detergente… Despacha el pedido, da una vuelta a lo que está en el hornillo, corta un nuevo sobre de Nescafé. Añade más agua a la tetera y la mete a calentar. 

Al otro lado del techado con sillas y mesas hay otro quiosco. En él se venden bebidas alcohólicas. Abrirá más tarde, cuando sea la hora de comer. Entonces los comensales se acercarán a por un plato de arroz o de –attiéké acompañado de pescado asado o carne en salsa e irán al otro chiringuito a por las cervezas que lo acompañen.

Colabora con Mundo Negro