Dignidad y supervivencia

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El 40% de la población en Zambia vive bajo el umbral de la pobreza



Las barriadas que rodean el centro de Lusaka, la capital de Zambia, pueden clasificarse por su nivel de carencias. A solo unos kilómetros del bullicio de los comercios y, sobre todo, de los puestos en las calles, las calzadas de tierra y viviendas sin agua potable se multiplican en los suburbios de George y Lilanda, generando una densidad de población que dificulta aún más la convivencia.


Un viento intenso mueve a toda velocidad la tierra rojiza y obliga a los transeúntes a taparse los ojos para avanzar por los caminos conocidos. La caótica estructura de las calles hace que en algunas esquinas se formen remolinos que todavía complican más la visibilidad. «De vez en cuando aparece este aire que molesta mucho y lo cubre todo de polvo», comenta Chareoes, un electricista que trabaja por cuenta propia desde que la compañía oficial del país dejó de hacer contratos hace unos años.

Comenzamos el paseo temprano, acompañando a los que habitan el lugar cuya rutina también arranca cuando empieza a asomarse el sol. «Hay que aprovechar las horas de luz para consumir la menor electricidad posible. Las labores cotidianas como ir a las fuentes públicas para llenar los bidones porque no hay agua potable en las casas, o la fabricación de la cerveza artesanal y el intercambio de productos comienzan a primera hora, sin tiempo que perder», añade.



Los propietarios de las tiendas con estructura de cemento lanzan agua sobre la tierra para que el polvo no entre en sus establecimientos. El viento llega a rachas y no es fácil evitar que se meta en los ojos. En las barriadas de Lilanda y George casi nadie lleva mascarilla para protegerse de la COVID-19 –solo el 3% de la población de Zambia se ha vacunado–, pero el viento les obliga a cubrirse nariz y boca usando cualquier tela o la aparte superior de la camiseta.

Chareoes, padre de cuatro hijos, explica que las calles están llenas de niños porque la mayoría no puede pagar los 60 kuachas mensuales (unos tres euros y medio) que cuesta la matrícula en las escuelas públicas o de la comunidad. «La gente vive al día, con lo que va logrando rascar, aquí es muy difícil plantearse ahorrar para hacer algo más allá de alimentarse para seguir viviendo». Por eso, el ubuntu, la filosofía tradicional de origen zulú y xhosa enfocada a la lealtad entre las personas que tanto defendió Nelson Mandela, y que podría traducirse como «yo soy porque nosotros somos», es una auténtica necesidad en los townships o suburbios pobres de Lusaka. Entre los diferentes colectivos, los jóvenes, las mujeres mayores, se organizan para aportar una parte de lo que tienen y que, al juntarlo, se convierta en una suma que permita a uno de ellos comprar algo que necesita o saldar alguna deuda. De esta manera, la suma de dinero va rotando porque existe el compromiso de seguir aportando siempre esa pequeña cantidad hasta que te vuelve a tocar el turno.



Las mujeres suelen estar al mando de las rudimentarias máquinas con las que fabrican cerveza artesanal a partir del prensado del maíz. Emplean a jóvenes que pasan horas pendientes de que funcionen correctamente y de ir completando el laborioso proceso para obtener el líquido que luego dejarán fermentar. El alcohol tiene una presencia destacada en las calles de los suburbios, es posible ver tiendas abarrotadas de botellas con carteles de cervezas y licores en la entrada que invitan a consumir; y los precios, mucho más asequibles que productos alimentarios básicos del mercado, han hecho que el alcoholismo sea un grave problema social que, además, tiene una gran incidencia en el aumento de la violencia doméstica contra las mujeres. «Lo usan como un relajante, para olvidar los problemas que tienen para salir adelante, pero lo grave es que se vuelven muy agresivos cuando beben. El acceso al alcohol es fácil y barato, por eso empiezan a beber desde temprano por la mañana», continua Chareoes.



La tierra y los objetos abandonados son los juguetes con los que los más pequeños se entretienen durante el día. Sin que nadie vigile si están bien, dan rienda suelta a la imaginación y se los ve concentrados en lo que les divierte. Se cuidan entre ellos, el que tiene cinco años tendrá la responsabilidad de que los que están por debajo de él en edad crucen las calles con cuidado por las que pasan coches, o de que no se alejen demasiado de la puerta de la casa. La aparente despreocupación de las madres se justifica en las labores cotidianas que tienen que emprender para asegurar, al menos, una comida al día. La mayor parte de las cocinas funcionan con carbón, por lo que los sacos aparecen en cada puesto junto a la fruta y verdura racionada en pequeñas montañas, asequibles a la economía de los hogares del lugar, y a puestos de pescado seco al sol que cocinarán en salsa.



La actividad aumenta mientras avanza la mañana, y se convertirá en atascos cuando las camionetas que transportan a personas de un suburbio a otro empiecen a taponar las calles principales. La paciencia es absoluta, después de un buen rato de espera es posible ver a un conductor increpando a otro para que avance un poco, pero la situación no pasa de un mal gesto.

«Tenemos diferentes niveles de pobreza en los compounds –que es como se llama a los suburbios o townships en Zambia–, que dependen del número de personas que habitan en él y de si pueden pagar servicios comunitarios como la recogida de basura», comenta Chareoes. Por eso, aunque solo les separa una calle asfaltada con tráfico constante, en las barriadas de Lilanda y George se pueden apreciar esos múltiples grados de empobrecimiento. Mientras que la primera las calles están relativamente limpias y no hay agujeros profundos que al llegar la época de lluvias se conviertan en un barrizal, en George, donde apenas hay espacio que separe las casas, la basura se amontona en las esquinas formando parte del lugar, a pesar de que ya han pasado por graves brotes de cólera.



«Vamos haciendo nuestra vida como podemos, la situación es mala porque el precio de las cosas en Zambia es muy elevado, y con lo que ganamos no podemos comprar lo básico, pero seguimos adelante», afirma Chareoes sin perder la esperanza, convencido de que la educación es lo que puede romper el círculo vicioso en el que se encuentran en los suburbios. Las familias que, como la Chareoes, son conscientes de que ahí está el cambio que cada uno puede emprender en sus hogares, se esmeran para que sus hijos vayan a la escuela. Es su respuesta a la que, desde fuera, parece una condena siendo inocentes, con la única culpa de haber nacido en un lugar sin recursos.



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