“Hay un conflicto emocional enorme cuando uno es agente de la paz y, al mismo tiempo, víctima”.

Por: Mundo Negro - 29/02/2016

 

Reproducimos el discurso íntegro de Victor Ochen en la entrega del Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2015, que tuvo lugar el pasado 6 de febrero.

 

Es un placer estar hoy aquí. Me siento muy honrado, es un honor estar aquí. Es algo que nunca hubiera esperado, hablar a esta audiencia tan distinguida.

Cada vez que hablamos de África surgen muchas emociones en nuestros corazones. Películas de África que suelen estar cargadas de tristeza, de emociones, que reflejan la pobreza y el sufrimiento de este continente… Pero  nosotros estamos hoy aquí para transmitir un mensaje de esperanza para este continente, un continente que ha sufrido demasiado… Pero hoy estamos aquí para encender luces de esperanza. Considero esta oportunidad como un privilegio que debo a la organización que he fundado, AYINET, sin la cual, sin la gente que allí trabaja conmigo, hoy no estaría aquí.  También doy las gracias a mis padres, sin los cuales tampoco estaría aquí. Así que comienzo con un mensaje de gratitud.

Nací en 1981, justo 100 años después de la muerte de Daniel Comboni. Nací en un centro de desplazados internos, un campo de refugiados.Allí nací y allí crecí. Debo recordar que Jesús también nació en una situación más o menos similar, nació en un pesebre porque no había un lugar para él en la posada. No nació en un hospital, sino que nació en medio del gentío y, sin embargo, esto no impidió que fuera la persona más maravillosa de la Historia. No me avergüenzo de haber nacido en un campo de desplazados internos, sino que me siento un privilegiado al ver cómo Dios trabaja o se sirve de personas como yo.

Cada vez que hablamos de África es posible que empiecen a correr lágrimas por nuestras mejillas porque esperamos historias tristes, dolorosas… Pero África también ha traído a figuras muy importantes como el mismo Daniel Comboni, cuyo lema era ‘África o muerte’. Comboni fue alguien que escogió África, que trabajó por África, que murió por África y cuya vida secentró totalmente en el continente, fue una persona que amó a la humanidad y amó a África. Por eso estamos aquí, eso nos une, el amor a la humanidad y a África.  También de África recibimos al doctor Martin Luther King, impulsor en Estados Unidos de la lucha por los derechos civiles. África ha producido también a uno de los líderes más significativos de nuestro tiempo, Nelson Mandela, que para mí también ha sido una gran inspiración.

Mi infancia estuvo siempre rodeada de abusos contra los derechos humanos: secuestros, asesinatos de familiares, de niños, propiedades destruidas y, sobre todo, destrucción de familias, que ha sido lo más importante que se ha llevado la guerra. No ha sido el Gobierno, sino las familias, como la mía, que han sido desgarradas por la guerra.  Así que desde pequeño estuve luchando para obtener educación, sanidad, un hogar, comida… Durante 7 años solo hice una comida al día y hasta que tuve 14 años no llevé zapatos.

A pesar  de todos esos sufrimientos, quiero que miremos a África con una sonrisa y que no nos transmita pena sino alegría, que sea un mensaje de luz y esperanza.  Como niño crecí en una zona de conflictos en la que solo tenía dos opciones: o ser secuestrado o tomar las armas luchando por el Ejército de Resistencia del Señor (LRA por sus siglas en inglés) o luchar a favor del Gobierno. En el norte de Uganda 60.000 niños fueron secuestrados por el LRA, y mi hermano fue uno de ellos. Durante mi infancia me tocó dormir en medio del bosque, fui víctima de muchas enfermedades, incluida la malaria, que conseguí superar sin tratamiento, y a la que ya soy inmune. Los mosquitos me toman como si fuera un aperitivo, pero ya no enfermo por ello. En esta zona hubo también dos brotes de Ébola en los que murieron cientos de personas pero yo me libré sin enfermar.

Mis padres tuvieron que luchar a lo largo de toda mi infancia para conseguir comida, agua o leña. Recuerdo a mi madre que salía todas las mañanas a la fuente a por agua o a por comida. Me preguntaba todos los días si volvería viva, porque eran muchas las mujeres que morían a causa de las minas que estaban colocadas en el campo. Mi madre cocinaba y fingía todos los días que ya había comido, pero lo hacía para que nosotros pudiéramos comer esa noche y al día siguiente. Nosotros no teníamos desayuno, ni comida, solo tomábamos algo a las 5 de la tarde, y hasta el día siguiente no volvíamos acomer. Mi padre también luchó mucho. Nosotros no teníamos ningún medio de transporte, ni siquiera una bicicleta, por lo que teníamos que movernos a pie. Recuerdo a mi padre llevándonos a mi hermano Jackson, mi gemelo, y a mí sobre sus hombros hasta que se le quedaban los hombres doloridos, con cardenales.Entonces nos poníamos a andar, hasta que los pies se nos hinchaban. Mis padres tenían que cultivar para poder comprar cosas muy básicas, como la sal, que muchas veces no conseguíamos.

En esta situación, y debido a la situación que se vivía en el país, muchos padres acabaron estrangulando a sus hijos porque no podían alimentarlos. Hubo niños que se rindieron ante esta situación y se entregaron a las fuerzas del LRA o del Ejército del Gobierno, convirtiéndose en niños soldado. Otros padres, ante la desesperación, se suicidaban. En mi familia hemos podido disfrutar de la mejor madre posible y, a pesar de las dificultades, por muy duras que hayan sido, siempre nos decía: ‘Esto no va a durar para siempre’. De ella aprendimos que la solución no era tomar las armas e hicimos el compromiso de jamás aprender a utilizar una pistola o un fusil. Ese fue nuestro compromiso. En lugar de escoger la venganza, que era el camino más fácil, optamos por la paz como un compromiso de vida. A pesar de la guerra, aprendimos de mis padres la disciplina y la paz. Estoy convencido de que la paz viene de la familia. Cuando hablamos sobre cómo construir la paz en una nación, estoy convencido de que es a través de la familia.

 

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro

 

Cuando tenía menos de 13 años comencé a luchar para ir a la escuela. Debido a la falta de medios en mi casa, no podía ir a la escuela ni mis padres podían permitirse comprarme un lapicero, pagarme la matrícula o comprar comida. Entonces no sabía inglés como lo sé ahora. Conseguí ir a Primero de Primaria, pero en Segundo la guerra se intensificó y tuvimos quehuir a otro campo de desplazados internos. Allí estuvimos durante cinco años, en los que no pude ir a la escuela. Cuando acabó esta situación le dije a mi madre que quería volver a estudiar, a lo que me respondió que no había dinero ni para comida, ni para el uniforme, ni para lapiceros. Pero yo insistí en que quería ir, y me dijo que lo intentara. Así empecé a fabricar carbón vegetal quemando árboles, y así conseguí un poquito de dinero para pagar mi matrícula. Cuando pude retomar los estudios, no lo hice en Segundo de Primaria, como hubiera sido lo lógico, sino que quise saltar a Quinto de Primaria, que era el curso que me hubiera correspondido en circunstancias normales. Mi madre me preguntó que por qué no empezaba en Segundo, y pensó que quizás estaba traumatizado por la guerra.

Pero mi madre creía profundamente en mí, por lo que aceptó que fuera a la escuela y me apoyó. En ese momento mi hermano gemelo no quiso ir al colegio, pero al final, como conseguí alcanzar a mis compañeros, se animó y volvió al año siguiente al aula.

A lo largo de esos años la situación fue muy difícil porque se intensificó la guerra, las escuelas fueron quemadas, también los centrossanitarios fueron atacados. El personal sanitario fue secuestrado o asesinado y no había ni medicinas ni ningún centro de salud operativo. Un día surgió unbrote de meningitis que acabó en una semana con 130 personas de la comunidad. El domingo de esa semana, yendo a la iglesia, me sentí con fiebre y empecé a temblar. En el templo identificaron que estaba contagiado de meningitis, por lo que sugirieron a mi madre que me llevaran al centro de aislamiento, que era el lugar al que llevaban a todos los afectados por la enfermedad. Se sabía quequien iba a esos centros nunca volvía. En una semana todos los enfermos que ingresaron allí nunca regresaron. Así que, aunque le recomendaron que me llevaran allí, ella se opuso. Dijo que me llevaría a casa porque quería que muriera en mi casa. Todos los miembros de la familia huyeron por temor al contagio. Mis padres comenzaron a discutir. Mi madre quería dejarme en casa y mi padre que me llevaran al centro de aislamiento.

Esa tarde de domingo fue muy oscura para mí. Mientras mis padres discutían, yo sentía cómo cada vez me iba poniendo peor. A las cuatro de la tarde perdí el conocimiento. Fue en ese momento cuando mi madre me llevó a una cabaña de mi casa y se encerró conmigo en ella. Mi madre le pidió a mi padre que cogiera al resto de mis hermanos y se los llevara. Estuvo conmigoallí encerrada rezando desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana del día siguiente. A media noche mi madre perdió la voz pero no dejó de rezar, suplicando y llorando a Dios. A las 6 de la mañana había mucho silencio y mi padre desde fuera pensó que los dos habíamos muerto. Llamó a la puerta, abrimos y yo salí de la cabaña completamente recuperado. Fui el primer superviviente del brote de meningitis. Estoy convencido de que fue gracias a las oraciones de mi madre. Si ella hubiera parado un solo minuto de rezar por mí esa noche, yo hubiera muerto. Le estoy muy agradecido porque por ella yo estoy aquí.

Fue gracias a esta experiencia de la meningitis por la que me di cuenta de que las oraciones de los padres son muy importantes y son las que dan forma a nuestro futuro y garantizan nuestra seguridad.

A lo largo de esos años la guerra se intensificó y chavales jóvenes, de 10 o 12 años, empezaron tomar las armas, unos en el LRA y otros en el Ejército. Por ejemplo, por la mañana estaba jugando con ellos al fútbol y por la tarde ya no estaban, se habían alistado. La realidad era que como noteníamos ni ropa –yo no tuve ni una camiseta, estaba todo el día con la tripa al aire–, las Fuerzas Armadas nos ofrecían eso, un uniforme militar, y muchos niños de 10 o 12 años solo se alistaban para recibir ropa. Esto fue para mí un punto de inflexión. Me di cuenta de que cada día estaba perdiendo amigos. Por la mañana estaba jugando con ellos y por la tarde ya no estaban. Muy probablemente, a los pocos días, podían estar muertos porque las Fuerzas Armadas les llevaban a luchar contra los rebeldes. En ese tiempo decidí fundar en el campo de desplazados internos el Club de la Paz, cuyo principal objetivo era desanimar a los muchachos que querían alistarse al LRA o al Ejército. Lo que hice fue establecer este club a unos 200 metros de donde reclutaban a los jóvenes. Mientras ellos iban a alistarse yo hablaba con ellos y les intentaba convencer de que no lo hicieran. Muchos vieron esta actitud mía como una traición, sobre todo los ancianos de la zona, que me preguntaban que por qué intentaba hablarles de la paz si no la había conocido. ‘Estás quitándonos a estos jóvenes, que son los que nos protegerán’, me decían. Pero yo les decía que no podíamos combatir esta situación con más violencia, y les explicaba que estos jóvenes soldado, si eran capturados por los rebeldes, sufrirían amputaciones y al día siguiente los enviarían mutilados a sus casas. Así, a través de estas conversaciones, poco a poco, las personas fueron aceptando mi posición. Aunque llegué a ser un objetivo tanto del Ejército como de los rebeldes, que me veían como un enemigo. En ese momento, mi inspiración fue mi madre, que nos decía que no fuéramos un dolor más para la sociedad, sino que debíamos ser constructores de paz.

 

 

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro

 

 

Ahora les quiero hablar del poder de la oración, en concreto del poder de la oración de mi madre. Fue ella quien nos inspiró a construir una iglesia en el campo de desplazados internos, que no había. Y para ello escogió nuestra casa. Nos animó a hacer de nuestra casa una iglesia en un campo de desplazados, de refugiados, donde había unas 50.000 personas en un espacio muy reducido. La construimos con nuestras propias manos. Fue la única iglesia que no fue destruida durante la guerra.

Mi madre murió de malaria cuando yo tenía 14 años. Este fue el momento más deprimente de mi vida. En ese momento mi hermano mayor fue el que tomó la dirección de nuestra familia. Al poco tiempo, se hizo pastor deesta iglesia y rezaba por todo el mundo que venía hasta aquí. Imagínense, en un campo de desplazados de 50.000 personas, por lo que pronto se quedó pequeña, no cabía la gente, venían a cientos, sobre todo los domingos. Este hermano, que se hizo pastor de esta iglesia, fue secuestrado en 2003 por el LRA.

Este secuestro fue otro momento muy duro, muy difícil, para toda la población del campo de refugiados. La gente se preguntaba cómo Diospodía permitir estos 20 años de sufrimiento y que el único siervo de Dios que había en el campamento también hubiera sido secuestrado. ‘¿Está Dios realmente aquí?’. ‘¿Está Dios aquí, que ha permitido la guerra?’, se preguntaba la gente. Y esto se intensificaba porque esta guerra del LRA se llevaba a cabo en nombre de Dios. La gente se hacía esta pregunta: ‘¿Por qué permite Dios todo esto?’. Pero gracias a él la iglesia permaneció en pie y fue el único edificio que no fue quemado.

Hasta ahora he hablado de mi historia, y ahora les voy a contar cómo comencé AYINET. Fue hace diez años, cuando tenía 24 años. El objetivo era hacer de los jóvenes agentes o constructores de la paz. El objetivo era llegar a esos jóvenes, a esos niños que habían sido secuestrados. Les llamábamos a través de la radio para que volvieran a sus hogares y pudieranincorporarse al programa de rehabilitación que habíamos comenzado. Primero comenzamos dando apoyo a los mutilados, con cirugía de reconstrucción de sus orejas, labios o nariz. También dando apoyo a las víctimas de abusos sexuales. Hoy estamos hablando de unas 200 víctimas que están recibiendo apoyo, aunque desde que comenzamos este trabajo hemos ayudado en la reconstrucción física a unas 6.000 víctimas que han sido mutiladas.

Estas víctimas que han recibido nuestra ayuda se han convertido en el perfil exitoso de nuestra organización, además de transmitir este deseo de trabajar por la paz entre jóvenes de Uganda, de Sudán del Sur y de Burundi que se han visto identificados con mi situación, con mi infancia o con mi historia personal. Siempre me presento y me dirijo a ellos no como alguien que ha estudiado, no como un investigador, no como un académico, sino como uno de ellos.

Pero no todo son éxitos. Hemos tenido que pasar también muchas dificultades y desafíos, sobre todo lo que significa enfrentarse a los efectos de la guerra. Trabajo con unas 30 personas en nuestra organización y todos los días nos enfrentamos a la situación de tener que escuchar historias espeluznantes y muy dolorosas. Tenemos que solucionar problemas, que curar heridas terribles causadas por la guerra. Tenemos que luchar para que aquellas familias que han perdido a sus hijos no se rindan y sigan buscándolos. En mi caso, he sido expulsado muchas veces de los autobuses, del transporte público, porque tenía que llevar en ellos a víctimas que por su olor no podían ir en los autobuses. Esto se debe a que no tenemos dinero para adquirir nuestra propia ambulancia.

Pero el mayor desafío es ser víctima y al mismo tiempo activista de la paz. Quizás es ser fácil ser activista por la paz sin habersido víctima. Pero hay un conflicto emocional enorme cuando uno es agente de la paz y, al mismo tiempo, víctima. Recuerdo un día en el que fui a hablar a un grupo de muchachos que habían sido secuestrados y me contaban sus historias: de cómo les habían cogido, cómo les habían atado, cómo les habían llevado a laselva y les habían obligado a secuestrar a otros niños. Y uno de ellos empezó a hablar de mi región, de mi zona, y comenzó a hablar de cómo un día habían ido a mi pueblo y habían atado a una persona mayor a la que dejaron allí y se habían llevado a otra persona más joven. Me di cuenta de que estaba hablando de mihermano, el que había sido secuestrado. En ese momento fue muy difícil darme cuenta de que tenía delante al que había sido forzado a secuestrar a mi hermano. No pude continuar, perdí el control, suspendí la reunión, me fui acasa y no pude hablar con nadie, con mi padre, con mis hermanos… No sabía si tenía que decírselo o no. Al final decidí que no tenía que decírselo, pero me quedé dos días pensando qué hacer con ese chico que era el secuestrador de mi hermano que todavía no ha vuelto. ¿Debía vengarme? Por supuesto que la respuesta fue no. Se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era pedirle que trabajara conmigo. Sin decirle que sabía que era el secuestrador de mi hermano le ofrecí trabajar conmigo en AYINET y ser consejero de otros jóvenes que habían pasado por la misma situación. Eso fue lo que me salvó, traerlo para que fuera compañero mío, para que trabajara conmigo. Nunca se lo he dicho ni a él ni a mi familia, no lo saben. Ha sido muy muy difícil pero, al mismo tiempo, ha sido una experiencia de sanación, liberadora.

Ha sido un viaje muy largo y lleno de dificultades que, a veces, hace que hable de estos temas con lágrimas en los ojos y con temblor en las manos. Pero no todo son problemas y dificultades. Es nuestra identidad la que nos hace fuertes, además de saber que no estamos solos. Para mí haber nacido en esta situación no me hace más pequeño, sino que considero que hay una razón detrás de todo esto, detrás de mi historia, que me hace ver que no estoy solo y que este reconocimiento ha llegado en el momento oportuno, en un momento en el que los temas globales en cuanto a la religión están candentes. La religión no es lo que se presenta en algunos contextos como promotora de guerra, violencia u opresión, sino que la religión es un camino de ternura, de unidad, de apoyo, como nos enseñó Daniel Comboni.

También este reconocimiento viene en un momento en el que es muy evidente la crisis de refugiados. Yo he vivido esto y puedo hablar por las víctimas, por los refugiados. También hablo por estos niños soldado que sonvíctimas de la radicalización, porque no encontraban otro camino. Así que, un reconocimiento como este, y reconocimientos como este, son los que producen el cambio y son fuente de inspiración. Este reconocimiento, como también ser consejero global de Naciones Unidas para el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 16, para la promoción de la justicia y de la paz, o ser consejero universal para refugiados, de género, desplazados por la guerra y la protección… También se me ha concedido otro reconocimiento, el del Joven Trabajador 2015 por la Commonwealth… Por eso, para mí, el reconocimiento que hoy recibo aquí me anima a transmitir que la religión es un camino hacia la paz.

Gracias a Mundo Negro, a su equipo, a los Misioneros Combonianos en España. Este reconocimiento inspira a millones de jóvenes especialmente en África, jóvenes que eligen el camino de la paz. Pero no solamente a jóvenes, inspira a todos los africanos que luchan con su identidad, que se preguntan si son queridos por ser africanos. El hecho de estar aquí en Madrid me inspira y me llena de alegría. Estoy convencido de que Daniel Comboni, con otros testigos que nos han precedido, están celebrándolo en el cielo.

 

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo / Mundo Negro