Distopía sin agua en Ciudad del Cabo

Sequía Ciudad del Cabo

Esta imagen desoladora de un embalse situado en el norte de Ciudad del Cabo fue tomada el 7 de marzo de 2018 tras tres años de prolongadas sequías. Getty.

06/04/2018
El «Día Cero» está previsto para el 9 de julio

Por Fernando Díaz Alpuente

No ha sido el apocalipsis zombi ni una guerra nuclear. Aquello que parecía que podía acabar con una ciudad de más de cuatro millones de habitantes ha sido una sequía prolongada de más de tres años, combinada con años de crecimiento de la población y una crisis política de la que el sector de la gestión del agua ha intentado aislarse.

En 2014, las seis presas que abastecen de agua a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, registraban sus niveles máximos. Sin embargo, a comienzos de febrero de este año, se anunciaba una limitación del agua del grifo a todos los habitantes que rebajaba el anterior límite, de 87 a solo 50 litros al día. Paralelamente, se anunciaba que las reservas de agua, si no ocurría un fenómeno extraño, llegarían al nivel crítico del 13 por ciento hacia el 12 de abril, el llamado «Día Cero». A partir de entonces, se cortaría el suministro a todos los hogares y negocios de la ciudad y se limitaría el consumo a 20 litros por persona, que serían repartidos en 200 puntos distribuidos por toda la ciudad.

A los pocos días de conocerse cómo se aplicarían las restricciones, el «Día Cero» fue retrasado. Las lluvias no habían vuelto a la ciudad –de hecho se las espera a partir de junio o julio–, pero ante la crisis, un colectivo de agricultores, poseedor de un sistema de presas privado, donó 10 millones de litros de agua a la ciudad. El nuevo «Día Cero» queda fijado para el 9 de julio de 2018, cuando la temporada de lluvias ya esté avanzada y esperando que los embalses se llenen lo suficiente para aguantar el siguiente verano austral.

El Ayuntamiento, por lo tanto, baraja tres escenarios. Uno, en el que el «Día Cero» se precipite, y donde deba cortar el agua de grifo a la ciudad y habilitar los citados 200 puntos de distribución. Un segundo, donde las lluvias sean similares a las de 2017, lo que retrasaría de nuevo la fecha límite, esta vez hasta noviembre. Y un último escenario, con lluvias que aumenten el nivel de las presas hasta el 33 por ciento, con lo que se llegaría hasta 2019. Un escenario incierto, donde la respuesta sobre cómo se ha pasado de registrar niveles máximos a anunciar la inminente llegada del «Día Cero» es compleja.

Una gestión del agua ejemplar, una sequía histórica

Desde la instauración de la nueva constitución, Sudáfrica ha sido siempre presentada al mundo como ejemplo de las buenas prácticas sobre el agua. Su legislación está pensada para garantizar a las personas en peor situación, una mínima cantidad de agua de manera gratuita. De manera que Sudáfrica ha sido una de las primeras naciones en considerar el agua como un Derecho Humano, cosa que la misma ONU no hizo hasta 2010. Pero es que, más allá del sistema de garantía de derechos, la misma gestión del agua en Ciudad del Cabo ha sido premiada por su innovación y su buen hacer en estos últimos años. El sistema de gestión de agua en la ciudad sudafricana es bastante avanzado: a las mencionadas seis presas que abastecen a la población, se le añaden plantas de tratamiento de aguas residuales, un sistema extensivo de distribución y una serie de políticas encaminadas al ahorro del agua, como importantes campañas ciudadanas, un ajuste de la presión del agua de grifo o un innovador sistema de detección de fugas.

Nada de esto ha servido frente a una sequía extrema provocada por el fenómeno de El Niño. Una sequía que, en sus inicios, se asumía como poco probable que fuera tan violenta, con una probabilidad de 1 entre 1.000. Pero que, mes tras mes, temporada de lluvias tras temporada de lluvias, se ha ido recrudeciendo, y las medidas para conseguir más agua por parte de las instituciones ya no llegarán a tiempo de evitar el «Día Cero», quedando a expensas de la meteorología. Entre estas medidas se encuentran dos que son abiertamente criticadas por la comunidad de expertos en gestión hídrica. Actualmente, el Ayuntamiento de Ciudad del Cabo ha puesto en marcha la construcción de desali-nizadoras, las cuales no solo no evitarán el «Día Cero», sino que además encarecerán el precio del agua, haciendo que en momentos de abastecimiento normalizado, sean infraestructuras inservibles. Por otra parte, el Ayuntamiento ha puesto en marcha una política de búsqueda de nuevos acuíferos, buscando un agua que no existe para poder seguir caminando hacia el precipicio, se rebase o no el «Día Cero».

La crisis del agua afecta a todas las capas sociales. En la imagen, vecino del barrio residencial de Newlands Spring hacen cola para llenar garrafas con el preciado líquido elemento. Foto: Getty.

Un problema político

Y es que el problema del agua en Ciudad del Cabo ha sido y es político, no técnico. Es necesaria la voluntad de abordar la gestión de los recursos reconociendo que el cambio climático es una realidad, cuyos impactos ya provocaron sequías similares en Australia, São Paulo o California. Y que ninguna ciudad del mundo queda exenta de estos episodios, debiendo controlar su crecimiento y desarrollo, encauzándolo de manera sostenible. Ciudad del Cabo, por ejemplo, ha pasado a tener un 80 por ciento más de población en solo 20 años, al tiempo que la capacidad de las presas solo aumentaba un 15 por ciento.

Pero frente a la realidad, el ámbito político ha impuesto su torpeza. Ciudad del Cabo está gobernada por la principal fuerza opositora en el país, la Alianza Democrática (AD), la cual, además, gobierna la región. Frente a la crisis, la alcaldesa de la ciudad, Patricia De Lille, ha quedado desautorizada por el líder de AD, Mmusi Maimane, que se ha autonombrado persona responsable ante la crisis a pesar de que solo es diputado nacional. Los límites de la democracia y de las instituciones quedan completamente traspasados, al confundirse administración y partido político.

A este coctel, se ha sumado la ex alcaldesa y actual presidenta regional de AD, Helen Zille, quien ha hecho un relato del «Día Cero» lleno de visiones apocalípticas llamando a la militarización de los recursos para evitar la anarquía. Un relato que, como señalan diversos analistas, solo refleja la visión de la élite de la ciudad, temerosa de perder sus privilegios y sus reservas particulares frente a la capacidad de un fenómeno como el del cambio climático que nos equipara a todos y a todas.