Dos oídos y una lengua

Por: Begoña Iñarra - 30/03/2017

 

Por Begoña Iñarra, Misionera de Nuestra Señora de África

 

Muchos proverbios e historias africanas mencionan que Dios nos dio dos oídos, pero solo una lengua para animarnos a escuchar el doble de lo que hablamos. ¡Palabra y escucha van unidas!

En África la palabra es tan importante que cada pueblo tiene su casa o árbol de la palabra, lugares de encuentro y donde se resuelven los problemas. La palabra transmite los mitos, la cultura, la tradición y los valores que los ancianos pasan a las generaciones más jóvenes. Esta escucha total del niño, se degenera con la edad…, e incluso nos lleva a la crisis de escucha del mundo occidental.

Hay muchas semejanzas entre la Palabra en las tradiciones africana y la cristiana. Es un término creador. Dios dijo “Que exista la luz”. Y la luz existió. Para los cristianos, Cristo –Palabra encarnada– continúa la creación y nos hace cocreadores. En ambas tradiciones la Palabra crea, sana, cura, revela, unifica, educa y es sabiduría. En África, la Palabra es como una semilla que entra en la mujer o en la tierra y la fecunda para dar fruto. Isaías habla en este sentido de la Palabra de Dios. “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca”.

La palabra es un arte social que facilita o dificulta la comunicación y crea problemas cuando no se utiliza con responsabilidad. En África nada se considera importante mientras no se diga. Así toda la comunidad participa en la toma de decisión por consenso, donde se buscan la paz y la armonía del grupo, se resuelven los conflictos latentes y se reparan las relaciones rotas antes de que estalle la crisis. Se negocian soluciones en un proceso donde cada uno abandona algo para que todos ganen con la decisión.

Hablar es una necesidad del ser humano, pero si la palabra no encuentra unas entrañas que la escuchen, la acojan y le den vida, la palabra se vuelve estéril y no da fruto, ni hace brotar algo nuevo. La palabra es un bien común que hay que intercambiar y saber recibir. Para que alcance al otro hay que dejar emerger de nuestros labios lo que sentimos y transmitir lo que experimentamos. La Biblia nos incita a escuchar: “Prestad oído y oíd mi voz”, “Escucha Israel, pueblo mío” y el pueblo responde “Habla señor, tu servidor escucha.”

Hablar es abrir una puerta, una ventana para que el otro entre. Escuchar es construir un puente para que el que habla y el que escucha puedan ir a territorios desconocidos. Escuchar es arriesgarse, ponerse a descubierto ante el otro, entrar en su mundo, en su vida, mientras estoy en contacto con mi ser auténtico. Escuchar es permitir al otro decir su palabra y respetarle en su ser. Es percibir con el oído y el espíritu para comprender lo que vive. La escucha supone esfuerzo y amor.

Hoy Internet y las nuevas tecnologías representan el mito de una sociedad donde todo se comunica y todos se comunican en armonía. El éxito del smartphone y el número creciente de horas de conexión revelan la necesidad del ser humano de estar en contacto con el otro. Los jóvenes están continuamente en contacto en las redes sociales con círculos de amigos. Son comunicaciones rápidas, sin matices, donde se mezcla lo importante y lo banal, hasta llegar a decir lo más difícil y esencial –te quiero mucho– en tres letras (TQM). Esta ilusión de una sociedad donde se da la comunicación perfecta es sólo un espejismo… Estar conectado es diferente de hablar y ser escuchado, dos necesidades que implican ser reconocido por lo que somos y no solo por lo que hacemos.

La rapidez y brevedad de la comunicación nos imposibilitan entrar en la profundidad de la persona y nos impiden ver la complejidad de toda situación y detectar el surgir de la esperanza y de una felicidad frágil, ya que eso exige tiempo y escucha. Necesitamos casas de la palabra para reaprender a pronunciar y a escuchar los sueños, temores, alegrías, penas, deseos y derrotas de nuestro ser auténtico. Por no decir y no escuchar ¡nos perdemos tantas cosas!