Dúo Lua Preta: «La electrónica africana es un bálsamo contra el racismo»

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Lua Preta, dúo formado por la vocalista Ms. Gia y el disyóquey Mentalcut, pasó por Madrid con sus revolucionarios sonidos y sintetizadores para construir puentes de ida y vuelta entre Polonia y Angola.

Con su correspondiente taza de chocolate. Es una masa esponjosa por la que muchos madrileños y turistas matarían tras haber pasado toda la noche de fiesta. Así se lo explico. Reflexionan en polaco mientras les insisto, con un punto de atrevimiento, en que no les defraudará. «Venga, decidido. Ración de churros para ellos», le espeto a una camarera que no sale de su asombro y continúa escaneando a esta curiosa pareja musical que hizo gastar las suelas a más de uno en la Noche de Reyes madrileña que preparó el colectivo Motu Kiatu. Una curiosidad galopante por parte de la trabajadora tras conocer que hacían música electrónica africana que hizo que la pregunta no tardara en aparecer: «¿En África hay música electrónica?».

El dúo Lua Preta, formado por la vocalista Ms. Gia y el experimentado disyóquey y productor ­Mentalcut, llegó a la capital el primer fin de semana de enero para hacer constar que sí, que una coctelera musical con kuduro angoleño, afrohouse, kwaito y gqom sudafricano, así como con afrobeat nigeriano te garantiza el éxito en las pistas de baile. Su sonido fresco llegó por primera vez hace poco más de un año y se convirtió en todo un éxito tras el lanzamiento de «Quero Mais» junto a Morena Leraba, un artista de Lesoto que fusiona las letras tradicionales de la música ­popular con el sonido electrónico. «Nos conocimos hace cuatro años. Fue un experimento que me interesó como concepto, pero no para tratar de grabar ningún álbum… Así que esto surgió de forma muy espontánea», indica esta joven de 32 años que combina su incipiente trabajo de artista con el de economista para una gran cadena de ropa. Aunque se permiten algunas exquisiteces. Como con el desayuno castizo. Aseguran que no tocan nada que tenga más de cinco años de antigüedad. La modernidad es ya el pasado. «Conocemos todas las tendencias musicales, pero no las empleamos en directo, solo nos inspiran».

¿Tiene algo que ver el estilo que interpretan con el nombre de la formación? «Por supuesto –explica Mentalcut, que responde al nombre verdadero de Jacob–. Lua Preta (luna negra en portugués) es un fenómeno que no ocurre a menudo en la naturaleza. Es algo muy raro. Como la propia historia de Luzía –la componente femenina del ­grupo– en Polonia. Era la única chica negra en su barrio, en una sociedad blanca». Luzía disfruta de los churros y eleva la mirada asintiendo. «Imagino que fue toda una terapia de choque», sugiero. «Fue interesante como niña. Tenías muchos amigos porque todo el mundo te conocía en el barrio. Pero, sin lugar a dudas, había mucha gente que nunca había visto a un negro en vivo y en directo. Y de estos primeros episodios no hace tanto».

 

Ms. Gia y Mentalcut, en su paso por Madrid. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera

 

Las raíces de la población africana en Polonia se remontan a la migración educativa bajo el régimen comunista, cuando el país respaldó firmemente los movimientos ­anticoloniales en África como parte de la estrategia soviética en la región. «Aunque Polonia hasta 1989 fue un país desde el cual una parte significativa de la población quería emigrar, y muchos encontraron formas de hacerlo, a pesar de las fronteras semicerradas, algunos estudiantes africanos lo eligieron como su destino migratorio», subraya Jacob.

De hecho, las estadísticas oficiales para este período confirman que el número de graduados africanos en Polonia aumentó constantemente. De poco más de 200 en la década de 1960 a casi 400 en 1970, llegando a más de 700 durante la década siguiente. Si bien la mayoría de los estudiantes regresaron a África después de graduarse, muchos encontraron su segundo hogar en Polonia, adquirieron empleos, e incluso se establecieron con sus familias.

Una historia que Luzía conoce bien. «Mi madre era caboverdiana y se marchó a estudiar a Luanda, donde conocería a mi padre. Pero eran los tiempos de la guerra civil en Angola». «Los tiempos de la confuçao, como diría el periodista –también polaco– Kapuscinski», le señalo. «Eso es. Nadie sabía muy bien cómo acabaría la historia. Lo que es cierto es que mis padres consiguieron ser becados para ir a Polonia por ser los mejores estudiantes del año. Mi madre estudiaría Microbiología y mi padre Derecho. Fíjate el desconocimiento que había también sobre esta parte de Europa que mi madre aterrizó en pleno diciembre vestida con ropa de verano y calzada con chanclas».

Esta polaca –o polaquinha como dice que la conocen– tiene asumido que la identidad es algo que se construye cada día y que la música puede ayudar a ello. «Migré con mis padres a Luanda con cinco años y prácticamente desarrollé esta parte híbrida que soy en tierras africanas». Sin embargo, este idilio de ida y vuelta entre África y Europa no es del todo recíproco. La diáspora africana en los países de la Unión Europea se tiene que enfrentar a discursos cada vez más xenófobos. ¿Puede la música servir como catalizador de estas narrativas que incentivan el odio? «Sin duda. Es cierto que la música electrónica se presupone sin ideología, sin embargo, creo que hay una intencionalidad en cada selección que hacemos. Además nuestra puesta en escena, por aquello de un blanco y una negra, ya ayuda a trabajar ciertos prejucios. Hemos llegado a actuar en lugares del este de Polonia donde ¡solo hace un año! era la primera vez que veían a un negro encima de un escenario. La música electrónica que llega desde África es un bálsamo contra el racismo», sentencia Jacob.

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