«El antirracismo es una carrera de fondo»

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Esther Mamadou, abogada y activista

«Nací en Francia, en la frontera con Suiza. Crecí en Kinshasa, República Democrática de Congo (RDC). Mi padre era de República Centroafricana y mi madre es gallega, de La Coruña. Ahora vivo en Valencia. Soy defensora de los derechos humanos y experta en migraciones forzadas».





Creciste en RDC…

Mi madre emigró de Galicia a Suiza, y mi padre emigró allí desde Bangui, capital de República Centroafricana. Él era diplomático de Naciones Unidas y trabajaba para la Organización Internacional del Trabajo. Mi madre vivía en una zona que quedó muy deprimida después de la guerra civil. Se fue a trabajar a Suiza como empleada doméstica, estudió y acabó como enfermera. Allí se conocieron. Después destinaron a mi padre a Kinshasa y nos fuimos todos. Estuve en RDC hasta los 14 años. Y luego nos vinimos a Valencia.

¿Cómo valoras haber crecido en Kinshasa? 

Me siento feliz. Hay muchas cosas que, si no, no entendería. Creo que es un privilegio tener esa mezcla de culturas y poder acceder a ambas. 

Si hablamos de identidad, ¿cómo te sientes?

Me siento una mujer africana con una herencia cultural más diversa. Cuando vivía en Kinshasa sufría mucho la discriminación por tener la piel clara. En el colegio a veces me llamaban «blanca de mierda». Mi padre tenía un mapa enorme de África en el salón y yo tenía que saber localizar cada país. Me preguntaba: «¿Dónde está Etiopía?», y cuando yo se lo indicaba me decía que allí la gente tenía mi color. «Cuando te preguntes de dónde eres, recuerda que eres una mujer africana, tengas el tono de piel que tengas». Eso se me quedó grabado y me ha ayudado a superar el rechazo, también cuando llegué aquí y me llamaban «negra de mierda». La gente te quiere encasillar, pero si no te dejas y te autodefines, encuentras el equilibrio. Ahora sé quien soy, una mujer africana con una herencia cultural gallega que me encanta y una herencia cultural bantú que también me encanta.


 

Esther Mamadou el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


¿Qué te llevó a especializarte en derechos humanos?

Cuando estudié Derecho, me gustaba lo que tenía que ver con los derechos humanos y la movilidad. Después empecé a trabajar en CEAR –Comisión Española de Ayuda al Refugiado–. Siempre recordaré la primera acogida que hice. Preparamos un recibimiento para 80 personas que viajaban en patera, pero la mayoría habían fallecido. Entrevisté a tres chicos, entre ellos uno de 18 años que estaba muy contento por haber llegado. Me habló de los 14 días en la patera, la gente muriendo, cómo tiraban sus cuerpos al mar… Una película de terror que me dejó deshecha. Este chico había vivido un drama, pero me impactó la actitud tan positiva que tenía. Era como yo, un hermano africano. ¿Por qué yo viajaba con pasaporte europeo o diplomático y él tenía que hacerlo en patera? Era inaceptable. Nunca normalizaré que haya personas que tengan que viajar así cuando otras viajamos de modo seguro, sin que te agredan, abusen de ti sexualmente, te secuestren o te vendan. También trabajé en cooperación en Marruecos y en Inglaterra, donde daba talleres en los centros de detención de los aeropuertos de Heathrow y -Gatwick, las cárceles para inmigrantes de Londres. Allí les explicaba el procedimiento de asilo. Más tarde trabajé con población refugiada afrocolombiana en Ecuador. Volví a Valencia, encontré trabajo en Movimiento por la Paz y empecé a trabajar sobre antirracismo creando una organización con otras dos personas, comencé a entender el racismo estructural, la herencia de la colonización, el impacto de la esclavitud durante 400 años en África y la conexión con los movimientos migratorios y el sistema en el que el racismo estructural persiste.

También formas parte de Equinox. ¿Qué es?

Equinox Initiative for Racial Justice es un pequeño grupo de activistas de toda Europa, personas étnica y racialmente diversas, cuyo objetivo es influir en las políticas europeas en materia de justicia racial. Publicamos artículos, organizamos eventos y hacemos incidencia política a través de recomendaciones y con la revisión de normativas. La Comisión Europea ha nombrado por primera vez a una mujer negra –-Michaela Moua–como coordinadora de su sección de antirracismo  y vamos a trabajar con ella para contarle lo que ocurre en cada país y lo que necesitamos desde la sociedad civil. Tratamos de introducir en las políticas de la UE una visión antirracista con una perspectiva de género que incluya también al colectivo LGTBI, que está invisibilizado. 

¿Qué impacto puede tener vuestro trabajo?

Soy bastante escéptica en general. A veces me deprimo y pienso que no estamos avanzando, pero hablo con otros activistas y les pasa lo mismo. Mi amigo Max Rameau, autor de Take back the land y experto en violencia policial, me decía: «Tienes que pensar en sembrar y en que no vas a estar ahí para recoger los frutos. Ve sembrando, cuidándote a nivel físico y emocional, y enseña a otras personas para que, cuando estés cansada, sean ellas las que sigan sembrando la semilla del cambio». Es así. No voy a acabar con el racismo hoy, pero contribuyo a que la lucha antirracista siga avanzando. Por eso me gusta dar formación, para que otras personas con más energía tomen el relevo. De lo que hago, lo que sí tiene un impacto directo es el trabajo en extranjería, consiguiendo que una persona tenga papeles y pueda acceder a un trabajo o al sistema de salud. Su vida cambia y eso tiene impacto también en otras vidas, porque si trabaja podrá dar educación a sus hijos y tendrán una vida mejor. Pero la incidencia de la lucha contra el racismo es algo más abstracto y no ves los resultados a corto plazo.

Hablabas de la importancia de cuidarte física y emocionalmente, de cuidar la salud mental.

El racismo nos afecta a todas las personas étnica y racialmente diversas, también a las del colectivo -arabo-musulmán, a la población gitana, asiática, latina… Es una violencia psicológica constante. Está demostrado que hay un trauma generacional en los descendientes de personas que fueron esclavizadas, y a eso se suman la discriminación y las agresiones constantes a todos los niveles que acabamos interiorizando. Intentamos adaptarnos al sistema, encajar, perdiendo a veces la perspectiva sobre quiénes somos y lo maravilloso que es tener una herencia africana. La educación a la que tenemos acceso es eurocentrista, perdemos un poco nuestra identidad y, aun intentando adaptarnos, somos discriminados. Es algo que nos ocurre desde que somos pequeños. Intentas normalizarlo, pero es un trauma que hace que te sientas inferior y que llega a hacer que pienses en quitar la foto de tu currículo porque, como eres negra, no vas a pasar el primer filtro en una prueba de selección para un trabajo. Si además eres activista, te frustras por no ver resultados tangibles. 

Y no es solo lo que te ocurre a ti directamente…

Así es. Te afecta lo que le pasa al colectivo. Después del asesinato de George Floyd llegó un momento en el que no podía ver más vídeos de personas siendo pegadas o disparadas por la policía. Son personas que se parecen a mi padre, a mi hermano, a mis primos, a mis sobrinos… Ver tantos vídeos así hace que al final lo normalicemos. Lo normalizo yo, pero también lo hacen las personas blancas. Vivimos en un mundo donde hay una impunidad generalizada con la violencia policial, y el mensaje que queda es que los cuerpos negros pueden ser golpeados y maltratados sin que pase nada. Aparte, quienes trabajamos con población migrante vulnerable recibimos mucha energía negativa de dolor y de pena… Y hay que canalizarla de alguna manera. 


Esther Mamadou el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


¿Cómo lo haces?

Hago meditación todas las mañanas para canalizar la energía e intentar que lo que pasa a mi alrededor no afecte a mi sistema emocional. El objetivo es no reaccionar con rabia, frustración o pena; controlar las emociones y no bajar de un cierto nivel de bienestar, relativizar y entender que lo que sucede no está en mi mano. La espiritualidad es lo que me funciona para mantener este bienestar emocional. La lucha contra el racismo es una carrera de fondo y no voy a ver el final, aunque tenga tres vidas. Lo que hago es para las personas que vendrán después, para que vivan en un sistema mejor que en el que yo he estado. 

¿Cuál debería ser el rol de la persona no racializada?

Para mí lo más importante es -autoeducarse y no esperar a que las personas negras expliquemos siempre qué es el racismo y cómo nos sentimos. El problema de muchas personas blancas es que cuando les hablas de racismo se lo toman de manera personal, sin entender que es algo estructural. No es una actitud personal dirigida contra otra persona, eso es solo una manifestación. El racismo es un sistema que se creó en base a que un grupo era superior a otro y podía raptar a personas en sus casas y venderlas como objeto. Durante siglos se justificó de manera ideológica y científica este sistema de creación de riqueza, un negocio basado en lo antinegro y la afrofobia. Un sistema de supremacía blanca en el que esclavizar a personas era legal y no pasaba nada, y que cambió la historia de África para siempre, la de América Latina, la de EE. UU. y la de Europa. Todos los palacios que se han construido, toda esta riqueza generacional, las grandes universidades, los grandes bancos… vienen de esta dinámica de dominación que cambió el mundo. Europa tuvo durante 400 años a gente trabajando gratis. Tras la abolición de la esclavitud, los propietarios fueron indemnizados y la colonización siguió alimentando esta situación de poder. Me gustaría que las personas blancas que quieren ser aliadas hicieran el trabajo de intentar entender que eso es el racismo. La ideología de la supremacía blanca es difícil de deshacer. Hay que crear otro sistema basado en la dignidad y la igualdad de todas las personas.   

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