El arte político de Kentridge

El artista sudafricano William Kentridge, uno de los artistas contemporáneos más respetados del mundo y Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017. Foto: Getty.

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 22/02/2018
El Reina Sofía acoge una exposición del sudafricano William Kentridge, uno de los artistas contemporáneos más respetados del mundo. En 2017 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Artes.

Artículo publicado en la revista de papel de febrero.

En la oscuridad de una de las salas del madrileño Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía se cuestiona desde hace algunos meses la vida y sus excesos en blanco y negro. Todo es sigiloso hasta que el ruido de un megáfono distorsiona una combinación de imágenes animadas que hablan de exilio, de capitalismo, de incongruencias en las ideologías políticas de la Guerra Fría, del abuso en las esferas de poder, de esclavitud mental, de sometimiento; pero, sobre todo, de -Sudáfrica. El dato: a lo largo de todo el espacio hay lugares para sentarse; quizás una invitación para detener el tiempo y hacer una digestión lo más ligera posible. Un viaje donde se interroga a algunos de los rincones más oscuros de la historia y la psique humana.

La exposición «Basta y sobra», de William Kentridge (Johannesburgo, 1955), abierta hasta el 19 de marzo, explora parte de la producción del artista sudafricano a partir del teatro –incluidas marionetas–, de la ópera, y también de sus grabados, dibujos, animaciones y esculturas. El eje vertebral comprende una selección de seis de sus piezas (Woyzeck on the Highveld, 1992; Faustus in Africa, 1995; Ubu and the Truth Commission, 1997; The Return of Ulysses, 1998; The Nose, 2010; Lulu, 2015; y Wozzeck, 2017) permitiendo un recorrido transversal que evidencia las constantes vitales de su trayectoria: mostrar las distintas identidades de aquellos que se encuentran más desprotegidos.

Una oportunidad para conocer al artista, de 62 años, que ha expuesto en importantes pinacotecas como el Louvre o el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero esta es justamente su grandeza: no hace falta estar iniciado en los faustos del arte contemporáneo para sentirse interpelado. Con Kentridge basta y sobra. Así. Sin intermediarios ni ausencias estridentes que ayuden al visitante. Es tanta la capacidad que tiene para no dejar a nadie inmutable que, cuando se supo en quién recaía el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017, a alguien de la audiencia se le escapó un «¡Ya era hora!». El jurado así lo subrayó: «Kentridge ha expresado en su obra emociones y metáforas relacionadas con la historia y la realidad de su país que trascienden, sin embargo, estas últimas, y plantean cuestiones esenciales de la condición humana, combinando temas en los que predomina la investigación puramente poética y estética con los de contenido sociopolítico. Es la mayor contribución de África al arte contemporáneo con proyección mundial». Y después vinieron los merecidos aplausos.

Activismo temprano

La obra de Kentridge es multidisciplinar. En la imagen, un fotograma de una proyección audiovisual incluida en su exposición «Not it is», que se pudo ver en Berlín en agosto de 2016.

Nacer blanco en un país de negros tiene otra lectura que, a menudo, se pasa por alto. Los privilegios que ello conllevaba –y quizás siga ocurriendo– han sido el detonante para que muchos artistas quieran reparar ese pecado original desde la literatura (J. M. Coetzee o Nadine Gordimer, ambos premios Nobel), pero también desde otras disciplinas, como Kentridge. El sudafricano fue consciente muy pronto del mundo injusto en el que había nacido y que el Partido Nacional, desde su victoria en las elecciones de 1948, se había encargado de fosilizar a través de un apartheid cruel y deshumanizador.

En su casa creció entre tertulias en las que se enfatizaba la lucha por la igualdad de los negros o por los derechos humanos. Era el pan de cada día. De hecho, su padre, Sydney Kentridge, defendió a Nelson Mandela entre 1956-1961 en el juicio en el que fue acusado de traición, y representó a la familia de Steve Biko, fundador del Movimiento de Conciencia -Negra, que murió torturado bajo custodia policial en 1977.

«Mi enfoque es el de construir. El arte tiene que comprender el mundo como algo complejo»

El contexto familiar ha marcado la identidad de uno de los artistas africanos más importantes del siglo XXI. A la edad de seis años entró en el estudio de su padre y abrió una caja amarilla pensando encontrar bombones. Evidente. Pero no encontró chocolate, sino fotografías en blanco y negro de las personas que habían sido asesinadas en Sharpeville en 1960. Era algo muy poderoso y traumático para un niño de su edad. Tanto, que 39 años más tarde realizando Felix in the exile (1994) se dio cuenta de que estaba pintando muchos dibujos de cadáveres… Y lo que estaba haciendo sin saberlo era reproducir el choque y la indignación que le provocó la sinrazón del apartheid.

Cuando en la rueda de prensa con motivo del Premio Princesa de Asturias de las Artes fue preguntado por si el arte debía ser un instrumento político respondió: «Para algunos artistas sí que puede ser un instrumento político, pero tiene que ver más con su temperamento y capacidad para producir panfletos y crear eslóganes. En mi caso necesito abordarlo de otro modo. Mi enfoque es el de construir. El arte tiene que comprender el mundo como algo complejo», explicó el pasado octubre en Oviedo.

Kentridge en corto

Después de estudiar política e historia africana en la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo), el sudafricano se trasladó a París un año para cursar estudios de teatro y mimo con Jacques Lecoq. En la Ciudad de la Luz coqueteó también con la industria del cine incorporando a sus obras todas las técnicas que iba adquiriendo. A su regreso a Sudáfrica, en 1982, continuó su trabajo con las artes escénicas, aunque serán las artes plásticas las que en los 90 le posicionarán en el plano internacional.

El reconocimiento comienza con su participación en la primera Bienal de Johannesburgo (1995). Desde entonces se ha convertido en un artista multidisciplinar que imagina una utopía donde el tiempo fluye en ambas direcciones: se puede entrar y salir. Tal vez el arte sea ese lugar donde se puede hacer que las personas desaparezcan sin que nadie se lastime.

Hace unos años veía la luz en su ciudad natal, Johannesbugo, el Centro para la Idea Menos Buena, un espacio pensado para darle forma a esas ideas secundarias que surgen una vez que se comienza a trabajar en un proyecto. ¿Pero cómo? Combinando las fortalezas de diferentes artistas y sus diversas especialidades. El arte colaborativo en estado puro con sede en Sudáfrica y con dos exposiciones al año.