El centro de Malí, fuera de control

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La zona central de Malí vive un conflicto silenciado que ha provocado centenares de víctimas y miles de desplazados en los últimos meses. Médicos sin Fronteras (MSF) denuncia que, además del clima de violencia, la población sufre a causa del abandono del Estado y de la falta de atención educativa y sanitaria.


La salida del poder de Ibrahim Boubakar Keita, IBK, a mediados de agosto de 2020 y los primeros meses del Gobierno del Comité Nacional para la Salvación del Pueblo, presidido por Assimi Goita, no han devuelto la estabilidad a Malí. En pleno proceso de transición política, la zona central del país está fuera del control del Estado. La violencia cruzada entre grupos yihadistas, el histórico enfrentamiento entre pastores y agricultores por el control del agua y los pastos para el ganado, más la presencia no siempre beneficiosa de las Fuerzas Armadas malienses y las diferentes misiones internacionales de paz están condicionando la vida diaria de los malienses. En octubre de 2020, había 131.150 desplazados internos solo en Mopti, región donde viven 1,6 millones de personas.


Principales escenarios de conflicto en la zona central de Malí y proyectos de MSF en la zona. Imagen MSF. Imagen superior Mohamed Dayfour.

A través de videoconferencia desde Bamako, el coordinador general de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el país, el español Juan Carlos Cano, reconoce a MUNDO NEGRO que el cambio en el Ejecutivo «francamente no se nota. Hablando con compañeros y compañeras, y con miembros de otras organizaciones que trabajan en otros campos, no se ve ningún cambio a nivel práctico en beneficio de la población».

Según MSF, en estos momentos, la región central de Malí es la más mortífera para la población civil. En los últimos tres años, la violencia se ha intensificado, lo que ha provocado el aumento de víctimas mortales y de desplazados. Tan solo entre junio y octubre, la ONG han contabilizado 82 ataques a aldeas, 68 incidentes de otro tipo y 21 desplazamientos masivos de población, con un total de 222 civiles muertos. Dos de los últimos enfrentamientos tuvieron lugar en Bounty y Kikara, donde varias personas resultaron gravemente heridas.

Cano recuerda que «es una zona donde hay muchos actores armados de todo tipo, lo que afecta al día a día de las personas tanto por los ataques directos que reciben como por los efectos secundarios provocados por la violencia: la dificultad para moverse, en salud o educación se ha retirado todo el personal que trabajaba allí, no hay acceso a los campos de cultivo y no pueden llevar sus rebaños a las zonas donde hay agua. Esto afecta de manera sistemática a la población desde hace demasiado tiempo”. Pequeñas comunidades como Mondoro, Diankabou o Boulkessi se encuentran aisladas sin acceso a servicios básicos, especialmente la atención médica.


Una mujer y su hijo, desplazados por el conflicto en el centro de Malí, son atendidos por personal de MSF en el entorno de Bandiagara. Fotografía MSF/Mohamed Dayfour.

La presencia de infinidad de actores armados está dificultando la mejora de las condiciones de vida de la sociedad civil. Incluso la presencia del Ejército maliense o de diferentes misiones internacionales en la zona no está ayudando a solucionar el conflicto. En este sentido, Juan Carlos Cano señala que «parece que la solución que se propone no está funcionando bien. Habría que explorar otras, porque la afectación sobre la población civil es extrema. Hace poco recibimos una alerta por posibles casos de sarampión que si se mezcla con otros problemas de salud, o con la malnutrición, puede tener una alta mortalidad. Fuimos a un sitio donde hacía cinco años que no iba ningún actor sanitario. Llevan cinco años sin una sola consulta, pero también sin una sola vacuna. Esto es una carga explosiva que puede detonar en toda la región, porque hay muchas zonas completamente aisladas sin ningún acceso a la salud, a la educación y a otros servicios».

En el campo sanitario, los principales problemas que sufre la población son el sarampión, la desnutrición y malaria. «La buena noticia que viene cada año tras el final de la época de lluvias, que terminaron hace un par de meses, es que la malaria disminuye –explica Cano–. Pero aumentan los problemas relacionados con las vías respiratorias. Esos son los grandes problemas, a los que habría que añadir los vinculados a la violencia y los problemas psicológicos que padecen muchos malienses de la zona, porque hay poblaciones que llevan años viviendo una situación que no tiene atisbos de que pueda mejorar. Podéis imaginar qué tipo de traumas y problemas pueden tener».


La mujer de la izquierda, desplazada a causa del conflicto, conversa con las mujeres de la familia que la han acogido. Fotografía Mohamed Dayfour.

En este contexto, la pandemia de la COVID-19 no deja de ser un tema menor. «Claro que hay covid aquí. Aunque seguro que está muy subdiagnosticado, porque se hacen pocos test, la afectación no es la misma que en Europa, y no se sabe muy bien por qué. Está habiendo un repunte. Aquí consideramos un repunte con 200 casos al día, nada que ver con lo que ocurre allí, pero estamos siguiendo de cerca la pandemia, aunque en esta zona de África que la afectación en casos de mortalidad y contagio es mucho menor. Y eso es una gran noticia, porque aquí en Bamako puede haber 40 respiradores nada más. Si hubiese una crisis como en Europa, no habría forma de reaccionar».




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