El desarrollo humano en África

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La educación, como capital social y humano, constituye un potencial factor de desarrollo económico y social de los pueblos. Una población educada, formada y con buena salud puede propiciar su propio desarrollo. Por eso tanto los ODM como los ODS insisten en la educación y la salud de las personas.



De todas las crisis poscoloniales que ha conocido África, las de la educación y la salud son las más graves y preocupantes. África no ha podido concebir y planificar un sistema educativo eficaz y adaptado a sus especificidades. El sistema sanitario es globalmente deficitario, con la persistencia de pandemias como la malaria, el sida, y de crisis como la del Ébola. África es el continente con menos infraestructuras de desarrollo humano del planeta. 

Los sistemas educativos africanos no han podido adaptarse a los cambios políticos, económicos y culturales sucedidos en el propio continente y en el mundo durante las seis últimas décadas. Esta situación se explica, además de las torpes políticas nacionales de desarrollo de las décadas anteriores, por los problemas presupuestarios a los que se enfrentan los países africanos, por el ajuste privatizador y neoliberal al que las economías continentales han sido sometidas, con recortes drásticos en educación y sanidad.

En pocas palabras, existen rupturas entre la educación y las demás instituciones sociales en África: ruptura con las necesidades de la mayoría de la población, ruptura con el entorno familiar y el mercado del empleo o la situación económica local. Así mismo, hay un desequilibrio entre los centros urbanos y las zonas rurales, y de género –los chicos van más a la escuela que las chicas–. Es preciso  mencionar también la fuga y/o expulsión de competencias.

El balance global que hoy se puede hacer, mirando al lado soleado, es que el número de niños escolarizados casi se ha duplicado, pasando del 30,8 % en 1960 al 51 % actual. El porcentaje de los adultos alfabetizados, que era del 15,7 % en 1960, ha alcanzado hoy el 42 %. El gasto público en  educación ha aumentado considerablemente, pues ha pasado del 1,3 % del PIB en 1960 hasta alcanzar el 6,1 % en este momento. La diferencia entre chicos y chicas, aunque significativa, se ha visto considerablemente reducida desde 1960. 

En lo que se refiere a la salud, la ausencia de un sistema de prevención y de seguridad social predispone a la muerte a las capas de población más vulnerables o desfavorecidas como los niños, las mujeres y los ancianos. Dicho de otra manera, los sistemas africanos de salud no están orientados hacia la prevención y los cuidados primarios. De este modo, es difícil luchar contra el sida o el Ébola, mediante la prevención educativa, que es el primer instrumento eficaz para impedir la extensión de estas enfermedades.

Viendo también los aspectos positivos, es preciso subrayar que la esperanza de vida ha pasado de 38 años en 1960 a más de 60 en la actualidad. El 48 % de la población tiene acceso a los servicios sanitarios, un 13 % más que en 1960. Un porcentaje muy elevado dispone de agua potable. Sin embargo, los hospitales no suelen disponer del material básico. En definitiva, en las infraestructuras sanitarias existen tres tipos de desequilibrios: entre la oferta y la demanda, entre los recursos disponibles y los cuidados de salud primaria, y entre las ciudades y las zonas rurales.

Tanto en la educación como en la sanidad se deben combinar o enriquecer los valores endógenos y las tecnologías locales con las nuevas adquisiciones científicas o las nuevas tecnologías, y permitir el acceso de la mayoría a estos servicios, que es preciso relacionar con los demás aspectos de desarrollo, siendo el objetivo final el bienestar de las personas.

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