El gigante de futuro incierto

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 11/02/2019
Elecciones en Nigeria
El país más poblado del continente acude a unos comicios bajo la sombra de una guerra devastadora contra los militantes islamistas en el noreste, los enfrentamientos entre agricultores y pastores que se han cobrado miles de vidas, y una economía moribunda. La carrera presidencial está demostrando ser una dura batalla entre el presidente, Muhamadu Buhari, y el principal candidato opositor, Atiku Abubakar.

Con siete cigarrillos de Marlboro por delante, Goke, un reconvertido taxista y padre de tres hijos, observa con paciencia cómo los atascos en Lagos consumen el día a día de los habitantes de una de las urbes con peor tráfico del mundo, mientras se enciende uno de ellos con la ventanilla bajada. El sector servicios, al fin y al cabo, como diría el periodista Manuel Leguineche, es esa fuente privilegiada que cada día toma el pulso al país. «La mayoría de la gente de Nigeria lo que quiere es vivir bien y sin preocupaciones. El gran problema es que hay demasiados ladrones que llegan con impunidad al poder y hacen creer a la población que nosotros tenemos la culpa».

–¿Y a quién vas a votar para que esto cambie?

–No lo haré este año. Será un voto de castigo.

Un viaje por las periferias de Lagos puede desvelar la argamasa, o al menos dar pistas, del tejido social de todo el país, ya que unos 20 millones de personas tratan de sobrevivir en esta ciudad que promete el oro –y el petróleo– para todos aquellos que pretenden mejorar su estatus. Las personas se meten en cualquier recoveco concebible para crear y soñar. Los espacios debajo de las pasarelas instaladas en la red de carreteras se utilizan como lavados de coches, estaciones de autobuses o mezquitas improvisadas. Se observa alguna granja de cerdos junto a la autopista y hombres que se afeitan y cortan el pelo en la hierba de una concurrida rotonda. La cantina de comida rápida The Sun (El Sol) luce espléndida en el borde de un vasto basurero cerca del Teatro Nacional.

Los vendedores ambulantes ofrecen una mezcla excéntrica de artículos, convencidos de que even­tualmente encontrarán un comprador que se interese por una raqueta de bádminton, un cargador de móvil o un juego de cuchillos de última generación fabricados en China. Incluso se aprecia a un hombre que vagabundea entre el tráfico en hora punta llevando dos grandes pinturas al óleo sobre su cabeza. Es difícil imaginar que alguien los pueda comprar espontáneamente y los introduzca dentro de su vehículo. Pero él no tiene dudas y mientras va confiadamente de un automóvil a otro, parece impulsado por algo mayor que la desesperación financiera, el desempleo o la violencia; como si realmente creyera en su producto. La creencia, especialmente la creencia en uno mismo, parece ser un ingrediente vital para ayudar a las personas a pasar la vida en Lagos. Quizás también para el país más poblado del continente, con más de 186 millones de personas, según las últimas estimaciones.

 

Barrio de Makoko, que se encuentra a escasos 5 minutos del centro de Lagos, la capital económica del país, un lugar en el que aproximadamente un millón de personas trata de sobrevivir. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera

Los principales temas en la campaña

Con el poder del Estado visto como la ruta más corta hacia la riqueza, desde la independencia en 1960, las elecciones en Nigeria han sido históricamente muy disputadas. Más de 800 personas murieron en 2011 después de la derrota de ­Muhamadu Buhari ante el entonces presidente Goodluck Jonathan. El conflicto generalizado se evitó en 2015 cuando Jonathan concedió la victoria a ­Buhari antes de que se completara el recuento final. Pero las muertes ya superaban las 100 personas. De hecho, y como afirma Luis Eguíluz, jefe de misión de Médicos sin Fronteras (MSF) España en Abuya: «Es probablemente el país con más armas de asalto de todo el continente africano». Hace esta reflexión con cautela desde la terraza de su despacho en la capital.

Esa es una de las razones por la que los últimos comicios hicieron que Buhari, ahora con 76 años, se convirtiera en el primer candidato en la historia de la nación en derrocar en las urnas a un presidente en funciones de una forma relati­vamente pacífica. «Fue un momento decisivo porque ha conseguido una revolución en toda regla», manifiesta Hasan, un empresario norteño que calza un todoterreno negro de última generación.

Pero el exmilitar no ha cumplido con sus promesas de rejuvenecer y diversificar una economía muy dependiente del petróleo (sexto mayor productor de la OPEP) o reprimir la corrupción desenfrenada durante sus cuatro años en el cargo. Ahora se postula para un segundo mandato en unas elecciones que tendrán lugar el sábado 16 de febrero y en las que se enfrentará a docenas de rivales.

Las quejas más grandes del electorado se podrían resumir en la falta de empleo y oportunidades económicas, la caída de los estándares de vida y la alta inflación. De hecho, la tasa de desempleo –según el Gobierno nigeriano– alcanzó el 23 % en el tercer trimestre de 2018, su nivel más alto desde, al menos, 2010, y el ­Banco Mundial estima que casi la mitad de la población vive con menos de dos dólares al día.

La corrupción es otra preocupación importante, como lo es la inseguridad caracterizada por el conflicto con los yihadistas en el noreste. Desde el inicio del conflicto de Boko Haram en 2008, y según datos recientes de la ONU, más de 20.000 personas han sido asesinadas, más de 4.000 mujeres y niñas secuestradas, y más de 2 millones de personas han sido desplazadas por la fuerza. En particular en el estado de Borno, las hostilidades y las estrategias militares en curso han provocado severas restricciones a la libertad de movimiento, que han devastado los medios de vida y han hecho a los civiles extremadamente vulnerables.

Pero también estas elecciones tienen otros puntos calientes como la violencia perenne en la región del delta del Níger, rica en petróleo, y el aumento de las tensiones entre pastores y agricultores. Amnistía Internacional, en su último informe, subrayó que 3.641 personas habían muerto en Nigeria entre 2016 y 2018 a causa de los enfrentamientos por los derechos de las tierras, una afirmación que el propio Gobierno trató de desmentir rápidamente.

Y un factor que cada vez cobra más protagonismo en la geopolítica internacional: «La mayor amenaza para los comicios de 2019 es el uso inadecuado de las redes sociales y, en especial, de plataformas como WhatsApp, Twitter o Facebook que propagan noticias falsas», alertaba Alhaji Lai Mohammed, ministro de Información y Cultura del país.

 

Una chica en Kano frente a un mural con propaganda electoral del partido opositor. Fotografía: Sebastián Ruiz Cabrera

 

Atiku, el hueso duro

El candidato opositor que tiene más opciones es Atiku Abubakar, de 72 años, un hombre de negocios adinerado y vicepresidente durante el mandato de Olusegun Obasanjo, desde 1999 hasta 2007, y que se ha comprometido a reactivar la economía liberalizando, entre otros, el sector de las telecomunicaciones y vender activos estatales. También es cierto que su riqueza viene acompañada de graves denuncias de fraude.

Atiku es uno de los políticos más ricos del país aunque también carga con imputaciones por delitos económicos. Una investigación del Senado en 2006 lo encontró culpable de malversar dinero del Fondo de Desarrollo de Capacitación Petrolera (PTDF). También se le ha vinculado sistemáticamente con el congresista estadounidense William Jefferson, quien fue condenado a 13 años de cárcel en Estados Unidos por sobornar a funcionarios nigerianos en 2007.

«Hay una realidad de fondo: Atiku se presenta como un hombre con éxito empresarial y mucha gente lo ve como un recambio natural en el sillón presidencial. Pero ¡la gente no tiene memoria! Hace unos años fue expulsado del Gobierno por corrupto y, ¿ahora qué? ¿Pretende vender su saber hacer para una nueva ­Nigeria?», reflexiona indignado Samuel, un salesiano que vive en la comunidad de Lagos.

 

Una vista panorámica de Lagos. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera

 

La afiliación étnico-religiosa como factor de conflicto social

Por Enrique Bayo
Más del 92% de los nigerianos son cristianos o musulmanes. Los porcentajes varían según las fuentes, pero prácticamente cada una de las dos grandes religiones cuenta con un número similar de fieles. Este reparto tiene un claro reflejo étnico-geográfico: los hausas y los fulanis del norte son mayoritariamente musulmanes, mientras que los igbos del este y los ijaw del sur son preferentemente cristianos. Los yorubas del oeste se dividen entre las dos religiones.

La mayoría de los musulmanes nigerianos son sunitas. Mientras, un cuarto de los cristianos nigerianos son católicos y el resto anglicanos, pentecostales, baptistas, metodistas, presbiterianos o adeptos de otras Iglesias independientes. La Constitución federal nigeriana garantiza la libertad de religión y prohíbe los partidos políticos con carácter y connotación religiosos. Si bien desde el año 2000 una docena de estados del norte cuentan con tribunales de la sharía que aplican la ley islámica, estos no tienen autoridad para juzgar a los no musulmanes sin su consentimiento y la justicia está garantizada para todos por el Tribunal Supremo y los tribunales federales de los 36 estados del país.

Con todo, la afiliación étnico-religiosa es causa de denuncias de discriminación y es considerada, con razón, un importante factor de la violencia que sufre actualmente el país. Según el periódico nigeriano Vanguard, al menos 6.562 personas murieron en Nigeria durante 2018 como consecuencia, en gran medida, del terrorismo yihadista de Boko Haram y de los continuos enfrentamientos sangrientos entre pastores fulanis y agricultores, en su mayoría cristianos. Sin duda la pérdida de pastos como resultado del cambio climático y de sequías recurrentes está obligando a los fulanis a avanzar con sus vacas hacia el centro y sur del país, pero no faltan voces, como la del cardenal John Onaiyekan, arzobispo católico de Abuya, que interpreta este conflicto como un medio para la conquista territorial y la imposición del islam.

 

Las iglesias pentecostales en Nigeria experimentan un gran desarrollo. Arriba, el templo de Winners (ganadores) que, con capacidad para 50.000 personas, está catalogado como el más grande del mundo. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera