El hambre es criminal

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Editorial del número de febrero


En el número 189 de la encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco escribe: «El hambre es criminal». No es una fatalidad, ni un error de cálculo o algo imposible de erradicar, es un crimen. Aunque la alimentación es un derecho inalienable de toda persona, «es sin duda el más constantemente y más ampliamente violado en nuestro planeta», según el sociólogo suizo Jean Ziegler, que añade: «Tiene un cierto parentesco con el crimen organizado». De nuevo la palabra «crimen».


En un mundo donde millones de personas siguen muriendo de hambre, consentimos que la especulación financiera condicione los precios de los alimentos como si fueran una «mercancía no esencial». Tampoco somos capaces de evitar que cada año se tiren a la basura 1.300 millones de toneladas de alimentos, un tercio de todos los producidos. «Esto constituye un verdadero escándalo», por eso el Papa insiste en que «la política mundial no puede dejar de colocar entre sus objetivos principales e imperiosos el de acabar eficazmente con el hambre». Disponemos de los medios y de la «vacuna», pero carecemos de organizaciones mundiales con autoridad para asegurar a cada persona su derecho a comer. Las empresas transnacionales parecen más fuertes que los Estados, y sus intereses económico-financieros prevalecen sobre los derechos humanos. Entre las consecuencias de este sistema se encuentran la perpetuación de las hambrunas, la pobreza y la desnutrición crónica de millones de hermanos y hermanas nuestros. Los misioneros conocemos muchas de esas realidades de primera mano.

Desde 1960, un grupo de mujeres españolas se propuso hacer del hambre una historia del pasado. Así nació la ONG católica Manos Unidas. Todavía no lo han conseguido, pero siguen intentándolo, y cada mes de febrero lanzan una nueva campaña para que sigamos apoyando este noble objetivo. El lema de este año, «Contagia solidaridad para acabar con el hambre», juega con el verbo «contagiar» que el coronavirus ha puesto tan de moda. Las palabras (pp. 42-47) de la presidenta nacional de Manos Unidas, Clara Pardo, son un llamamiento a nuestra solidaridad.

En este número también ofrecemos una infografía (p. 10) con los datos recogidos por el Colectivo Caminando Fronteras sobre las rutas migratorias del Atlántico y el Mediterráneo que llegan hasta España: en 2020 han fallecido en ellas 2.170 personas. Sabemos del riesgo de anestesia que generan las cifras, sobre todo si hablan de muertos. El baile obsceno con el que los medios de comunicación nos bombardean sobre los fallecidos por el coronavirus estos últimos meses está consiguiendo hacernos indiferentes, por eso es importante que veamos detrás de los números a las personas concretas que estos representan, con sus sueños, sus familias y sus deseos de una vida mejor. En los datos que les presentamos, la cifra es 2.170. Son demasiadas personas, y aunque fuera solo una seguiría siendo demasiado. De alguna manera debemos reaccionar. No normalicemos esas vidas ahogadas en nuestras fronteras.

Para no ser acusados de idealistas, queremos acabar con una propuesta que el papa Francisco formula en el número 262 de Fratelli tutti y que solucionaría las grandes cuestiones planteadas en este texto: «Con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares, constituyamos un fondo mundial para acabar de una vez con el hambre y para el desarrollo de los países más pobres, de tal modo que sus habitantes no acudan a soluciones violentas o engañosas ni necesiten abandonar sus países para buscar una vida más digna». A más de uno la propuesta le seguirá pareciendo idealista, pero ¿no será solo una excusa para no actuar?



Imagen superior: UNICEF ETHIOPIA (Creative Commons)



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