El poder tradicional está en el norte

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Kano, algo más que una ciudad
La coexistencia de las comunidades musulmana y cristiana marca el devenir de la ciudad de Kano, una de las más importantes del norte musulmán nigeriano.

Unas 100 modelos esperaban en el hotel a que el jefe de protocolo les explicara qué pasaba. El certamen de Miss Mundo se trasladaba de Abuya a Londres. Las revueltas de noviembre de 2002 provocaron un centenar de muertes después de que los jóvenes islámicos protestaran de forma violenta contra la imagen de libertinaje que trasladaba el concurso, pero también, por la intervención del Ejército. Nigeria pretendía atraer la atención internacional y alterar el imaginario de desolación que sufría, pero no superó la prueba.

Abuya es la ciudad que simboliza la puerta de entrada al norte islámico del país, donde los hombres dominan la esfera pública y las mujeres operan con menos ruido detrás de las cortinas de la vida. Un norte mirado siempre con lupa. La ciudad también perdió su apuesta por ser sede de los Juegos de la Commonwealth en 2014 debido a la intolerancia del Gobierno hacia la homosexualidad. «Un voto por Abuya significa un voto por toda África», apeló el Nobel de la Paz Desmond Tutu, antes de que comenzara la votación. Pero Glasgow se llevó el gato al agua.

Danlami Sami, guía del museo de Kano. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera
Kano, el fortín del norte

Cuando los británicos invadieron Kano en 1903, se apoderaron de Gidan Makama, el hogar de un miembro de la aristocracia hausa (gidan significa «casa» y makama, «heredero aparente» para el emir). Los colonos utilizaron este edificio como sede administrativa. Una construcción que conserva en su interior frescos y torrecillas redondeadas que sobresalen de las sólidas paredes inclinadas recubiertas de barro. Hoy en día, Gidan Makama es el museo principal de la ciudad.

«El peso del islam desde Abuya hasta el norte es abrumador, y quien quiera gobernar esta nación tiene que seducir a las poblaciones cuya confesión es la musulmana», explica Danlami Sami, guía turístico del museo de Kano, que trata de salvaguardar la histórica muralla como patrimonio mundial de la humanidad. Esta urbe, la segunda más poblada de Nigeria, estaba rodeada a mediados del siglo XIV por una fortificación que cubría un área de 24 kilómetros y donde vivían unas 50.000 personas. Todas las entradas y salidas a la ciudad se hacían por alguna de las 13 puertas gigantes vigiladas por guardias, de las que algunas han sido restauradas por la cooperación alemana.

De hecho, y gracias a las explicaciones de Sami, se pueden observar fotos en blanco y negro de la vieja ciudad cuando todavía estaba amurallada. La colección de artefactos del museo demuestra la sofisticación y las conexiones tempranas de Kano con el mundo exterior: escudos de batalla a prueba de flechas hechos de piel de elefante; pistolas de madera fabricadas por los ciudadanos en el siglo XVI; o máscaras de animales con cuernos, utilizadas como señuelos para los cazadores. Más allá del patio, en un segundo conjunto de habitaciones, se exhibe la ropa del emir, que incluye unos pantalones en los que la entrepierna medía 2,5 metros de ancho. El guía, no puede evitar reirse. «No es lo que piensas… El emir usaba el exceso de tela como cojín para evitar el dolor de testículos durante los largos viajes a caballo».

En otra estancia se muestran dos sacos de rafia llenos de cacahuetes e impresos con el logotipo de Barclays Bank. Hasta hace poco, este fruto se utilizaba como moneda en Kano, y cada bolsa representaba el equivalente a unos 110 ¤. «Mi madre no pudo adaptarse al uso de billetes y monedas», explica Sami. «Cuando le decía que algo le costaba 1.000 nairas, me preguntaba: “¿Cuántas bolsas es eso?”. El maní era nuestro cultivo comercial en esos días. En el sur tenías aceite de palma y cacao, pero ahora todo es petróleo. De hecho, creo que el Gobierno no está interesado en el turismo aquí debido al oro negro».

Dos jóvenes montan a caballo en la ciudad de Kano. Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera
El factor colonial

La división norte-sur en Nigeria tiene un marcado componente colonial. Hasta 1960, el país fue gobernado por los británicos, quienes introdujeron su educación en el sur, zona que también desarrollaron económicamente, explotando sus puertos y petróleo. En el norte –donde preservaron el sistema precolonial del emirato– la región se dividió en varios miniestados, cada uno centrado alrededor de un gobernante o emir supremo; una estructura que facilitó a los británicos ejercer una forma de gobierno indirecto sin tener que gastar dinero en contratar administradores coloniales. Es decir, interfirieron poco en el sistema político, en su ley –la sharía–, o en su educación islámica tradicional. El norte del país evolucionó según parámetros no occidentales.

Los tres principales partidos parlamentarios tras la independencia reflejaron la composición étnica dominante del país: musulmanes hausas en el norte, igbos en el sudeste y yorubas en el sudoeste. Esta fotografía de corte histórico persiste hoy.

Sumados a esta variable se encuentran los problemas del tamaño y la heterogeneidad social del país. Los centenares de grupos étnicos de Nigeria fueron empujados por los británicos a un matrimonio de conveniencia para formar un país unificado en el que cabían desde estados musulmanes feudales centralizados, reinos igbos descentralizados de estilo confederado, o pastores nómadas. De repente, todos ellos se convirtieron en conciudadanos de una entidad política representada por un escudo de armas extranjero. Y, voilà!, de aquellos polvos, vienen estos lodos.

La política de la tradición

Frente a la casa del exdictador Sani Abacha, en Kano, dos hombres recostados fuman y observan de arriba abajo a una mujer que vende anacardos en botellas recicladas de licor local antes de abrir el portón. Abacha dirigió con mano de hierro al país entre 1993 y 1998, y estuvo involucrado en dos golpes de Estado no sangrientos, en uno de los cuales –1985– contribuyó a deponer al actual presidente Muhamadu Buhari. En la vivienda, repleta de excentricidades, porcelana china, mármoles italianos y maderas asiáticas, espera su hijo, Mohammed Abacha, quien se postuló como gobernador para la ciudad de Kano el pasado mes de febrero.

«Las cosas son muy diferentes hoy en esta ciudad, donde el terror de los extremistas ha cambiado la fisonomía no solo del norte del país, sino de las estructuras mentales. Y el desempleo es la peor de las monedas para combatir el terror», dice Abacha. Rodeado de cuernos de marfil de metro y medio de altura y un refinado olor a jazmín que emana desde las zonas ajardinadas, remata tras sorber un té a la menta: «La historia reciente demuestra que quien saque más votos en el norte puede hacer que el país sea estable o no».

La lucha de poder entre el islam y el cristianismo en Kano requiere una enorme destreza; algo así como un combate de lucha libre sobre una cuerda floja. Antes de las elecciones de 2007, después de muchas disputas internas, los partidos políticos que se postulaban para el cargo incluían a musulmanes y cristianos en sus papeletas. Ahora ya no. Revelar el tamaño real de las poblaciones cristianas y musulmanas se considera un riesgo demasiado grande. Mantener la Pangea nigeriana etnoreligiosa requiere maniobras hábiles, algo que la política nigeriana, a pesar de todos sus males, ha sabido manejar, manteniendo a raya estas fallas históricas y culturales con una tremenda habilidad.

*Este repartaje fue publicado en el Cuaderno Mundo Negro Nº3 sobre Nigeria.

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