«El pueblo marroquí vive en una relación constante con Dios»

en |

Cardenal Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat (Marruecos)

Texto y fotos Enrique Bayo desde Rabat (Marruecos)

Andaluz de nacimiento (Vélez-Rubio, Almería, 1952), el cardenal Cristóbal López vivió su infancia y juventud en Cataluña, donde conoció a los Salesianos y se hizo uno de ellos. A los 32 años fue enviado a Paraguay, país en el que vivió 18 años y del que obtuvo la nacionalidad. El resto de su vida misionera se reparte entre Bolivia, Marruecos y España. En diciembre de 2017 fue nombrado arzobispo de Rabat, y menos de dos años después, en octubre de 2019, el papa Francisco le creó cardenal.

Usted ha vivido en lugares muy diferentes

De joven encontré un póster que decía «Mi casa es el mundo y mi familia la humanidad», que luego me ha inspirado y acompañado a lo largo de mi vida. Por eso nunca digo que cambio de casa sino de habitación, y allí donde voy encuentro un ambiente fraterno. Sin embargo, esto exige vivir en situación de éxodo, como el pueblo de Israel, y salir de uno mismo para entrar en otro mundo, en otra cultura, en otro contexto. El primer éxodo lo hice en Barcelona trabajando con gitanos. Aunque eran ciudadanos españoles que vivían a 100 metros de mi casa, me ayudaron a descubrir que lo mío no es siempre lo mejor ni lo único, que hay otras maneras de pensar y de actuar. Abrirse a otros siempre enriquece, y darte no disminuye nada de lo tuyo sino que lo purifica y fortalece.

Esta habitación marroquí es diferente a las demás.

Ciertamente. Venir en 2003 a Marruecos fue para mí como volver a nacer. No conocía a nadie y me encontré con otra fe, otra lengua y otra cultura. Fue un volver a empezar, como si a una araña le arrancas de un manotazo la tela que ha tejido durante años. Tardé más de dos años en tejer mi propia tela y sentirme parte del ambiente y del paisaje. Es una experiencia que les deseo a todos porque no hay nada más empobrecedor que quedarse encerrado en la patria chica, a la que también hay que amar mucho. Aunque no viajemos físicamente, no podemos quedarnos encerrados en lo nuestro, hay que abrirse, hay que conocer a otras personas. Ahí está la fuente de la fraternidad universal, a partir de la cual descubres que el otro es tu otro yo, que es como tú, que es tu hermano.

¿Qué valores ha descubierto en el pueblo marroquí y en la religión islámica?

Así, de pronto, se me ocurren dos: la hospitalidad y el sentido de la transcendencia y de la fe. Este pueblo vive en una relación constante con Dios que interroga mi propia fe, pero no para dudar de ella sino para ­estimularla y vivirla más profundamente. Algo parecido le sucedió a Charles de Foucauld, que era agnóstico y anticlerical. Cuando vio la fe de los marroquíes y su manera de relacionarse con Dios se convirtió, y no lo hizo al islam, sino que recuperó su fe cristiana adormecida.



La directora del coro durante la misa que el cardenal López Romero presidió en la catedral de Rabat el pasado 7 de marzo. Fotografía: Enrique Bayo


¿Cómo presentaría a la Iglesia de Marruecos?

Mi esposa, la archidiócesis de Rabat, es joven y hermosa. Estoy realmente feliz de esta Iglesia minúscula pero significativa por el mensaje que transmitimos y la experiencia que vivimos. Aquí no estamos para engordar la Iglesia: nuestra preocupación no es que haya más cristianos, no venimos a aumentar la clientela, sino que estamos intentando construir el reino de Dios, buscando la paz, la justicia, la libertad, la vida y, sobre todo, el amor. Esto lo hacemos con los musulmanes, no contra los musulmanes, porque hemos descubierto que no son nuestros enemigos ni nuestros adversarios, son nuestros hermanos. Trabajamos conjuntamente en educación, en cultura, en derechos humanos, en salud, en promoción de la mujer, en abolición del trabajo infantil y en las mil causas que tiene la humanidad para construir el mundo que Dios quiere. Otra dimensión es el diálogo interreligioso, que es diálogo de vida, de amistad, de convivencia, de buena vecindad: un diálogo de todos los días y que concierne a todo cristiano.

La visita a Marruecos del papa Francisco en marzo de 2019, ¿ha tenido influencia en la Iglesia?

Muchísima, y seguirá influenciándola porque es una bomba con la espoleta retardada que, aunque ya los experimentamos, tendrá efectos en cinco, diez o 15 años. El papa Francisco nos ha aportado un consuelo muy grande; es como si hubiera venido a decirnos: «Ánimo, adelante, estáis en la línea correcta, profundizad en lo que estáis viviendo, que lo vean y escuchen otras Iglesias más autorreferenciales, que trabajan para ellas y en ellas». El mensaje que podemos comunicar a la Iglesia que está en España o en Europa es: «No os preocupéis del número, no es un problema ser pocos; el problema sería ser sal que ha perdido su sabor y luz que no ilumina a nadie». La visita del Papa ha puesto a la Iglesia de Marruecos en el candelero y ahora se me ofrecen sacerdotes que quieren venir a trabajar con nosotros y no tengo que mendigarlos en otras Iglesias. También se ha abierto el interés por los cristianos en la sociedad marroquí, empezando por el rey Mohamed VI, que puso todo de su parte para que la visita del Papa fuera un éxito.

Usted es el primer cardenal de la historia de Marruecos.

Esto no tiene nada que ver conmigo. No es a Cristóbal López a quien el Papa ha querido remarcar, es a la Iglesia de Rabat y a las Iglesias del norte de África. Con ello, le dice a las otras Iglesias: «Atención, mirad, que a lo mejor encontráis en esas Iglesias algo que os sirva, alguna experiencia que os puede ayudar».



La asamblea durante la misa que el cardenal López Romero presidió en la catedral de Rabat el pasado 7 de marzo. Fotografía: Enrique Bayo


Aunque los marroquíes no pueden convertirse al cristianismo, la Iglesia sigue creciendo.

Cada año celebramos cerca de 40 bautizos, en su mayoría africanos subsaharianos. Hay otras personas que recuperan aquí su vivencia de fe, sobre todo en la dimensión comunitaria, y no solo subsaharianos, también hay algunos europeos. Las celebraciones son alegres, animadas, rítmicas. Vivimos en una Iglesia en la que hay más hombres que mujeres, más jóvenes que adultos, y más negros que blancos, y los africanos tienen un ritmo y un entusiasmo que contagia a todos.

Es una Iglesia verdaderamente católica.

Somos unos 30.000 cristianos de más de 100 nacionalidades diferentes en todo Marruecos. Esto es muy bonito y, como dices, es una Iglesia verdaderamente católica, es decir universal, pero construir la comunión entre filipinos y estadounidenses, entre argentinos y franceses, entre españoles y congoleños, entre marfileños y etíopes no es fácil. Hay que estar construyendo la comunidad constantemente.

¿Y los agentes pastorales?

Somos alrededor de 40 sacerdotes y 90 religiosas en la archidiócesis de Rabat, sin olvidar a algún religioso y muchos laicos comprometidos. En cuanto a las congregaciones, antes predominaban los franciscanos, pero ahora hay una veintena de congregaciones para todos los gustos: tradicionales y nuevas, de origen africano o europeo, que llevan aquí muchos años o que acaban de llegar, es una mezcla interesante. También contamos con los asistentes pastorales, normalmente jóvenes subsaharianos que han acabado su licenciatura o algún máster en Marruecos y que ofrecen cuatro años de su vida para formarse en teología y estar al servicio de las parroquias. Está siendo una experiencia linda que comenzamos hace 10 años y por la que ya han pasado una veintena de jóvenes.

¿Dónde se forman los asistentes pastorales?

En el Instituto Ecuménico de Teología Al Mowafaqa, que significa «el acuerdo», porque nació de un acuerdo entre protestantes y católicos para crear un centro de formación marcado por el contexto musulmán. Se estudia teología cristiana, pero con muchas referencias a las fuentes del islam y al Corán. El papa Francisco, durante su visita, dijo de él que es un «signo profético de ecumenismo, de fraternidad entre cristianos, pero también de apertura al diálogo interreligioso». Tenemos un seminario anual de 10 días de ­introducción al islam con el que nos damos cuenta de lo ignorantes que somos al respecto. Yo lo hice como estudiante y esa es la conclusión que saqué. ­También se imparte un curso de diálogo entre las culturas y las religiones, de enero a mayo, para gente que tiene ya un nivel universitario, y que hacen todos los agentes pastorales que quieren trabajar en esta tierra. También están los cursos institucionales de teología.

Cardenal Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat. Fotografía: Enrique Bayo
¿Es más fácil vivir el ecumenismo en tierra del islam?

Sí, porque los cristianos somos pocos y tendemos a unirnos, a llevarnos bien y a trabajar más o menos en la misma línea. Otro aspecto llamativo es que, como los cristianos locales son escasos, los protestantes nos piden poder celebrar su culto en nuestras iglesias, y así se hace en numerosos lugares de la archidiócesis. Estamos muy contentos de esta dimensión ecuménica.

Sorprende que en la archidiócesis de Rabat haya 14 escuelas católicas.

Estas escuelas son católicas porque tienen un proyecto que se inspira en el Evangelio, pero todos los alumnos son musulmanes y prácticamente todos sus profesores. Entre los directores solo hay cuatro católicos: dos religiosas, un religioso y un laico, el resto son también musulmanes. Sin embargo, cuando yo leí el proyecto educativo me dije: «Esto es Evangelio», y cuando se lo presenté a un amigo musulmán para que lo valorara me dijo: «Esto responde a nuestra religión». El proyecto es la materialización del diálogo interreligioso porque fue elaborado conjuntamente por cristianos y musulmanes y busca la formación integral de la persona.

¿Por qué en las escuelas de Marruecos se estudia el judaísmo pero no el cristianismo?

Últimamente, en los manuales de Historia, Cultura y Educación religiosa de las escuelas se han introducido unas páginas para presentar el judaísmo, presente en Marruecos desde hace 3.000 años y que forma parte de la identidad marroquí, tal y como reconoce la Constitución. Nos gustaría que un día los manuales escolares incluyeran un capítulo que hablase del cristianismo. Como un signo de avance y de apertura en esta línea, en el Instituto Mohamed VI para la formación de los imames y los predicadores y predicadoras, desde hace un par de años se estudia el cristianismo con un manual elaborado y explicado por un cristiano libanés, porque las clases son en árabe y nosotros, desgraciadamente, tenemos muy poca gente preparada para hablar y dar clase en esa lengua.

¿Participan las personas migrantes en la Iglesia?

Todos los cristianos somos migrantes, pero las personas migrantes, normalmente subsaharianas, tienen muy poca estabilidad y una gran movilidad. No vienen a Marruecos para quedarse sino para llegar a Europa, así que es muy difícil que se integren en la comunidad cristiana, aunque cuando vienen se les acoge, evidentemente.



El arzobispo de Rabat, el cardenal Cristóbal López Romero, recige y da la bienvenida a los fieles que participan en la misa dominical. Fotografía: Enrique Bayo


¿Cuál es la solución para el problema migratorio?

Es sencillísima pero dificilísima a la vez: cambiar el mundo. Esto no tiene otra solución, porque no puedes poner un parche de bicicleta en una rueda de tractor; no soluciona nada. La única solución verdadera es cambiar el mundo, es decir, cambiar el sistema económico mundial que estamos viviendo, cambiar las leyes del comercio. La Organización Mundial del Comercio está gestionada por los países poderosos, y sus leyes abusan de los países pobres. Las materias primas cada vez cuestan menos y las manufacturadas cada vez más. Esto continuará mientras exista desigualdad económica entre los países. La inmigración no es un problema, es un fenómeno que es, a su vez, solución para muchos problemas. Si no que se lo digan a Argentina o a Italia o a España. Salir de España fue la solución para muchas familias y para Alemania fue la solución al poder tener a disposición mano de obra más barata. El problema no es la inmigración, es la guerra, la desigualdad económica, el abuso de unos países sobre otros…, y eso es lo que hay que cambiar si se quiere encontrar la solución.

¿En qué medida la Unión Europea es responsable del fenómeno migratorio?

Como español me avergüenza y veo lamentable la política migratoria no solo de España, sino de la UE en general. Yo no digo que se tengan que abrir todas las fronteras para que venga quien quiera, cuando quiera y como quiera, porque entiendo que tiene que haber una regulación, pero esta cerrazón de no dejar entrar a nadie y que el que quiera llegar tenga que arriesgar la vida atravesando el mar o saltando una valla, eso no es posible. Tendría que haber, por lo menos un cupo, como hacen otros países, o algo parecido, como un gesto para decir «No estamos cerrados, pueden venir para quedarse y trabajar y no solo como turistas». Esta cerrazón de la política actual de la UE me parece egoísta, raquítica, cerrada y anticristiana.


Colabora con Mundo Negro