El punto de encuentro

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Unas horas en Robben Island

Es una visita turística e histórica que atrae tanto a los que no nacieron en Sudáfrica como a su diversa población autóctona. La diferencia es que para los que su pasado está ligado al lugar, la lucha por un país justo y democrático continúa.

Hace dos días que el barco llamado Krotoa no zarpa del puerto de Ciudad del Cabo por las condiciones meteorológicas en la unión de los océanos Índico y Atlántico. Krotoa fue la primera mujer autóctona, xhosa, que se casó con un colono holandés. Después les combatió, a mediados del siglo XVII, para acabar presa en la isla de Robben, donde murió.

Un equipo de realizadores y cámaras discute, intentando no perder la paciencia ni levantar demasiado el tono, porque hace días que esperan poder grabar unas imágenes en la isla para un documental y parece que sus entradas se han extraviado. Los pequeños grupos de turistas empiezan a compartir espacio con familias numerosas de sudafricanos venidos de diferentes lugares y equipados con bolsas de comida y hasta neveras para mantener las bebidas frescas, que se acomodan formando un gran alboroto en los asientos. Los niños no se deciden por la ventanilla desde la que creen que verán mejor, y algunos adultos se toman una biodramina para evitar marearse durante los 45 minutos de trayecto. Las nubes son cada vez más densas y poco después de emprender el camino empieza a llover con fuerza. Lo que parecía una exageración más, al haber recurrido a un fármaco para un trayecto tan breve, empieza a tomar sentido cuando las olas empiezan a zarandear el barco provocando las risas nerviosas de los que solo quieren que pase el momento. No tardan en sumirse en un silencio algo angustioso y ya son solo los niños los que encuentran diversión a las olas que siguen embistiendo.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


El mensaje de la televisión en la que se ha hecho un repaso de la historia de la isla se ha quedado congelado con una frase: «En honor de los que sufrieron por la libertad y la justicia de nuestro país». Unas mujeres entonan unos cánticos cuando el motor reduce la velocidad y se avista con claridad la isla.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Robben Island o la isla de Robben no fue nombrada así porque existiera alguien con Robben como nombre o apellido, sino a partir de las más de mil focas (robben) que habitan el lugar. La guía del autobús al que te invitan a subir nada más desembarcar se permitirá algunas bromas e irá haciendo preguntas para comprobar si el grupo sabe algo más allá de que el expresidente Nelson Mandela estuvo preso en la isla. «¿Cuántos años pasó Mandela en la cárcel de Robben Island?», pregunta. A lo que, como si se tratara de una rápida subasta, la gente empieza a soltar cifras, 27 es la más mencionada. «No, os equivocáis todos. Parece que en este autobús solo el conductor y yo sabemos cuántos fueron… 18 de los 27 años que estuvo preso».

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


El vehículo recorre los caminos bien asfaltados y se detiene en los puntos de interés: los barracones o la mina de piedra en la que se retaba a que los presos se desesperasen al tener que trasladar durante horas piedras caliza a un lugar, y después volver a ponerlas en el mismo sitio de donde las habían cogido. «Mirad al fondo la cueva, en la pared, allí es donde los que sabían leer y escribir enseñaban a los analfabetos. Escribían en la arena sin que los guardas se dieran cuenta. Robben Island también fue una universidad porque estuvieron encarceladas personas con estudios universitarios, muy preparadas», continúa la guía.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala

Es un territorio de cinco kilómetros cuadrados en los que viven unas 200 personas entre personal de seguridad y 15 expresos que, tras décadas encerrados, no pudieron adaptarse a la libertad y se les autorizó a instalarse con sus familias en la isla. Hay una escuela con 18 alumnos, una iglesia en la que se celebran bodas y bautizos, un supermercado, una clínica y las casas de los funcionarios de prisiones reconvertidas en hogares. En apenas dos horas te puedes recorrer de punta a punta la isla, donde también viven varias especies de pájaros y que en los últimos coletazos del invierno está cubierta por una densa vegetación salpicada por flores parecidas a las calas.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Con Peter Khube, que pasó 18 años en Robben Island por pertenecer al Consejo Nacional Africano (ANC, en sus siglas en inglés), continúa la visita a pie. Mayores y niños le escuchan con atención, apenas hacen preguntas pero es que el relato de Khube no cesa. Narra cómo se pasaban distraídamente la pelota entre los patios de las secciones tras haber introducido en el interior mensajes o acuerdos que eran pactados en la cárcel y que luego se las ingeniaban para sacar al exterior sin ser descubiertos. Un adolescente se queda mirando un cartel que reza «El jardín subversivo», y el antiguo prisionero se acerca para explicar que la autobiografía de Mandela, El largo camino hacia la libertad, estuvo enterrada en esas pequeñas parcelas de tierra hasta que fueron liberados (los últimos prisioneros salieron en 1991 y la cárcel se cerró cinco años después).

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Pasamos por la cocina, con enormes recipientes que eran trasladados en unas plataformas con ruedas, y luego el comedor, donde la carencia de una alimentación equilibrada era una forma de tortura más. Peter Khube detalla las enfermedades que sufrían y la dinámica de los días: «Teníamos una hora al día para practicar alguno de los deportes que nos permitían, el rugby o el críquet, aunque nosotros preferíamos el fútbol. Y nos íbamos juntando por parejas, que era lo máximo que nos dejaban, para contarnos informaciones del exterior y pasar mensajes».

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


La gran atracción es la celda número 4, que ocupó Nelson Mandela. Khube indica cuál es, recomienda a los visitantes que se tomen su tiempo para observarla y hacerse fotografías, y se aleja en un respetuoso silencio recorriendo cabizbajo el pasillo. Una manta sobre una esterilla, una mesa baja, un plato, un vaso, un tenedor y un cubo es todo lo que puede encontrarse en su interior. Ante las ansias por inmortalizar el momento de pequeños y mayores, abriendo y cerrando la puerta de la celda para retratar todo tipo de situaciones, es interesante desviar la mirada a las demás celdas. Son exactamente iguales, con el mismo contenido, las mismas dimensiones, la misma ventana alta con barrotes.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala


El grupo que se agolpaba en la entrada de la celda de Mandela va mermando, la última familia en entrar son unos sudafricanos mestizos, con claros rasgos hindúes. Antes, una adolescente negra ha llegado a medio tumbarse en la manta para hacerse la foto, y una pareja de blancos se ha encaramado a la ventana para comprobar que está demasiado alta para ver nada. Todos querían estar dentro y sentir por un instante lo que Nelson Mandela saboreó durante tantos años. Tras el momento álgido de la visita, el guía les recuerda que Sudáfrica es un gran país en construcción, y les invita a reflexionar sobre ello mientras recorren su breve camino hacia la libertad, los mismos metros que los presos de Robben Island, Mandela entre ellos, transitaron hace 30 años.

Fotografía: Carla Fibla García-Sala

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