El reencuentro con la lengua olvidada

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Por P. Carmelo del Río
Desde Angal (Uganda)


Llegué a Uganda en 1979. Salvo los dos primeros años, que estuve con los bagandas, cerca de Kampala, siempre he trabajado en el norte del país. Aquí la Iglesia católica nació del trabajo evangelizador de los Misioneros Combonianos, que llegaron desde Sudán a través del Nilo Blanco. En el sur, la Iglesia fue fundada por los Misioneros de África (Padres Blancos), que entraron al país por el lago Victoria.

En 1981 fui destinado a la zona alur. Después de nueve años con los langos y los banyoros, en junio de 2019 regresé de nuevo a la zona alur, en concreto a Angal, la primera misión comboniana, fundada el 7 de octubre de 1917.

En los primeros tiempos de la evangelización había en Uganda más de 300 combonianos y ahora apenas somos 90. La mayoría de las misiones han quedado en manos del clero diocesano, lo que supone un gran orgullo para nosotros. Al contribuir al desarrollo de la Iglesia local, cumplimos los deseos de nuestro fundador, san Daniel Comboni, que quería «Salvar África con África». En la diócesis de -Nebbi, de las 11 misiones que teníamos, solo nos queda Angal.

La misión dispone de un terreno enorme que fue comprado a los ingleses a principios del siglo pasado. Además de la parroquia, tenemos un hospital, un centro catequético y las escuelas, todo fundado por los combonianos en el transcurso de los años. El hospital está gestionado por un comité, y varias religiosas de las Hermanitas de María Inmaculada, una congregación local, son parte del personal médico. El Gobierno solo aporta un 5 % de los gastos del centro, pero gracias a Marsay, una fundación italiana, consigue atender a las personas más pobres. El capellán del centro es el P. Justin Ogen, de 81 años y primer comboniano ugandés.

Las escuelas de la misión son siete. Las dos de Primaria, con cerca de 1.000 alumnos cada una, y la de Secundaria, con 800, son mixtas. También contamos con un internado, dos escuelas de educación especial para personas sordomudas y ciegas, a las que llegan personas de todos los rincones del país, y una escuela-taller. Salvo esta última, las demás están apoyadas por el Gobierno. A pesar de ello, mantenemos el derecho a que los directores que se nombren sean católicos.

El centro catequético está gestionado por otra congregación local, las Hermanas Evangelizadoras de María,y un sacerdote diocesano hace las veces de capellán. Se organizan varios cursos formativos: uno en inglés, que dura más de un año y en el que participan catequistas de varias diócesis ugandesas, y otros cursos de cuatro meses en lengua alur.

Además del P. Justin, en comunidad estamos tres combonianos más: el hermano Giovanni Bonifani, de 85 años, en Uganda de forma ininterrumpida desde 1959; el P. Elio Zanei, de 72 años, que es el párroco; y yo, el más joven de todos, con 66 años. Como no tenemos que ocuparnos demasiado del hospital, las escuelas o el centro catequético, y el hermano Giovanni atiende todo lo relativo a la casa, el P. Elio y yo nos dedicamos plenamente a la pastoral.

Nuestra parroquia es grande: unos 45.000 católicos distribuidos en 29 capillas y seis centros eucarísticos. Estos últimos están animados por catequistas formados durante dos años e instituidos como ministros de la comunión. La primera semana del mes visitamos los seis centros para las confesiones y dejar suficiente reserva eucarística para las celebraciones. Otro momento importante es la reunión con todos los catequistas, normalmente a finales de mes. Son unos 65, entre los cuales hay 10 mujeres. Solemos evaluar la marcha de las comunidades y establecemos el programa mensual de actividades según las necesidades de cada capilla. 

El resto de nuestro trabajo está marcado por las visitas a las comunidades, que nosotros llamamos «safaris», y la pastoral sacramental. Tenemos entre 800 y 1.000 bautizos de niños cada año, y cerca de 450 bautizos o primeras comuniones de adolescentes. Los matrimonios son raros, unos 30 por año, y también están disminuyendo las confirmaciones, menos de 300 en 2020. Respecto al sacramento de la unción de enfermos, cada vez que lo administro digo en tono de broma que tiene una validez de año y medio, porque si no, no damos abasto para visitar a todos los enfermos que nos reclaman.

Entre el P. Elio y yo hacemos unos 20 «safaris» al mes, casi siempre por la tarde, cuando la gente regresa a casa tras los trabajos en el campo. Como opción pastoral no vamos a las capillas, que dejamos totalmente en manos de los catequistas, sino que nos hacemos presentes en las pequeñas comunidades de base. Es precioso. Se juntan unas pocas familias debajo de un árbol o en alguna casa particular y vivimos juntos un tiempo de oración más tranquilo, más humano. Casi siempre celebramos la eucaristía, pero sin las exigencias de hacerlo en una capilla. Es un momento clave de nuestro humilde trabajo de evangelización.

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