El río Senegal no lleva agua para todos

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Pescadores y agricultores comparten recursos en la frontera con Mauritania.

Por Kike Gómez.

Las dos presas construidas en el río Senegal en los años 80 han favorecido la implantación de la agricultura de regadío en la cuenca pero estas, junto a los habituales períodos de sequía, han supuesto graves problemas para el trabajo de los pescadores y los pastores de la zona. Muchos de ellos se ven obligados a abandonar sus oficios tradicionales para sembrar en tierras no tan bien irrigadas como las de los márgenes.

Dos campesinos muertos y una veintena de heridos fue el resultado de los enfrentamientos que se produjeron el 26 de octubre de 2011 en Fanaye, una comunidad del norte de Senegal. El Gobierno negociaba la venta de 20.000 hectáreas de tierra cultivable a una empresa italiana que planeaba la producción de agrocombustibles a gran escala en esa zona del país.

Las provocaciones entre quienes estaban a favor y quienes estaban en contra de la iniciativa no tardaron en producirse.

Los favorables veían en ese proyecto posibilidades de empleo inmediato, y quizá a medio plazo. Los que se enfrentaban a ella se preguntaban que si se vendía esa tierra, lo único que tenían, ¿qué les iba a quedar?

Finalmente, dos días después de los incidentes, el proyecto fue paralizado por parte del Gobierno del entonces presidente de Senegal, ­Abdoulaye Wade.

Piscifactoría donde trabaja Oumar Gare. Fotografía: Kike Gómez

«No tenemos petróleo, ni gas; solo la tierra y el mar», comenta ­Saidou Kai, un veterano agricultor que, con las manos y las botas embadurnadas de barro, prepara su campo de arroz para la temporada que está a punto de empezar en pocas semanas. «Hay muchísima gente que vive de esta tierra. Cada vez más. ¿Qué haremos si la vendemos?», pregunta antes de responderse él mismo: «No. Vender no. Imposible».

Para Fatou Fedior, presidenta de la Federación de Agricultoras Galanka, lo sucedido en 2011 está olvidado, «aunque todos hemos adquirido conciencia de la importancia de nuestra tierra», explica. «Lo que sí queremos y necesitamos, es un socio que nos financie y que refuerce nuestras capacidades para labrar la tierra», añade.

En uno de los locales que flanquean la carretera que recorre longitudinalmente la frontera con Mauritania, Amadou Ba regenta una tienda de comestibles. Es uno de las decenas de humildes negocios ubicados en la única zona asfaltada de la población. Una vez que te adentras en las callejuelas de Fanaye, ya sea Fanaye Djieri o Fanaye Walo –una especie de Fanaye de Arriba y Fanaye de Abajo senegalesa–, el polvo y la arena lo recubren todo. La sequedad del aire también se hace notar en la necesidad constante de dar un trago de agua para humedecer los labios. Mucho más cuando no hay edificios que hagan de parapeto contra el viento, como sucede unos kilómetros hacia el sur, donde está enclavado un pequeño cercado, en medio de la nada, en cuyo interior Amadou Ba tiene plantados algunos árboles frutales y maíz.

Además de tendero, Ba quiere ser agricultor. Hace un año que sembró por primera vez un pedazo de tierra de su propiedad. Y es ahora, después de mucho esfuerzo, cuando se ven los brotes verdes emerger de una tierra semidesértica, pero aun así fértil. «Tenemos tierra, mucha tierra», dice indicando con un gesto abierto de la mano un suelo marrón y polvoriento, salpicado de setos, acacias y baobabs, que se pierde en el horizonte, «pero necesitamos pozos. Es lo mínimo para empezar a trabajar», asegura mientras acerca una manguera hasta la base de los árboles recién plantados, sobre los que empieza a caer un hilillo de agua. Tiene un motor conectado a una placa solar que proporciona la energía necesaria para la extracción.

El joven Mamadou Niang fue el responsable de la perforación y de la construcción del pozo de Ba y de otros 100 más como ese, entre la región de Fanaye y otras colindantes. «Soy el único en toda esta zona que hace pozos», asegura Niang, orgulloso de su pequeña empresa. «No es difícil saber dónde hay agua. Los árboles lo indican», explica. Y añade que «la complejidad estriba en determinar la calidad del agua. En algunas zonas la salinidad es muy alta».

Aloussane Saw junto al pozo con el que riega sus tierras. Fotografía: Kike Gómez
Agua no solo para la tierra

Senegal posee 3,8 millones de hectáreas de tierra cultivable, de las que solo se trabajan el 65,8 %. A pesar de su enorme potencial, según un informe de 2014 de la FAO, la producción agrícola cubre únicamente las necesidades alimentarias básicas de un 52 % de la población.

El desarrollo del sector primario sigue siendo muy frágil y se enfrenta a importantes limitaciones. La principal: el método de explotación, mayoritariamente extensivo. Otra no menos importante es la exposición a las variaciones climáticas y la escasez de lluvias. Según ese mismo informe, la participación de la agricultura en el PIB de Senegal pasó del 24 % en los años 60 al 19 % en 1990. En 2012 decayó hasta el 7,2 %, y en 2017 repuntó hasta el 16,9 %.

«El problema fundamental que existe en esta zona es que, a partir de seis kilómetros hacia el interior, no tenemos agua», explica Assisata Dia, alcaldesa adjunta de la comunidad de Fanaye. «Y si no hay agua ni tampoco una inversión para desarrollar un buen sistema de riego, los agricultores no pueden trabajar», indica desde su puesto de trabajo.

Una de las agricultoras de la Federación Galanka. Fotografía: Kike Gómez
Efectos colaterales

Pero además de las dificultades de los agricultores para sacar sus campos adelante, existen otros sectores que se están viendo muy afectados por la escasez de lluvias en el territorio. En los años 80 se produjeron ciertos cambios orográficos en la zona debido a la construcción de las presas de Diama, muy cerca de la desembocadura del río Senegal, y la de Manantali, en territorio mauritano.

El objetivo que se perseguía con la construcción de la primera era bloquear la intrusión de agua de mar para proteger los pozos de agua, permitir el riego y el doble cultivo. Para la segunda, la función principal era la de atenuar las inundaciones extremas, generar energía eléctrica y almacenar agua en la estación húmeda con el fin de aumentar el caudal durante la estación seca en beneficio de la navegación y del riego para incrementar la producción agraria.

Los efectos positivos de las obras son palpables, las tierras de cultivo se han multiplicado, pero también son visibles los daños colaterales en sectores como la pesca y el pastoreo.

Mamadou Sidy Sarr vive en ­Fanaye Walo y era pescador. Su obligación como cabeza de familia es alimentar a las 20 personas que habitan en su hogar, algo imposible si se es pescador porque no hay peces que piquen el anzuelo. «Antes había muchísimo pescado, pero desde que construyeron las presas ya casi no hay peces. Muchas especies han desaparecido», explica desde la puerta de su casa.

Su hogar está apenas a unos metros de la orilla donde antes le esperaban su canoa, sus redes y el resto de aparejos de pesca. Todo ese material hoy ya no está. Ha desaparecido junto a los peces que solía perseguir. Ahora lo ha cambiado todo por otros utensilios, los que necesita para su trabajo como agricultor.

«Espero volver a sentirme pescador algún día. Pero ahora los pocos peces que hay son muy pequeños», comenta, «y yo debo alimentar a mi familia», explica el nuevo agricultor con pragmática resignación.

Oumar Gaye es un joven senegalés procedente, también, de una familia de pescadores. Como Sidy Sarr ha tenido que abandonar la práctica por los escasos beneficios que obtenía. A pesar de todo, Oumar trabaja lo más cerca que puede de su antiguo oficio. Está contratado como vigilante de una pequeña y rudimentaria piscifactoría a escasos metros del río.

Omar y Aloussane Saw junto al panel solar que está conectado al pozo con el que riegan sus campos. Fotografía: Kike Gómez

Esta no es más que un agujero, de unos siete metros cuadrados, protegido por redes en todo su contorno y otra más que cubre la mitad de su superficie. «Hay que tener cuidado con los caimanes y los pájaros que intentan comerse el pescado», comenta Oumar, lanzando unas migajas de pan al agua para que se pueda ver la cantidad de peces que han criado. No tardan en aparecer decenas de círculos concéntricos en la superficie, en cada uno de los puntos donde los peces picotean el pan. «Los vendemos a 1.500 francos CFA (2,30 euros)», indica.
Según un estudio de la UNESCO, la pesca es la actividad económica más importante de la cuenca tras la agricultura, especialmente para las poblaciones que habitan cerca del río, en el valle y el delta del Senegal.

Pero hoy en día se cuestiona seriamente el futuro de este sector, ya que desde hace unos años se percibe una disminución continua de las capturas en toda la región debido al impacto de los proyectos de desarrollo del río –presas y diques– y a la disminución significativa de la salinidad y la proliferación de algas flotantes que acaban con los nutrientes necesarios para la supervivencia de la fauna acuática. También, claro, a causa de los vertidos de químicos al río procedentes de los motores que brotan a lo largo de la cuenca para extraer el agua con la que regar los campos.

Los pastores de Fanaye

Pero no solo los pescadores de esta región del norte de Senegal son los que están viéndose afectados por los cambios en el caudal y por la escasez de agua salubre que lleva. «No podemos dejar que nuestros animales beban este agua si no queremos que enfermen», se queja el pastor ­Mohamed Bouboi Sy, sentado junto a otros pastores y pescadores que comentan su jornada al caer el sol en Fanaye Djieri.

«Aquí lo que nos falta es agua», comenta Bouboi Sy, como si hubiese estado esperando siglos para descargar sus argumentos. «Tenemos que ir a pastar a más de 20 kilómetros si no queremos tener enfrentamientos con los agricultores», manifiesta.

La ganadería también ha sido siempre una actividad económica importante en la cuenca del Senegal debido al alto potencial de tierras para forraje. Las poblaciones practican la trashumancia y la ganadería extensiva del ganado vacuno, ovino y caprino. Como Bouboi Sy o ­Amadou Saw, que recorren con su rebaño de vacas entre cinco y 15 kilómetros cada día para encontrar pastos o llegar al pozo más cercano. Allí pueden pasar haciendo cola entre siete y ocho horas para recoger agua de un pozo que se alza en medio del desierto, o para que sus animales se acerquen a las acequias que lo conectan y así sacien su sed. En total, 17 o 18 horas de jornada.

Un grupo de pastores en uno de los pozos repartidos en la reserva de Sogobe. Fotografía: Kike Gómez

«La desertificación está afectando mucho a los pastos. Cada vez nos tenemos que ir más lejos porque los árboles se cortan para cocinar o para construir cercados», explica Saw, caminando entre su rebaño, pendiente de sintonizar algún canal en la radio que lleva en brazos y que ahora no hace otra cosa más que emitir un ligero gorgoteo ininteligible.

En la cola para el pozo hay, al menos, otros diez pastores con sus vacas, burros u ovejas y cuatro o cinco grupos de mujeres con sus carros cargados de garrafas y bidones amarillos vacíos esperando para llenarlos.

El agua es el bien más preciado en toda esta franja del Sahel. El agua que permita a los agricultores implantar un sistema de regadío moderno para que puedan explotar no solo la cuenca del río sino las cientos de hectáreas de tierra que se pierden hacia el interior. Pero también el agua que permita a los pescadores seguir ejerciendo su oficio, al igual que los pastores trashumantes que necesitan del líquido vital para que los pastos florezcan y puedan dar de beber a sus animales.

«Tenemos la tierra, el agua y el sol», dice la alcaldesa Assisata Dia. «Pero si no tenemos agricultores ni pescadores ni pastos… no tenemos futuro», concluye.

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