El Rova de la discordia

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Madagascar recupera el Palacio Real de Manjakamiadana

Por Josean Villalabeitia


Su no inclusión en la lista de patrimonio mundial de la UNESCO puede haber cerrado el debate sobre el Palacio de Manjakamiadana, en Antananarivo. Los retrasos, la pandemia y, sobre todo, el agrio debate sobre su recuperación han ensombrecido la reapertura de la que fue residencia de los reyes malgaches hasta finales del siglo XIX. El conjunto del Rova debía haberse convertido en uno de los símbolos del 60 aniversario de la independencia de Madagascar. 

Antananarivo, la capital de Madagascar, se desparrama indolente entre colinas. Una de ellas, Analamanga –bosque azul, en -malgache– destaca sobre las demás: es más alta, se alza en el corazón de la ciudad y está coronada por una edificación llamativa, incluso desde la distancia: el Palacio de Manjakamiadana, residencia oficial de los reyes malgaches durante el siglo XIX, hasta que, en 1897, la reina -Ranavalona III tuvo que ceder la soberanía de su país a los franceses, antes de partir hacia el exilio.

Aunque el llamativo Palacio de Manjakamiadana se construyó en 1839, las alturas de Analamanga habían sido sede del poder malgache desde alrededor de 1610, cuando el rey de los merinas, Andrianjaka, conquistó la colina y expulsó de ella a quienes hasta entonces la habían habitado. Después, para garantizar el control de la comarca, construyó en la cima una fortaleza para una guarnición permanente de 1.000 soldados, de ahí el nombre de la actual capital, Antananarivo, la «ciudad de los 1.000». 

Los merinas procedían de la región central de la gran isla. Belicosos por naturaleza, fueron ampliando sus dominios a base de guerrear, hasta convertirse en el grupo más poderoso de cuantos poblaban Madagascar. Tras la conquista de Antananarivo, aquella plaza militar terminó convirtiéndose en la capital del reino, pues su localización geográfica favorecía el gobierno de todos sus territorios, incluidos los más recientes.

Corría el año 1794 cuando, según la tradición, el rey merina Andrianampoinimerina quiso arreglar sus diferencias con las tribus vecinas, en realidad gente de su misma -etnia, aunque disgregada en clanes rivales. Para ello, les propuso sellar la unificación del reino mediante el matrimonio del monarca con 12 mujeres procedentes de sendos clanes. De esta forma, los lazos matrimoniales servirían para sellar la paz y la unidad definitivas.

Aceptada por todos la propuesta, el rey decidió establecer a cada una de sus esposas en una de las colinas que rodean la capital, de modo que estos emplazamientos terminaron convirtiéndose en lugares sagrados. Y es que, en la concepción tradicional, la realeza merina había gozado siempre de una cierta condición sagrada.

Este es el origen tradicional –probablemente legendario– de las actuales 12 colinas sagradas de Antananarivo, en las que continúan celebrándose ceremonias rituales, fiestas, etcétera. Algunas de ellas eran ya significativas antes de 1794; otras, por el contrario, han sido promovidas en fechas más recientes, y no faltan las que fueron importantes en su momento pero, abandonadas, acabaron perdiendo su estatus. El caso es que el actual Palacio de Manjakamiadana se levanta en la cima de Analamanga, la más importante de las 12 colinas sagradas de Antananarivo.


lustración de la entrada al Palacio de la Reina en el magazine The Graphic. Fotografía: Biblioteca Ambrosiana / Getty

El recinto real

Desde la unificación del reino, siete soberanos se sucedieron en el trono malgache. Cada uno de ellos quiso dejar su impronta sobre -Analamanga, que olvidó pronto sus inquietudes defensivas originales para adornarse de la magnificencia real, de su riqueza y prestigio. De este modo, la austera construcción militar acabó cediendo al lujo y la ostentación de los monarcas. De hecho, antes del pavoroso incendio de 1995, que arrasó con gran parte del patrimonio allí reunido, sobre Analamanga se contaban una veintena de edificios, entre ellos cinco palacios monumentales; una necrópolis con nueve mausoleos; un templo cristiano y un solemne arco de triunfo de piedra que señalaba la entrada al lugar, rematado por un águila de bronce, símbolo de la realeza merina. 

Este conjunto componía el llamado Rova –recinto, en malgache– de Manjakamiadana. La pena es que, siguiendo la costumbre malgache y el consejo de los adivinos, las construcciones se levantaron casi siempre en madera, de modo que el fuego acabó con ellas. Tras el incendio, se intentó su reconstrucción, pero saqueadores y aprovechados fueron más diligentes que políticos y restauradores.

Si el Palacio de Manjakamiadana, construido en un primer momento en madera, sobrevivió al incendio es porque en 1869 fue recubierto de piedra, mediante una despiadada campaña, promovida por la reina -Ranavalona II, que sometió a la población malgache a una terrible pesadilla de miseria y crueldad. Gracias a aquel trágico revestimiento, pudo salvarse del fuego la solemne silueta del palacio, elocuente símbolo del poder real y la unidad malgaches.

Así pues, tras cuatro siglos de apretada historia, el Rova de Manjakamiadana concentra hoy, en las majestuosas alturas de -Analamanga, poderosos motivos simbólicos, históricos, sagrados y culturales que le confieren de una extraordinaria importancia a los ojos de todos los malgaches. Algo que cualquier gobernante sensato debería respetar y salvaguardar con sumo cuidado. Las recientes decisiones de la Presidencia malgache en relación con los tesoros de Analamanga parecen indicar, por el contrario, que hasta lo más inconcebible puede volverse oportuno, cuando entran en juego los intereses políticos del poder.


El presidente malgache y su esposa el 6 de noviembre pasado en la inauguración de la rehabilitación del Rova. Fotografía: Mamyrael / Getty

El Rova cobra actualidad

Andry Rajoelina accedió a la Presidencia de Madagascar uno de los últimos días de 2018, aunque, con tan ansiado cargo le llegaron también los problemas: cinco meses después de su toma de posesión tenían que celebrarse elecciones legislativas y el nuevo presidente no tenía ninguna garantía de poder ganarlas. Sin embargo, para gobernar con tranquilidad resultaba indispensable que el presidente controlara el Parlamento. Algo había que imaginar, por tanto, para conseguirlo.

Este ambiente preelectoral, con resultados inciertos, es el que explicaría en gran medida las polémicas decisiones que el presidente anunció a bombo y platillo pocas semanas antes de los comicios, en una ceremonia retransmitida en directo a toda la nación. Ni más ni menos que los «trabajos de rehabilitación del Palacio de la Reina, de Antananarivo, símbolo histórico de la unidad nacional y reflejo de la soberanía nacional». 

Un comunicado oficial de la Presidencia, publicado por esas fechas, precisaba que «todos los edificios y monumentos que componían en su momento el Rova serán reconstruidos, y el Estado hará todo lo necesario para poder clasificarlo entre los grandes patrimonios mundiales». El horizonte de culminación de los trabajos sería el 26 de junio de 2020, al cumplirse el 60º aniversario de la independencia de Madagascar, aunque al final la ceremonia de inauguración tuvo lugar el 6 de noviembre del año pasado. La intención declarada del presidente era «convertir este proyecto en el aglutinante de la unidad nacional».

Además, como gesto que animase a la ciudadanía a imitarlo, el Ministerio de Comunicación y Cultura anunciaba que la familia del presidente se haría cargo de la reconstrucción del Palacio Besakana, otro de los edificios desaparecidos en el incendio de 1995. 

Como se ve, todas las actuaciones  giraban en torno al Rova real, entre las que, sin duda, destacaba la restauración del Palacio de Manjakiamadana. ¿Por qué estas decisiones, focalizadas en unos monumentos que, hasta ese momento, solo interesaban a los turistas?

Se han barajado dos respuestas complementarias. Una de ellas tendría que ver con el populismo del presidente Rajoelina, que habría visto en el nacionalismo una baza interesante para ganar apoyo popular, porque el corazón más vivo del nacionalismo malgache reside en el Rova de Manjakamiadana. Echar el resto por recuperar aquel patrimonio medio abandonado, pero cargado de historia y nobles sentimientos, podía ser una apuesta provechosa. Otros se preguntan si toda esta actividad en torno al recinto real no será, además, una maniobra para seducir a la alta burguesía merina, muy influyente en amplios sectores de Madagascar. 

Sea cual fuere la respuesta, nadie duda de que el presidente está tratando de utilizar la historia del país y sus símbolos más preciados para obtener beneficios políticos -personales.


El P. Opeka, ese mismo día, en el interior del palacio. Fotografía: Mamyrael / Getty

Un coliseo en Antananarivo

A pesar del interés en su -difusión, las intenciones del presidente -Rajoelina sobre la rehabilitación del Rova pasaron en su momento sin pena ni gloria; era una promesa política más que quedaría seguramente en agua de borrajas. Hasta que las obras comenzaron a ganar altura y quedó patente lo que se estaba construyendo: un anfiteatro de hormigón, denominado Kianja Masoandro –plaza del sol, en malgache–, que algunos comparan con el Coliseo romano, con capacidad para 400 espectadores y donde se organizarán «espectáculos para tratar la historia de nuestro país de manera educativa, popular y cultural».

Esta obra fue el detonante de la polémica que azotó Madagascar durante las semanas previas a la celebración del 60º aniversario de su independencia. Unas muy activas redes sociales, apoyadas en simples fotos, recolectaron en poco tiempo miles de firmas para promover la demolición del anfiteatro, cuya construcción calificaban de «genocidio cultural». El movimiento espoleó con energía la controversia.

Las razones esgrimidas para criticar el proyecto son de naturaleza diversa. Las menos agresivas censuran el desprecio de las leyes en base a las cuales se ha actuado, y llaman la atención sobre la inestabilidad geológica del terreno que, con el peso de la nueva construcción, podría originar corrimientos de tierra muy peligrosos. De hecho, hace tiempo que el ayuntamiento de Antananarivo prohibió, para prevenir accidentes, cualquier nueva construcción en aquella zona.

La Asociación de Urbanistas de Madagascar argumentó asimismo que «ese coliseo no tiene ninguna conexión arquitectónica con el entorno inmediato del Rova», y tampoco aprobaba la elección de los materiales: «Resulta incoherente emplear hormigón, cuando el palacio es de -granito».

Una parte primordial de las críticas tiene que ver con el carácter sagrado del recinto, que habría sido ignorado, cuando no directamente despreciado. De hecho, el anfiteatro se levanta sobre la antigua piscina sagrada del rey Andrianampoinimerina. El decano de los guías turísticos del Rova lo deploraba en un periódico: «La piscina sagrada ha sido destruida sin ningún ritual; esto va a traer desgracias a Madagascar», mientras que la oposición política declaraba que se había «masacrado un lugar sagrado».

Los descendientes de la última reina, por su parte, no admiten que el anfiteatro se haya levantado junto a las tumbas de sus ancestros. Aunque no solo repudian el lugar elegido; tampoco aceptan que ciertas maderas preciosas, robadas y posteriormente recuperadas por el Estado, se utilicen en la restauración del –Rova: «Esas vigas están contaminadas por el robo, lo que las invalida para permanecer en un lugar con un valor sagrado tan alto», han asegurado. 

Pero los comentarios más agrios y altisonantes quizás tengan que ver con la cultura del Rova y su valor simbólico para el país. «¿Desde cuándo existen coliseos en la cultura malgache?», se preguntaba irónicamente la oposición, mientras que la Asociación de Amigos del Patrimonio de Madagascar (APM) manifestaba, indignada, que «la estructura construida no tiene nada que ver con la arquitectura inicial del lugar, ni con la historia de Madagascar, ni aún menos con su cultura».

Un grupo de trabajadores durante la construcción del Kianja Masoandro, que ha levantado una gran polémica en Madagascar. Fotografía: Rijasolo / Getty

Una gestión descuidada

Hasta la UNESCO ha contribuido a la polémica. Y es que el Gobierno malgache se afanó desde 2016 en incluir el barrio del Rova en el patrimonio universal acreditado por dicho organismo de las Naciones Unidas. Sin embargo, tras conocer las obras, la UNESCO envió una carta que propalaron de inmediato las redes sociales. En ella advertía que «estos trabajos podrían tener un impacto notable en el dosier de nominación al patrimonio mundial que prepara su Gobierno», ya que, de acuerdo con la misiva, el proyecto podía alterar el «valor universal excepcional» del lugar. 

Desde el Gobierno se defendieron como pudieron, exponiendo razones de toda índole: desde el diseño de las ventanas del nuevo anfiteatro, similar a las del palacio, hasta la financiación del proyecto –presupuestada en 1,4 millones de euros–, asumida exclusivamente por el Estado, pasando por la advertencia encolerizada de que no admitirán órdenes de nadie. Mientras tanto, el presidente se preguntaba, perplejo o irónico: «¿Queremos o no queremos restaurar nuestro orgullo nacional?». Pero no fue suficiente. La UNESCO no incluyó el conjunto del Rova en su lista de patrimonio mundial el pasado 25 de julio.

Ante este panorama, la valoración del presidente de la Academia Malgache, Raymond Ranjeva, es pura evidencia: «En el estado actual de las cosas, esta construcción divide a la nación». Aunque el diagnóstico de la publicación francesa especializada La Tribune de l’Art resulta, quizás, más inquietante: «El verdadero problema es que la gestión de los monumentos históricos parece demasiado descuidada en un país que, sin embargo, podría desarrollar el turismo cultural… Destruyendo su propio patrimonio, Madagascar se pega un tiro en el pie».   


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