El yihadismo se quedó en la puerta

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Cristianos y musulmanes se afanan por establecer la paz en R. Centroafricana



Por José Carlos Rodríguez Soto desde Bangui (República Centroafricana)


En 2012, la Seleka llegó al poder en República Centroafricana y sumió al país en una situación de gran inestabilidad. La respuesta violenta de los antibalaka suscitó análisis políticos y periodísticos superficiales que aventuraban un conflicto de carácter religioso en el país. Sin embargo, ambas confesiones trabajan para evitar los radicalismos y para establecer puentes de encuentro y diálogo entre las partes. El yihadismo, de momento, no ha logrado asentarse en el país.

El imam Abdoulaye Wasselegue, de la mezquita de Petevo, en Bangui, citaba un viernes al profeta Mahoma. Exhortaba a sus fieles a mantener limpios sus dientes, empleándose a fondo al comenzar la primera gran ablución del día antes del amanecer. Había oído que los musulmanes veneran incluso un diente del profeta como reliquia, pero nunca me habría imaginado que el Corán tuviera tantos consejos sobre la limpieza dental, ni que este tema diera para tantas consideraciones espirituales. 

En otro rincón de la capital centraoafricana, en la mezquita central del Kilómetro Cinco, el conocido PK5, habitado en su mayoría por musulmanes, escucho a otro imam, Modibo Beshir, predicar sobre la paciencia. Se dirige, sobre todo, a los jóvenes. Para apoyar su tesis, cita la sura 123: «Dios mío, imploro tu misericordia. No me abandones. Sé que tú puedes cambiar mi situación en un abrir y cerrar de ojos». Pocos días después le visito en su casa. Antiguo ministro e historiador, a sus algo más de 70 años, goza de la consideración de ulema –doctor de la ley islámica–. Según me dice, está muy preocupado por la situación de los jóvenes, a los que no se cansa de repetir que no se dejen arrastrar por la ira y la frustración: «Muchos de ellos pasan meses, años, buscando trabajo sin conseguirlo, sin poder terminar sus estudios ni casarse, en la pobreza, pero les digo que un verdadero musulmán tiene que controlarse y tener fe en Dios, que un día les recompensará». 

Ante la hipótesis de la llegada de un islam radical a República Centroafricana (RCA), es razonable pensar que un fiel musulmán tendría muy pocas posibilidades de convertirse en un violento militante yihadista tras oír sermones sobre la paciencia o cómo limpiarse los dientes con esmero. 

Wasselegue y Beshir rechazan el wahabismo saudí. Los dos coinciden en señalar que ha tenido consecuencias nefastas en otros países africanos, Nigeria o Malí, donde el radicalismo ha echado raíces. «Nuestro islam centroafricano no es complicado ni agresivo como en otros lugares de África –explica Wasselegue en su despacho del Consejo Superior Islámico– porque siempre hemos seguido la escuela de la tiyanía, que subraya la fraternidad». Su oficina tiene fuertes vínculos con la marroquí Fundación Mohamed VI, adonde todos los años envían a algunos imames a seguir cursos para profundizar en el islam. Otros van, becados, a la Universidad de Al Azhar, en El Cairo, el centro del islam suní moderado. Wasselegue representa a los -musulmanes centroafricanos en la Plataforma Interreligiosa por la Paz desde la muerte, en diciembre de 2020, del imam Kobine Layama, quien desde el inicio de la crisis en 2012 trabajó al lado del cardenal Dieudonné Nzapalainga. Muchos consideran que ambos evitaron que, entre 2013 y 2014, los acontecimientos derivaran en un conflicto religioso entre cristianos y musulmanes. El imam Modibo Beshir insiste en el carácter moderado del islam centroafricano: «Hay jóvenes musulmanes que han estudiado en países del Golfo y pueden volver con ideas nocivas, pero afortuna-damente en nuestra comunidad no tenemos escuelas coránicas. Los posibles predicadores radicales no encuentran un espacio donde difundir sus tesis». Beshir afirma que un movimiento yihadista no encontraría seguidores entre los musulmanes centroafricanos: «Según el Corán, solo tendría sentido instaurar un estado islámico en un país de mayoría musulmana, pero aquí solo somos el 15 %. Nos basta con ocupar nuestro espacio en la sociedad».



En la imagen, los expresidentes centroafricanos Michel Djotodia (en primer plano) y François Bozizé. Fotografía: Simon Maima / Getty


Tradición de convivencia

Muchos sacerdotes y obispos son del mismo parecer e insisten en la tradición de convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes en RCA. El P. Aurelio Gazzera, un carmelita italiano que desde hace tres décadas trabaja en la diócesis de Bouar, habla de una capilla en su parroquia de Bozoum que inauguraron en 2020: «A la ceremonia acudieron numerosos musulmanes, sobre todo peúles, muchos de los cuales contribuyeron con dinero o cabezas de ganado para ayudar a financiar el templo». Cuando le escucho, recuerdo que el imam Wasselegue me contó que el cardenal Nzapalainga organizó hace pocos años una colecta entre los cristianos de su diócesis para ayudar a reconstruir la mezquita de Petevo. La reconstrucción de la mezquita del barrio de Lakouanga, en Bangui,  concluyó gracias a un comité en el que había musulmanes y cristianos. Y en junio de este año, un grupo de jóvenes del PK5 de ambas confesiones trabajaron para restaurar dos lugares de culto dañados que llevaban años abandonados: una iglesia bautista en el barrio de Gbaya Dombia y una mezquita en la zona de Kokoro. 

Otros, sin embargo, son más cautos a la hora de descartar una eventual amenaza yihadista. El obispo de Bambari, monseñor Richard Apora, recuerda que cuando la Seleka, de mayoría musulmana, ocupó esta ciudad en diciembre de 2012, sus milicianos atacaron la catedral. «Estoy convencido de que algunos de sus jefes, venidos de Chad y de Sudán, tenían una agenda extremista. ¿Cómo explicar si no estos ataques para humillar a la comunidad católica?». Monseñor Apora cita también el asesinato en 2018 de dos de sus sacerdotes a manos de los rebeldes de la UPC (Unidad por la Paz en Centroáfrica), un grupo escindido de la Seleka cuyos combatientes son de etnia peúl. La UPC fue también responsable de un ataque a un campo de desplazados en el recinto del obispado de Alindao en noviembre de 2018. Murieron algo más de 120 personas, entre ellas dos sacerdotes que fueron abatidos cuando salieron de su residencia y que intentaron detener la locura de los atacantes. El obispo de Bambari, sin embargo, se resiste a generalizar y señala que los imames de esta ciudad siempre han rechazado a la UPC.  

Otro obispo, el de Bossangoa, monseñor Nestor Desire Nongo-Aziagbi, en declaraciones al periódico francés La Croix el pasado mes de junio, afirmó que «el diálogo frena la instrumentalización de la religión con fines políticos y permite ver las soluciones a largo plazo a nuestros problemas». Tampoco él piensa que el yihadismo tenga posibilidades serias de entrar en RCA, pero recuerda que el antiguo líder de la Seleka, Michel -Djotodia, buscó apoyos para instaurar una república islámica, aunque fracasó. El obispo cita una carta escrita en 2012  por Djotodia a la Organización de la Conferencia Islámica en la que pedía ayuda militar: «Tenemos 2.500 Kaláshnikov, 124 lanzadores de RPJ7 [lanzacohetes antitanque de origen soviético]… Estamos listos para comenzar nuestras operaciones e imponer un régimen islámico basado en la sharia». 


Vecinos del PK5 de Bangui se manifiestan ante la sede de la MINUSCA después de unos enfrentamientos que dejaron una decena de fallecidos en abril de 2018. Fotografía: Florent Vergnes / Getty

Influencia externa 

A pesar de no tener constancia de ningún grupo yihadista en su territorio, la proximidad geográfica de grupos radicales en otros países africanos inquieta. Desde 2014, los yihadistas se han extendido como una mancha de aceite por amplias zonas de países subsaharianos, donde se han consolidado y han incrementado sus ataques desde 2019. Muchos analistas políticos señalan que, tras la derrota del Estado Islámico en Oriente Próximo –sobre todo en -Siria–, los grupos islamistas volvieron sus ojos hacia África. Antes de eso, miles de sus militantes llegaron a Libia donde, aprovechando el caos que siguió a la muerte de Gaddafi, tuvieron acceso a enormes cantidades de armas. Desde el sur del país se dirigieron a varios países del África subsahariana. Desde entonces, varias franquicias del Estado Islámico y de Al Qaeda campan por sus fueros en Somalia, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria y República Democrática de Congo. Kenia y Tanzania tienen células más o menos durmientes, mientras que Chad y Camerún han sufrido incursiones de Boko Haram, aunque ambos los han mantenido a raya. Otros países en el límite del Sahel, como Benín, Togo y Costa de Marfil, temen convertirse en sus próximos objetivos. El último país que ha sufrido el terror islamista es Mozambique, donde la -provincia de Cabo Delgado sufre una gran inseguridad causada por los yihadistas (ver MN 673, pp. 26-31). 

El caso de Mozambique, así como el de República Democrática de Congo, donde operan las Fuerzas Democráticas Aliadas en la zona de Beni, ha demostrado que los yihadistas no intentan implantarse solo en países de mayoría musulmana, sino que están dispuestos a ir a cualquier lugar, aunque suelen preferir zonas de difícil acceso con poca presencia del Estado. En estas tierras de nadie, las líneas que distinguen entre terroristas, traficantes, rebeldes, milicias locales y redes criminales internacionales cada vez son más difusas.



Campo de desplazados en la catedral de Alindao. Fotografía: José Carlos Rodríguez Soto


El pasado de RCA

El conflicto centroafricano, que alcanzó su paroxismo entre 2013 y 2014, pudo haber abierto la puerta a grupos yihadistas en el país, pero varias circunstancias evitaron el peligro. «En nuestra sociedad tenemos una tradición muy fuerte de convivencia entre cristianos y musulmanes, que se pueden encontrar en una misma familia», observa el cardenal Nzapalainga en su oficina. «En la fiesta de la Tabaski [fiesta del cordero] acudí al Kilómetro Cinco junto con un grupo de cristianos, para llevarles regalos». El cardenal recuerda que, cuando en 2014 hubo ataques contra musulmanes y algunos radicales yihadistas publicaron vídeos en Internet llamando a vengar su sangre, «el imam Kobine Layama respondió que en RCA los cristianos protegían a los musulmanes de los ataques de los antibalaka». Nzapalainga, que durante más de un año acogió en su residencia al imam y a su familia, cita numerosos casos de parroquias católicas que se convirtieron en espacio seguro para muchos miles de musulmanes, que salvaron la vida gracias al riesgo que corrieron sus sacerdotes. 

La historia del islam en RCA muestra que esta religión, de la rama sunita, ha tenido siempre un carácter muy moderado. Los primeros musulmanes llegaron de Chad y Sudán. También los hausas nigerianos, en el siglo XIX, acabaron en estas tierras para comerciar. Hace un siglo, los colonos franceses favorecieron la migración de los pastores peúles para introducir la ganadería. Algo más tarde llegaron los malinkés, procedentes de Malí, atraídos por el comercio de diamantes. Hubo numerosas conversiones entre algunas comunidades del norte, como los gulas, los rungas, los karas y los manyas. Al principio, se dio por sentado que los líderes del Consejo Islámico Centroafricano tenían que ser siempre chadianos, pero esto cambió en 2003, cuando el imam Kobine Layama se convirtió en su primer presidente centroafricano. Su personalidad conciliadora imprimió carácter en la comunidad. Muchos consideran que salvó a los musulmanes centroafricanos de caer en el extremismo. 

Cuando la Seleka dejó el poder en 2014 se escindió en al menos seis grupos armados, todos ellos con combatientes musulmanes. Pero las divisiones han seguido criterios de pertenencia étnica, y las milicias se han disputado zonas del país ricas en recursos. Su identidad nunca ha estado centrada en criterios ideológicos, y mucho menos religiosos. 

Sin embargo, numerosos observadores políticos advierten que más vale no ser demasiado optimistas. A finales de 2020, varias de esas escisiones de la Seleka se aliaron con sus antiguos enemigos, los antibalaka, y lanzaron una nueva rebelión, bajo el nombre de Coalición de Patriotas por el Cambio (CPC), para intentar derrocar al régimen del presidente Faustin-Archange Touadéra. El Ejército y sus aliados, los mercenarios rusos del grupo Wagner, reconquistaron la mayor parte del territorio nacional durante los primeros meses de 2021, pero en muchos casos han cometido graves abusos contra la población musulmana, a la que han acusado de colaborar con la CPC. Este goteo de atrocidades, que la ONU ha documentado en un extenso informe, está provocando un enorme resentimiento entre jóvenes musulmanes, incluidos los miles que languidecen en campos de refugiados en Chad y que podrían caer bajo la influencia de líderes oportunistas que les empujaran hacia una respuesta violenta. También se teme que la CPC pudiera recurrir al apoyo de otros grupos insurgentes en países vecinos. Si la mano que pretendiera rescatarlos fuera tendida por una milicia yihadista, el futuro de RCA se adentraría por nuevos senderos muy sombríos.
   

Mercado callejero en Bangui, el pasado mes de marzo. Fotografía: Siegfried Modola / Getty



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