Elecciones para la esperanza

Por: Enrique Bayo - 20/12/2018
República Democrática de Congo elige al sucesor de Joseph Kabila

 

El domingo 23 de diciembre 40 millones de congoleños están llamados a acudir a las urnas para participar en unas elecciones que podrían suponer la primera alternancia democrática en la cabeza del Estado desde la independencia del país en 1960. Después de meses de una incertidumbre que se terminó el pasado mes de agosto, Joseph Kabila no disputará un tercer mandato. En su lugar lo hará su delfín, Emmanuel Ramazani Shadary, que se enfrenta a una oposición dividida.

 

 

El asesinato de su padre, Laurent Desiré Kabila, en enero de 2001, catapultó a Joseph Kabila, con tan solo 29 años, a la presidencia de un país exangüe y fragmentado por la guerra. Su primer objetivo fue entablar negociaciones con las diferentes facciones rebeldes hasta conseguir la unificación, iniciar un período de transición política y organizar, en 2006, las primeras elecciones libres y pluralistas. Kabila ganó, como también hizo en los comicios de 2011 en medio de irregularidades y críticas por fraude.

Desde el entorno de Kabila, el balance político que se hace de sus 17 años como presidente es muy positivo. No solo le consideran el pacificador del país, sino que también ensalzan sus logros económicos. En 2018 el índice de crecimiento del país, un 4,2 %, se sitúa por encima de la media africana; el presupuesto del Estado ha pasado de los 581 millones de dólares de 1997 a los 4.600 millones actuales; se han rehabilitado 23.000 kilómetros de carreteras y relanzado la navegación fluvial por el río Congo; durante años se consiguió controlar la inflación y los salarios de los funcionarios se han triplicado; también se ha reformado la judicatura y ha promulgado una legislación minera más favorable a los intereses de los congoleños.

Frente a ese balance, la oposición habla de corrupción, de violación continua de los derechos humanos y de un nepotismo que ha llevado al enriquecimiento desmesurado del «clan Kabila». Además, el franco congoleño ha entrado en un nuevo ciclo de devaluación con respecto al dólar. Continúa la presencia de numerosos grupos armados en el este del país con su siembra de muerte y desolación, e incluso la zona de Kasai, en el centro del país, vivió entre 2016 y 2017 la represión brutal del Ejército congoleño contra los guerrilleros del jefe tradicional Kamwina Nsapu, acción que provocó más de 3.000 muertos y 1,4 millones de desplazados. En cuanto a la vulneración de las libertades públicas, se acusa a Kabila de hostigar a los opositores y a activistas de la sociedad civil, así como de limitar la libertad de expresión. En su balance de 2018, la organización independiente congoleña Journaliste en danger, menciona 121 casos de violación del derecho a informar, 54 periodistas arrestados y numerosos casos de censura y amenazas.

En este contexto tan polarizado hay que situar las elecciones del 23 de diciembre, que llegan con dos años de retraso con respecto a los plazos marcados por la Constitución.

 

De izquierda a derecha, Jean Pierre Bemba, Adolphe Muzito, Alan Doss –presidente de la Fundación Kofi Annan–, Martin Fayulu, Freddy Matungulu, Félix Tshisekedi, Moïse Katumbi y Vital Kamerhe –miembros de la oposición, excepto Doss–, después del encuentro celebrado en el hotel Warwick de Ginebra el 11 de noviembre. Fotografía: Getty

 

Dudas electorales

Aunque la elección presidencial ocupe toda la atención, ese mismo día tendrán también lugar las elecciones legislativas y provinciales. Además de votar la Presidencia entre 21 candidatos en liza, los congoleños deberán elegir a 500 diputados para la Asamblea Nacional entre 16.000 pretendientes, así como a 715 diputados provinciales entre 19.000 candidatos. Por primera, vez las elecciones serán totalmente autofinanciadas, sin ninguna ayuda exterior, ni siquiera el apoyo de la MONUSCO, la Misión de Naciones Unidas en RDC. La Comisión Electoral Nacional Independiente (CENI) dispondrá de 435 millones de dólares y un operativo de más de 500.000 operarios contratados.

Son numerosas las incertidumbres que pueden impedir unas elecciones creíbles, transparentes y pacíficas. Por el momento ya no serán elecciones inclusivas, porque han sido excluidos de la carrera presidencial los dos principales adversarios políticos de Kabila: Jean Pierre ­Bemba y Moïse Katumbi. También existen dudas sobre la capacidad logística de la CENI en un país de dimensiones continentales: dos millones y medio de kilómetros cuadrados con vías de comunicación muy precarias, así como las irregularidades del censo, donde 6,7 de los 40 millones de electores han sido registrados sin disponer de sus huellas digitales. Eso sin olvidar la polémica en torno a la popularmente conocida en RDC como «máquina para votar».

En el centro de todos los debates se encuentra este dispositivo, que la oposición llama sarcásticamente «máquina de engañar». Según Corneille Nangaa, presidente de la ­CENI, se han encargado 106.000 dispositivos a la empresa surcoreana Miru ­Systems a un coste de 1.400 dólares por unidad. Cada máquina está limitada para prestar sus servicios a un máximo de 660 electores que dispondrán de algo más de un minuto para elegir a sus candidatos e imprimir las papeletas que, posteriormente, depositarán en las urnas. Cada máquina dispone de una batería con una autonomía de 30 horas. Se estima que el dispositivo permitirá ahorrar más de 12.000 toneladas de papel y aligerará las operaciones de transporte. Eso sí, el recuento de los votos será manual.

Al optimismo de Nangaa se oponen las dudas de muchos. ¿Llegarán todas las máquinas a tiempo para ser instaladas en 80.000 colegios electorales sin la ayuda de los helicópteros y los aviones de la MONUSCO? Los congoleños que nunca han utilizado un dispositivo con pantalla táctil, ¿serán capaces de votar en un triple escrutinio sin ser manipulados por quienes les asesoren? ¿Es cierto, como afirma la CENI, que no habrá transmisión electrónica de resultados? ¿Dificultará el sistema la elección de determinados candidatos por parte de los votantes? En definitiva, ¿podrán votar los congoleños a quienes deseen?

La oposición ha pedido insistentemente la retirada de las máquinas sin éxito. Tanto Félix Tshisekedi como Vital Kamerhe, antes incluso de su acuerdo de coalición, habían afirmado que con ellas o sin ellas irían a las elecciones. Martin Fayulu, el candidato más reacio a aceptarlas, cambió de opinión al final de la campaña electoral y ha terminado también por consentirlas como mal menor.

 

La conocida como «máquina para votar». Fotografía: Getty

 

Shadary, el delfín

El candidato que representará al Frente Común por Congo (FCC), la plataforma constituida en torno a la mayoría presidencial, será ­Emmanuel Ramazani Shadary. Su candidatura se conoció el 8 de agosto, inmediatamente después de anunciarse que Joseph Kabila acataba la Constitución y descartaba cualquier maniobra política que le permitiera optar a un tercer mandato. El poder ha vendido la renuncia de Kabila como un gesto democrático y de fidelidad a la palabra dada, pero desde la oposición se ve de manera muy diferente. Para el historiador congoleño Isidore Ndaywel, se trata «de una victoria obtenida gracias a la movilización del pueblo congoleño, tras los esfuerzos llevados a cabo por los líderes religiosos y las presiones ejercidas por la comunidad internacional». El profesor Ndaywel es uno de los fundadores de la Coordinadora de Laicos Cristianos (CLC), que organizó marchas pacíficas de protesta los días 31 de diciembre de 2017, y 21 de enero y 24 de febrero de este año, todas ellas bañadas en sangre a causa de la represión policial.

Kabila se va, pero lo hace con matices, porque muchos ven en Shadary la continuación del «kabilismo», algo parecido a lo que ocurrió con Medvédev en relación a ­Vladimir Putin. Kabila es el jefe indiscutible de su partido y tiene el control del Ejército, así que pocos dudan de que posea la capacidad y los medios para influir en el ejercicio del poder de su sucesor.

Con 58 años, Emmanuel Shadary no es un desconocido en la política congoleña. Desde el inicio ha acompañado el crecimiento del Partido del Pueblo para la Reconstrucción y el Desarrollo (PPRD), el principal partido del FCC. En 2016 fue nombrado ministro del Interior, lo que por un lado le ha señalado como uno de los responsables de la represión contra las manifestaciones antiKabila, pero por otro le ha permitido viajar por todo el país y nombrar a los responsables administrativos en las provincias, lo que según algunos puede ayudarle en su camino hacia la Presidencia.

 

El candidato del FCC, Emmanuel Ramazani Shadary. Fotografía: Getty

 

División en la oposición

Al candidato de la mayoría presidencial no se enfrentará el antiguo mobutista Jean Pierre Bemba, perdedor contra Kabila en 2006. Detenido en Bélgica en 2008 a petición del Tribunal Penal Internacional, fue puesto en libertad condicional el 8 de junio de 2018. Su candidatura fue invalidada por el Tribunal Constitucional aduciendo que pesa sobre él un delito de corrupción. Tampoco disputará la carrera a la ­Presidencia el hombre de negocios y exgobernador de Katanga, Moïse Katumbi, a quien las autoridades congoleñas niegan la entrada en el país desde hace tres años bajo amenaza de arresto inmediato. Ambos han sido puestos fuera de juego por instituciones sospechosas de estar al servicio del poder.

Antes del 11 de noviembre los dos principales adversarios de Shadary eran Félix Tshisekedi y Vital Kamerhe. El primero tomó las riendas de la histórica Unión para la Democracia y el Progreso Social (UDPS), tras la muerte de su padre, el carismático Etienne Tshisekedi, el 1 de febrero de 2017. Vital Kamerhe, antiguo aliado de Kabila, es el líder de la Unión por la Nación Congoleña (UNC) y dispone de una sólida base electoral al este del país.

Pero todo comenzó a cambiar el 11 de noviembre. Aquel día, los siete principales adversarios de Kabila se encontraron en el lujoso hotel Warwick de Ginebra para intentar consensuar un proyecto común de sociedad abanderado por un candidato único. Además de Bemba, Katumbi, Tshisekedi y Kamerhe, también participaron Martin Fayulu, Freddy Matungulu y Adolphe Muzito. Todos eran conscientes de que la dispersión de la oposición dificulta una victoria electoral frente a Shadary, sobre todo desde que en 2010 se modificara la Constitución para que el escrutinio sea a una sola vuelta, modalidad que permite ahorrar dinero al Estado, pero que favorece a quien detenta el poder. Para sorpresa general, salió elegido Martin Fayulu, político y reconocido intelectual pero con escasa base electoral. Para regocijo de la mayoría presidencial, antes de cumplirse 24 horas, tanto Félix Tshisekedi como Vital Kamerhe retiraron su firma del llamado Acuerdo de Ginebra aduciendo presión de sus bases. Poco después, las conversaciones entre ambos condujeron a un acuerdo para hacer campaña juntos: Tshisekedi como candidato a la presidencia y Kamerhe como futuro primer ministro en caso de victoria electoral.

Lo que muy pocos podían prever es que la agitada campaña electora iba a engrandecer a Martin Fayulu hasta darle serias esperanzas de victoria. Habiendo recibido el apoyo –y tal vez el dinero- de Bemba y Katumbi, la coalición Lamuka (‘despierta’ en lingala y shwahili), que lidera Fayulu, consigue movilizar masas entusiastas en todo el país, incluso en zonas donde prácticamente era un completo desconocido hace apenas unas semanas. Los que están cansados del ‘kabilismo’ y consideran a Emmanuel Ramazani Shadary más de lo mismo, ven en Martin Fayulu una esperanza de cambio. El poder ha comprendido bien la amenaza y no faltan las maniobras de disuasión por todos los sitios por donde viaja Fayulu. El 11 de diciembre en Lubumbashi, cinco personas murieron por disparos de la policía.

A tan solo tres días de las elecciones las opciones de la oposición frente a Shadary son dos: Tshisekedi o Fayulu, una división muy arriesgada frente a un poder siempre bajo sospecha de maquinar un fraude.

 

 

Una imagen que no se repetirá en diciembre: el rostro de Joseph Kabila en las listas de las próximoas elecciones presidenciales en RDC. Fotografía: Getty

El papel de la Iglesia

La Iglesia Católica congoleña, a través de su Conferencia Episcopal (CENCO) ha jugado un importante rol durante el largo período preelectoral. Algunos, sobre todo desde el poder, han criticado su acción como una intromisión en la política de un Estado laico y multiconfesional, pero lo cierto es que sin la mediación de la CENCO nunca se hubieran firmado los Acuerdos de San Silvestre del 31 de diciembre de 2016 que han permitido celebrar las elecciones. Durante estos dos años «extra» que Kabila ha permanecido en el poder, el trabajo serio, profesional y sin fisuras de los obispos ha contribuido a evitar cualquier deriva dictatorial. Se ha alentado moralmente la movilización popular y se ha trabajado en la formación de observadores electorales, unos 40.000, que estarán en uno de cada dos colegios electorales.

La esperanza sigue viva. RDC necesita salir de la inestabilidad política y encontrar un nuevo liderazgo que se preocupe de verdad por servir al pueblo congoleño y abra caminos de paz y desarrollo para su sociedad.