Emmanuel Macron, el pragmático

José NaranjoPor José Naranjo

 

Para Marine Le Pen, África es ese lugar oscuro y tenebroso del que proceden los inmigrantes que arrebatan sus derechos a los franceses de la France (pronúnciese con erres acentuadas) y donde nanas yihadistas acunan cada noche a los futuros enemigos del Hexágono. Para Emmanuel Macron, sin embargo, el continente es ese lugar brillante y preñado de futuro que combina su doble condición de enorme mercado y tierra fértil para todo tipo de negocios, además de gran gasolinera de abastecimiento. Visto así, normal que la victoria de este último no haya generado grandes entusiasmos en esta parte del mundo salvo, claro está, un generalizado suspiro de alivio por la elección de la opción menos mala de las dos.

¿Cuál será la política africana de Macron? Nadie lo sabe con certeza, pero algunas pistas se entreven en sus discursos y declaraciones de campaña. El continente está lejos del centro de su acción política exterior. ¿Lo conoce? Poco. De joven estuvo unos meses en Nigeria gracias a una beca, y como ministro de Economía se entrevistó con los presidentes de Sudáfrica, Costa de Marfil, Senegal y la propia Nigeria. En fin, como buen liberal, África es para Macron “el continente del futuro”, según aseguró a Le Monde.

Desde luego que le preocupan la seguridad y los enormes desafíos a los que se enfrenta el continente, como el yihadismo, las consecuencias del cambio climático, su pujante demografía o la democracia. Ay, la democracia. “Defenderé el respeto de los principios democráticos fundamentales por todas partes en África”, ha dicho. Y para contrarrestar todos los males, asociaciones público-privadas entre el Norte y el Sur e incremento de la ayuda al desarrollo, alcanzando, dice nuestro hombre, un porcentaje del 0,7 por ciento en el horizonte 2022-2030, “en función de nuestros márgenes presupuestarios”. Largo me lo fiais, monsieur Macron.

Pero vamos, que nadie se asuste más de la cuenta porque, en realidad, nada nuevo bajo el sol. También François Hollande preconizó una defensa a ultranza de los pueblos aplastados por la bota del autoritarismo y luego se plegó, realpolitik manda, ante las maniobras disuasorias de Kabila en RDC, la autocom­placencia de Sassou-Nguesso en Congo, la farsa electoral de Ali Bongo en Gabón o, acabáramos, el rodillo político-militar del gran amigo Idriss Déby en Chad, país que acoge al grueso de las tropas francesas de la Operación Barkhane, aliado donde las haya para mayor gloria de los intereses galos en el ­Sahel. Vamos, que defensa de los pueblos oprimidos por la dictadura, rien de rien.

Pero si el anterior presidente no dudó en convertirse en el general Hollande en Malí o en RCA, países donde reina la inestabilidad y donde pasó de héroe a villano, es de esperar que su sucesor no tenga el mismo ímpetu castrense, salvo donde sea necesario para proteger ciudadanos e intereses franceses. Al igual que Hollande, Macron también se declara anticolonial, sepulturero de la ­Françafrique y dispuesto a abrir una nueva página en las relaciones de los países africanos con la exmetrópoli. Demasiadas palabras para tan escaso legado que auguran un futuro de más de lo mismo y de pragmatismo a mansalva.