En manos de la mujer

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La Iglesia católica impulsa proyectos de promoción para jóvenes congoleñas

La Casa Social Daniel Comboni y el Centro de Formación Integral Santísima Trinidad son dos estructuras pensadas para «poner en pie» a mujeres jóvenes y ayudarlas a llevar adelante sus vidas. MUNDO NEGRO ha visitado en Kinshasa estas dos iniciativas y ha hablado con las dos misioneras que las impulsan, la comboniana italiana Giovanna Valbusa y la laica belga Rejette de Winter. 

La pandemia parece no existir en Kinshasa, capital de República Democrática de Congo, porque casi nadie lleva mascarilla y los mercados, las calles y las miles de iglesias con sus múltiples denominaciones rebosan de gente. Todo sigue igual en esta inmensa urbe en la que nadie sabe decir exactamente cuántas personas alberga: 11 millones para unos, más de 13 para otros. Para intentar aliviar los atascos endémicos, se están construyendo en algunos cruces unos puentes –los famosos saut-de-mouton– cuyas obras estaba previsto que se completaran en tres meses, aunque que se han convertido en dos años, y a ciertas horas el tráfico es un caos total.

La inestabilidad política y la difícil realidad socioeconómica hacen que apenas exista trabajo estable y remunerado, lo que obliga a la mayoría de la gente a luchar, de la mañana a la noche, para conseguir el sustento diario. En este contexto de pobreza, las mujeres siempre están más expuestas a abusos de todo tipo.

Entre las múltiples iniciativas de la Iglesia católica a favor de la promoción de la mujer en Kinshasa, visité dos estructuras que animan dos entregadas misioneras: la hermana comboniana Giovanna Valbusa y Rejette de Winter. La hermana Giovanna llegó a Congo en 1977, aunque antes de llegar a Kinshasa trabajó en otras comunidades del país: Dakwa, Mungbere, Isiro y Kisangani; Rejette, sin embargo, ha vivido siempre, de forma ininterrumpida, en la capital desde su llegada al país en 1961.




La hermana Giovanna Valbusa, de la Casa Social Daniel Comboni. Fotografía: Enrique Bayo


Casa social Daniel Comboni

La comunidad de Kimbondo de las Misioneras Combonianas está en la periferia de Kinshasa, junto a la carretera de Matadi, que llega hasta el océano Atlántico. Antes era una casa de formación para jóvenes aspirantes a misioneras, pero cuando esta -etapa formativa se trasladó a Kisangani, las Combonianas decidieron utilizar la casa en un proyecto que respondiera a una de sus prioridades misioneras: la promoción de la mujer.

Al inicio, quisieron abrir un centro de acogida para mujeres que salían de prisión, ofreciéndoles alojamiento durante un tiempo y ayudándoles en su reinserción social, pero al final decidieron abrir la casa a todo tipo de mujeres en situación de marginación. En mayo de 2018 comenzaron con un primer grupo en la bautizada como Casa Social Daniel Comboni. «No quisimos llamarla “centro” porque queremos que las mujeres se sientan como en familia y que este sea su hogar mientras vivan aquí», dice la hermana Giovanna.

Durante nuestra visita, eran ocho las mujeres acogidas, aunque son más de 26 las que han pasado por la casa, en su mayoría jóvenes de entre 20 y 26 años. «Nuestro único objetivo –señala esta misionera comboniana– es ayudar a estas mujeres a ponerse en pie y tomar las riendas de sus vidas, por eso el único requisito que les exigimos es que ellas quieran venir y trabajar, porque nada es regalado. Les ofrecemos una oportunidad, pero la última palabra la tienen ellas. Si se dejan llevar y no se ayudan a sí mismas no hay nada que hacer».

Las jóvenes viven en régimen de internado por un tiempo máximo de un año, y aquellas que son madres deben dejar a sus hijos con algún miembro de la familia para aprovechar bien el tiempo. Esta decisión hay que contextualizarla en la cultura local, donde los niños no sufren ningún trauma si se quedan con una hermana mayor o una tía. En Europa sería diferente.



Rejette de Winter, fundadora del Centro de Formación Integral Santísima Trinidad. Fotografía: Enrique Bayo


Formación y convivencia

La Casa Social Daniel Comboni ofrece dos posibilidades formativas: corte y confección o estética y peluquería. Las alumnas siguen un curso de seis meses, de lunes a viernes por las mañanas, en el Centro de Aprendizaje de Oficios Especializados (CAMS, por sus siglas en francés), situado no muy lejos de la casa. Según la hermana Valbusa, este lugar ofrece muchas ventajas. «En primer lugar, tiene calidad y proporciona un certificado oficial si se aprueban los exámenes finales; además, acepta inscribir a nuevas alumnas cada principio de mes, lo cual da cierta flexibilidad para incorporar alguna joven a lo largo del año. Y, finalmente, preferimos que ellas salgan de la casa y se encuentren con otras personas para socializarse. Si no, sería muy duro estar siempre encerradas».

Durante nuestra visita nos encontramos a las jóvenes mujeres en el jardín, trabajando alrededor de una mesa. Se nota entusiasmo y optimismo al vislumbrar el futuro. Una de ellas, Joelle, está en su sexto mes de formación: «El curso de corte y confección me ha ayudado muchísimo. Un día me gustaría tener una casa grande como esta para acoger a otras personas y ayudarlas también». Casi con las mismas palabras se expresa Sara: «Estoy muy contenta porque podré ayudar a mi familia, a mis hijos y también a otras mujeres». Hoy las jóvenes están dedicadas a confeccionar pequeñas artesanías, como bolsos y monederos, cuya venta ayuda a sufragar los gastos de la casa. Otras tardes se emplean en el huerto, aprenden a cocinar o escuchan charlas sobre educación a la vida o prevención de enfermedades. También, tres veces por semana, según su nivel educativo, siguen un curso de alfabetización o de francés. La profesora es Ruth, quien señala que «ciertamente hay muchas diferencias entre ellas, por eso trabajamos en dos grupos. Algunas no saben leer y apenas son capaces de sostener un bolígrafo y necesitan una atención especial, pero siento que la mayoría tienen sed de aprender y de responsabilizarse de su vida. Suelo ayudarlas también a preparar los exámenes finales del CAMS. Colaboro en este proyecto desde el inicio y veo enormes progresos en las chicas durante estos meses. Esto me da mucha alegría».

Los fines de semana, una joven comboniana congoleña, la hermana Henriette Mfutu, apoya a la comunidad, y cada domingo, aunque la mayoría no sean católicas, todas participan de la eucaristía en la parroquia Mater Dei, a 500 metros de la casa. Tampoco faltan los tiempos de oración, ver juntas una película u otros momentos de ocio, pero –como señala la hermana -Giovanna– «el mensaje que les lanzamos siempre es que “no hay tiempo que perder”. Ellas tienen que organizarse para llevar adelante su formación con responsabilidad».



Una joven de la Casa Social Daniel Comboni participa en una clase de costura. Fotografía: Enrique Bayo


Vuelta a la sociedad

La misionera comboniana es consciente de lo importante que es preparar la «vuelta a la sociedad», por eso cada mes visita a las familias de las chicas para asegurarse de que tendrán su apoyo. También busca talleres de confección y salones de belleza donde las chicas puedan hacer prácticas profesionales, durante tres meses, antes de abrir su propio negocio. Por último, las hermanas les dan una cierta cantidad de dinero para que comiencen su vida independiente. «Los resultados son esperanzadores», dice la hermana Giovanna, que añade que «tenemos varias chicas que han abierto sus pequeños negocios y sabemos que todo lo que han aprendido aquí lo transmitirán a una hermana, a su vecina y tendrá un efecto multiplicador. Como misionera, ver florecer la vida en alguien me produce una gran satisfacción y compensa todos nuestros esfuerzos».

Centro de capacitación

En el corazón de Kinshasa, en el barrio de Matete, visitamos otro centro de promoción de la mujer parecido en algunos aspectos al de Kimbondo, pero diferente en otros. Su fundadora y promotora es Rejette de Winter, una misionera laica de 85 años que conserva toda la fuerza y el entusiasmo de la juventud. Llegamos un viernes y encontramos a Rejette en la sala parroquial que lleva su nombre hablando a las 20 alumnas de un curso centrado en la importancia de reflexionar bien antes de tomar decisiones en la vida. Es un placer escuchar la fuerza que imprime a sus palabras y los gestos y miradas con que las acompaña.

El Centro de Formación Integral Santísima Trinidad nació en 2005 en el seno de la parroquia del mismo nombre, y este curso 2020-2021 acoge a su decimosexta promoción. Cientos de chicas y mujeres -jóvenes se han formado allí y, a decir de Rejette, «ninguna se ha arrepentido. Cuando pasan por aquí, su visión del mundo cambia y están mejor adaptadas para la vida». Cada alumna aporta cinco dólares (ver «Punto -Final», p. 66) por semana para los gastos de material y de mantenimiento, mientras que una amiga belga de De Winter paga el salario de las profesoras. Por su parte, la archidiócesis de Kinshasa ofrece los espacios utilizados por el centro. 

La formación dura siete meses, tres mañanas por semana, y ofrece formación en corte y confección e informática. Hay una sala con diez máquinas de coser y otra con diez ordenadores, así que los lunes y los miércoles las chicas, divididas en dos grupos, se turnan para seguir ambos cursos. El viernes es el día de la formación humana, religiosa y de educación para la vida, y todas las chicas siguen juntas las charlas.

A diferencia de la Casa Social Daniel Comboni, el centro «no tiene como objetivo ayudar a mujeres en riesgo de exclusión, sino que es un centro de capacitación que desarrolla las potencialidades de las mujeres», afirma la misionera. Aquí, añade la belga, «solo acogemos a chicas que han obtenido el diploma estatal tras concluir los estudios de Secundaria. Cuando vienen las candidatas nos fijamos en sus motivaciones, pero también les hacemos un test por escrito y una pequeña entrevista. Si no tienen un cierto dominio de la lengua francesa no las podemos matricular. Acoger a chicas que no tienen una formación de base suficiente retrasaría mucho el aprendizaje de las demás y –en esto coincide con la hermana Giovanna– aquí no hay tiempo que perder».



Rejette de Winter imparte un curso de formación a un grupo de jóvenes en el salón parroquial que lleva su nombre. Fotografía: Enrique Bayo


Una vida para Congo

Escuchar el testimonio misionero de Rejette de Winter es fascinante. En 1959 se preparaba para ir a Indonesia, pero cambió de rumbo. «Alguien me dijo: “Hay que quedarse en Congo, pronto obtendrá la independencia y los belgas se irán”, así que pensé, “ciertamente hemos evangelizado este pueblo, y ahora no podemos abandonarlo. Tienen que saber que no les hemos mentido y que el Evangelio anunciado guarda todo su valor”. Llegué aquí el 14 de octubre de 1961 y esta idea sigue sosteniendo mi misión».

Aunque De Winter pertenece a la asociación de laicos Auxiliares del Apostolado, cada miembro debe buscar su propio sostenimiento económico. No recibe ayudas de ninguna institución, solo de amigos. Graduada en Ciencias del Hogar, cuando la misionera llegó a Kinshasa, en tiempos del cardenal Malula, se reconvirtió en profesora de Religión. Estudió durante tres años Ciencias Religiosas y comenzó a dar clases en una escuela católica de Secundaria. El 1 de enero de 1975, el presidente Mobutu suspendió la asignatura de Religión en las escuelas y Rejette tuvo que comenzar a dar clases de corte y confección en un centro de Matete para ganarse la vida. Dudó entonces en regresar a Bélgica. Pero no lo hizo. Cuando alcanzó la edad de la jubilación y empezó a cobrar una pequeña pensión decidió quedarse de por vida en República Democrática de Congo.

Cuando preguntamos a Rejette de Winter si se siente congoleña, su respuesta es sorprendente y tajante: «No, yo estoy aquí y amo hacer aquello para lo que Dios me ha enviado, pero las condiciones de la gente son tan terribles que no es cuestión de sentimiento, es cuestión de voluntad». Y, tras una breve pausa, prosigue: «Padre, ¿sabe usted? Este país era un paraíso y yo he sido testigo en estos 60 años de cómo se ha degradado. La miseria en la que vivimos es provocada, los propios dirigentes no han querido desarrollar este país. Yo estoy aquí para ayudar a estas chicas, para mejorar sus vidas, para que crezcan como personas y como mujeres, y lo hago únicamente desde mi fe y con la fuerza de la voluntad. No, no es cuestión de sentimientos». 



 

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