«Aquí todos tenemos que perdonar un montón de cosas». Entrevista al P. José Javier Parladé.

 

Entrevista: Javier Fariñas Martín
Realización y música: Javier Sánchez Salcedo
Fotografías: Archivo Mundo Negro

 

Caín y Abel no nacieron en Yirol

 

Por Javier Fariñas Martín

 

Un país en guerra. Una población en guerra. Un misionero ‘en guerra’. Esta podría ser la carta de presentación de Sudán del Sur, de los sursudaneses, y del misionero comboniano P. José Javier Parladé. Los tres protagonistas de estas páginas acumulan más de 40 años en los que el conflicto bélico ha sido el eje que ha vertebrado cada uno de los días, desde el 1 de enero al 31 de diciembre. Pero ni el país, ni sus gentes, ni el misionero desisten, e intentan proponer la paz allá donde les dejan. Difícil, mas no imposible.

En las primeras páginas de El Hambre, el periodista y escritor argentino Martín Caparrós traza en pocas líneas la vida de Aï, una joven nigerina. Es una vida enunciada en negativo. “Aï nunca tuvo comida suficiente, nunca fue a una ciudad, nunca tuvo luz eléctrica ni agua corriente ni un fuego de gas ni un inodoro, nunca parió en un hospital, nunca vio un programa de televisión, nunca se puso pantalones, nunca tuvo un reloj nunca una cama, nunca leyó un libro, nunca leyó un diario, nunca pagó una cuota, nunca tomó una cocacola, nunca comió una pizza”.

Una refugiada interna a causa del conflicto que sufre el país.

Si cambiáramos el nombre y trasladáramos la ubicación de la protagonista de la historia hacia el este hasta llegar a Sudán del Sur, es posible que el P. José Javier Parladé, misionero comboniano en Yirol, también encontrara algún perfil parecido, ya que estamos hablando de la nación más joven del planeta y una de las más empobrecidas. Quizás empezando por él mismo, que recuerda que “antes de la independencia no había aquí ni un solo kilómetro asfaltado. Vivíamos sin electricidad, sin correo postal… En aquel tiempo no había nada, absolutamente nada”. Igual que Aï, en el lejano Níger.

El trabajo del P. Parladé siempre ha tenido lugar en tierra sudanesa. Primero como país único; después, ya en el sur. En Mabam y en Raga, dos de sus primeros destinos, por no tener, no tenía ni una bicicleta, por lo que tenía que caminar, caminar y caminar para llegar a cada una de las comunidades de la zona. Y en el caso de Mabam eran más de 90 las capillas que estaban abiertas. “En Mabam viví solo, pues era un lugar muy complicado, era yo solo de comunidad, y vivía con ellos. Yo trabajaba, pues tenía mi campo, y lo que se cultivaba se ponía en común, comíamos juntos, como hacen ellos”. Eran sus primeros escarceos en la misión sudanesa, de donde sacó la convicción de que “lo mejor que podemos hacer es crear familia, crear comunidad y convivir con ellos. He vivido mucho tiempo completamente dedicado a eso, primero en Mabam y después en Raga”.

No obstante, de aquellas primeras experiencias también aprendió que era preciso generar algunas estructuras que ayudaran a la gente a crecer. De esa convicción nacieron en Yirol –donde este misionero comboniano trabaja en la actualidad– una serie de escuelas que, además de asentar la educación en lugares donde antes no había nada, se comprometieron en inocular desde las aulas el virus de la paz en jóvenes que, desde siempre, habían aprendido el oficio de la guerra (ver Mundo Negro número 520 julio-agosto 2007 pp. 42-45). “Antes de la independencia, llegamos a tener 27 escuelas en pie, y 260 maestros voluntarios en nuestra misión. Para mí fue el primer movimiento de paz en el país. Había que ayudar a los más jóvenes a abrir ventanas de paz”. Todas esas escuelas, a excepción de cuatro que mantienen todavía los misioneros combonianos, fueron transferidas al Gobierno sursudanés con la independencia.

La enumeración de los ‘noes’ de Aï con los que abríamos este texto no terminaba con las comillas que cerraban el párrafo inicial. Martín Caparrós añadía: “nunca eligió un futuro, nunca pensó que su vida pusiera ser distinta de lo que es”. Esta afirmación también se podría extrapolar hacia el este, hacia Sudán del Sur, porque la vida de los sursudaneses con los que ha vivido el P. José Javier Parladé, en muchos casos tampoco se podría pensar de una forma diferente a como se ha desarrollado en el último medio siglo: una vida en eterno conflicto. Primero con el norte, hasta que se logró la independencia (ver Mundo Negro número 564 julio-agosto 2011 pp. 18-25). Después, y tras un breve período de paz, entre los mismos sursudaneses, entre las huestes del presidente Salva Kiir y las del exvicepresidente, Riek Machar (ver Mundo Negro número 592 febrero 2014 pp. 18-23). Un conflicto intermitente y silenciado que está lastrando el escaso avance que Sudán del Sur había logrado como país.

La imposibilidad de concebir la existencia sin conflicto armado se ha introducido en los sursudaneses hasta reconocer que “todo se quiere solucionar por la fuerza. Yo llevo aquí 43 años y no he conocido la paz salvo tres o cuatro años en el tiempo de Saddick El Mahdi y después de la independencia. Muchos de ellos dicen que han nacido y van a morir en la guerra. Esta mentalidad no desaparece en pocos años porque descubrir que se puede vivir en paz es complicadísimo. La guerra es mucho más fácil”, destaca el P. Parladé.

El tópico de la violencia

Aunque la situación política de Sudán del Sur nos presenta una lucha de poder entre el presidente y su exvicepresidente, con el trasfondo de los ingentes recursos petrolíferos que las multinacionales extranjeras no quieren dejar escapar, no han sido pocas las ocasiones en las que se ha simplificado el conflicto como el enfrentamiento entre los dinkas y los nueres. Estos dos pueblos, de tradición pastoril, han vivido a lo largo de la historia numerosos enfrentamientos por la tenencia del ganado y no menos disputas por el derecho a los mejores pastos. Sin embargo, reducir la guerra a este enfrentamiento secular, es una injusticia con los hechos y con el sufrimiento de ambos pueblos, necesitados de una profunda reconciliación. “Aquí todos tenemos que perdonar un montón de cosas. No hay una familia que no tenga a ningún asesinado, por eso hay que tratar de acostumbrarnos a reconciliarnos, a volver a la paz”.

Una de las obsesiones de la Iglesia católica y, con ella, del P. Parladé es la de promover la convivencia y el perdón, para lo que organizan cursos y encuentros en los que destaca la presencia femenina. Son sobre todo ellas las que están sembrando esa semilla de la concordia. Se han cansado de ver morir a sus maridos y a sus hijos en los eternos campos de batalla sursudaneses.

Manifestaciones populares el día de la independencia del país.

“La mujer dinka –reconoce el P. José Javier– tiene una gran personalidad, es la jefa de la familia. La que vive con sus hijos, la que educa a sus hijos, la que da de comer a sus hijos, la que busca algo para comer y vivir el día a día es la mujer. Nuestra oportunidad de paz es a través de ellas. Las mujeres no quieren la guerra y constantemente hablan de paz. No quieren más muertes, no quieren más sangre”. Precisamente las mujeres dinkas fueron las primeras que brindaron ayuda y acogida a un grupo de madres y abuelas nueres que llegaron hasta su territorio, después de cruzar el Nilo, huyendo de la guerra y, sobre todo, del hambre. Cuando conoció la noticia, el P. Parladé se desplazó de inmediato para intentar calmar unos ánimos que, a priori, podían estar alterados por una convivencia forzada entre dos comunidades históricamente enfrentadas. Pero al llegar allí observó una realidad antagónica a sus prejuicios. “Me los encontré totalmente aclimatados. La misma población dinka era la que me decía que no me preocupara, que era gente que tenía hambre, que eran hermanos, que habían venido en busca de comida. Los acogieron y los ayudaron. Por eso estoy convencido de que algo de lo que queremos va entrando” en la conciencia de unos y otros.

Dios entre los dinkas

A pesar de llevar más de cuatro décadas en el país, cada jornada es una oportunidad para el aprendizaje, para la humildad y el reconocimiento del otro. “Al principio tú llegas pensando que vas a hacer muchísimo por ellos, tú te sientes algo. Pero después te vas dando cuenta de que ellos pueden vivir perfectamente sin ti, que tampoco eres absolutamente necesario para nada. Cada vez eres más consciente de que eres tú el que los necesitas a ellos. Yo ya no sabría vivir en otro sitio”. En ese caminar junto a los sursudaneses, el P. Parladé se ha hecho consciente de que “tampoco he pensado que les voy a transmitir a Dios en el sentido religioso, porque a Dios lo tienen ellos muy dentro. Ellos creen en un Dios único, en un Dios creador. Ellos tienen muy claro que el primer hombre es Garam y la primera mujer es Abuk. Los dinkas dicen que la creación fue allí y que Dios creo también las vacas para ellos. Con ellos vas descubriendo a un Dios que ya está allí. Sería una barbaridad introducirles, y lo digo como sevillano, a nuestro Dios de cofradías”.

Es posible que muchos sursudaneses de Yirol –igual que la Aï de Caparrós en Níger– hayan tenido que vivir con la certeza de la ausencia: de paz, de estabilidad, de pasado, presente y futuro. Ausencia de todo excepto de un Dios que –según ellos conciben– creó el mundo a partir de este rincón de África. Como tampoco conciben la realidad sin la presencia de misioneros como el P. José Javier Parladé, al que no le costó demasiado tiempo comprender que, a pesar de las apariencias, ni los dinkas ni los nueres habían nacido para convertirse en los abeles y caínes de esta tierra.

El P. José Javier Parladé el día de la entrevista.

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