Un eslogan vacío en Ruanda

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Por Victoire Ingabire, presidenta de FDU-Inkingi

 

«Los donantes y los amigos de Ruanda tienen el deber y la responsabilidad de usar su influencia para hacer que el Gobierno ruandés abra el espacio político»

 

Durante los últimos 60 años –entre 1959 y 2019–, la mayoría de los ruandeses nacidos durante este período solo han conocido cambios políticos a través de la violencia, que cada vez ha provocado la pérdida de miles de vidas humanas. El último de ellos tuvo lugar en Ruanda en 1994, el genocidio, y costó cientos de miles de vidas humanas. En el país vecino, República Democrática de Congo, el antiguo Zaire, el derrocamiento por la vía militar del presidente Mobutu, por parte de fuerzas rebeldes congoleñas ayudadas por Ruanda, provocó la muerte de unos seis millones de personas, el peor desastre humanitario desde la II Guerra Mundial.

El partido que estoy orgullosa de liderar, FDU-Inkingi (Fuerzas Democráticas Unidas) está decidido a revertir esta tendencia y capacitar a los ciudadanos para cambiar sus gobiernos a través de la no violencia. En nuestra formación presentamos la visión de una nación reconciliada, respaldada por una conciencia democrática y la transferencia pacífica del poder, la supremacía del Estado de derecho, el respeto de los derechos humanos y la creación de condiciones en las que las mujeres y los hombres de Ruanda pueden crear riqueza para sí mismos y para sus familias. Sin ningún obstáculo.

 

Varios ruandeses participan en los actos conmemorativos del genocidio. Fotografía: Getty

Proponemos a la gente de Ruanda una agenda de transformación que utiliza la estrategia de la no violencia para construir un gobierno democrático sólido, caracterizado por la transparencia y la responsabilidad de sus líderes, dispuesto a empoderar a los ciudadanos para que estos no teman pedir a sus líderes, y a los funcionarios públicos, que rindan cuentas.

A nivel diplomático, queremos mejorar la coexistencia pacífica con nuestros vecinos, utilizando los acuerdos políticos que tenemos dentro de nuestra región, así como promover una política de coexistencia y la resolución pacífica de conflictos en todas partes.

La agenda de no violencia supondrá concienciar a los ciudadanos sobre su responsabilidad a la hora de tomar el destino en sus propias manos, y luchar contra la injusticia. Aumentará la conciencia de la élite política sobre su responsabilidad ante la ciudadanía. Queremos que los ruandeses se conviertan en una parte fundamental del cambio que imaginamos para nuestra sociedad.

La experiencia de Ruanda nos ha demostrado que cuando el cambio se produce a través de la violencia –por un golpe de Estado o una guerra–, los líderes que promueven ese cambio al final lo utilizan contra la gente. A menudo se escuchan expresiones como «Te liberamos», «Te salvamos del abismo»… Solo una ciudadanía con conciencia política puede proporcionar una fuerza compensatoria contra la dictadura y contra el abuso de ­poder.

Además, predicaremos la estrategia de no violencia para evitar la mala asignación de recursos. La guerra y la violencia agotan los recursos humanos y económicos, crean odio y engendran violencia en el futuro. Como se dice en la Biblia, «queremos convertir las espadas en arados» para que los ruandeses transformen las iniciativas que destruyen y causan dolor, como la guerra y la violencia (espadas), en otras pacíficas y constructivas (arados). Ruanda es demasiado pobre como para gastar mucho dinero en defensa, y ha perdido a muchas personas como para querer perder más.

 

 

Victoire Ingabire, firma un formulario al salir de la prisión de Nyarugenge, el 15 de septiembre de 2018. Fotografía: Getty

 

En el futuro, las estadísticas oficiales dirán que se defendieron los enormes recursos de nuestro país, mientras que los niños en las escuelas carecían de pupitres y de material escolar, o que había escasez de medicamentos en los hospitales. Esta debería ser la zona prioritaria en la que emplear el dinero.

Somos muy conscientes de que el legado del cambio violento vivido en Ruanda ha creado una mentalidad que será difícil de revertir. No es fácil cambiarla a través de la toma de conciencia sobre los beneficios y la eficacia de la no violencia como medio para cambiar el Gobierno. Es difícil, pero no imposible.

Si los ruandeses han aprendido algo de su historia, habrá sido que la violencia no trae democracia ni paz duradera. Nosotros, en FDU-Inkingi, hemos aprendido esta amarga lección. Pido al Gobierno y a todos los ruandeses amantes de la paz que se unan a mí y a mi partido para predicar la no violencia, para evitar que la gente se sienta tentada a recurrir al uso de la fuerza para lograr un cambio político.

Elegí el camino de la no violencia cuando decidí volver a Ruanda en 2010 con todos los peligros que ello conllevaba. Estaba convencida de que valía la pena correr el riesgo; era muy consciente del enorme coste que supone un cambio violento cuando las personas no ven una alternativa al uso de la fuerza.

Los donantes de ayuda y los amigos de Ruanda tienen el deber y la responsabilidad especiales de usar su influencia para hacer que el Gobierno ruandés abra el espacio político. «Nunca más» seguirá siendo un eslogan vacío mientras los donantes estén ayudando a crear las condiciones que condujeron a un cambio violento y al genocidio en el pasado. Como Relator Especial de Naciones Unidas sobre los derechos a la libertad de asociación y de reunión pacífica, Maina Kiai, señaló ante el Consejo de Derechos Humanos, en junio de 2014, que «el temor a un nuevo genocidio no puede ser invocado para impedir las libertades fundamentales en ninguna sociedad. Los hechos son necesarios para prevenir los conflictos y el genocidio».

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