Etiopía: Los conflictos étnicos se politizan

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Por Juan Nuñez

El pasado 11 de septiembre hemos celebrado el Nuevo Año etíope.  Siempre el año nuevo despierta deseos y sueños de paz, tenga lugar el 1 de enero o el 1 de Meskerem. Pero, en la Etiopía que entra en el año 2014, la paloma que trae la ramita de la paz en su pico da la impresión de que ha emigrado a otros pagos. Fue el mismo día de año nuevo cuando un conocido mío fue asesinado junto con su mujer y sus dos hijos de dos años y ocho meses: el padre por ser de la etnia equivocada en el lugar y momento equivocado; ella por salir gritando que, ya que habían matado a su marido, la mataran también a ella; los niños, quizá por misericordia, porque díganme qué hacen en el mundo dos niños de esa edad. Mejor ahorrarles de raíz todo sufrimiento.  

No importa en qué lugar haya sido ni de qué etnia se trate. Sí importa el hecho, porque es exponente de una situación que se repite en los cuatro ángulos de esta extensa nación. Los medios nacionales e internacionales están llenos de noticias sobre masacres interétnicas o incluso entre grupos rivales dentro de la mima etnia. Aunque siempre hubo tensiones entre las 80 tribus oficialmente reconocidas, estas estaban normalmente circunscritas al lugar donde se producían y eran fácilmente reducibles.

Un salto cualitativo en la frecuencia y amplitud se produjo con la llegada de Abiy Ahmed al poder. No porque su Gobierno las fomentara, sino porque levantó la mano y tardaba en intervenir cuando se producían. Las tensiones fueron tomando paulatinamente un cariz más político. Todo lo que hoy sucede en cada rincón lo es dentro de un marco en que las partes en litigio se encuadran. Si una banda guerrillera nace en un extremo de la nación, bien seguro que no es un puro producto local; alguien de fuera la apoya y alimenta.

La guerra de Tigray

Sin duda el conflicto de mayores dimensiones es el de Tigray, librado entre esta región norteña, el Gobierno central y las regiones limítrofes de Amara y Afar. La guerra abierta comenzó en noviembre de 2020 con un ataque de las fuerzas armadas de Tigray, el TPLF, a una base militar del Gobierno. El primer ministro respondió con una invasión relámpago, que en 20 días ocupó toda la región y proclamó la derrota del TPLF –aunque esta victoria pronto se mostraría precaria–. Los dirigentes del TPLF, y de la región de Tigray, son los mismos que dirigieron la nación etíope durante 27 años y que fueron expulsados del poder en 2018 tras repetidas revueltas populares, dando lugar a la entrada de Abiy.

La intención del nuevo Gobierno era detener a los principales dirigentes tigrinos y juzgarlos por apropiación indebida de bienes del Estado, corrupción y violación de derechos humanos. Pero ellos consiguieron huir a la región de Tigray, donde se hicieron fuertes gracias a las armas que habían almacenado en el norte durante su mandato en Adís Abeba. Desde allí se dedicaron a desestabilizar el Gobierno de Ahmed mediante el apoyo a los grupos disidentes.

Cuando el primer ministro creía que los había aplastado y solo era cuestión de dar con su escondrijo y detenerlos, he aquí que resurgen no para entregarse, sino para iniciar una campaña militar que no solo echó de su región al Ejército nacional, sino que está atacando a las regiones vecinas, Amara y Afar en su propio territorio, provocando millares de refugiados. La reacción de Ahmed fue llamar a la nación a una movilización general contra Tigray.

No hay muchas perspectivas de negociación. El TPLF pone la condición de que, antes, se restablezcan en su región las comunicaciones, interrumpidas desde hace un año, y se facilite la llegada de la ayuda humanitaria. El primer ministro simplemente rechaza sentarse a negociar con una Junta que él declaró terrorista y que lo único que hay que hacer con ella es llevarla a los tribunales. Está claro que, además de las razones políticas  de la contienda, hay razones de mutua inquina personal que no se satisfacen a no ser con el aplastamiento del rival.

Todas las guerras las pierden todos, pero mucho más esta que ha sido marcada por la conculcación de los derechos humanos más fundamentales: violaciones, torturas, robos, destrucción de la propiedad, muertes dependientes del simple capricho de quien tiene el dedo en el gatillo… Se han cometido masacres de las que nadie reconoce la autoría y de las que cada parte acusa a la contraria –Aksum, Chenna…–, o los miles de refugiados eritreos que habían huido de su atormentada nación y vivían en campos de refugiados en Tigray. Fue posiblemente la funesta entrada del ejército Eritreo en esta guerra la que les fue letal.  

Joe Biden acaba de firmar nuevas sanciones, esta vez no directamente contra Etiopía sino contra toda institución o persona que viole los derechos humanos u obstruya la paz, sean miembros del Gobierno de Abiy Ahmed, de Eritrea, de Tigray o de la región amara, porque todos están siendo reos de crímenes de lesa humanidad.

Otros conflictos

El segundo conflicto en importancia es el que tiene lugar dentro de la etnia oromo, la más numerosa del país y cuyo territorio parte en dos la nación. Nadie podría afirmar en qué proporción los oromos son adeptos al Gobierno de Abiy, él mismo un oromo, y quiénes están por una utópica independencia. Lo que sí es cierto es que, en algunas zonas de Oromía, la rivalidad entre las dos facciones ha hecho la situación totalmente insoportable con asesinatos, secuestros, reclutamientos forzosos… No se puede dejar de constatar que, cuando el TPLF ocupaba el Gobierno central, estaba aliado con el grupo oromo unionista, mientras que ahora lo está con el independentista. A estos dos grandes conflictos hay que añadir todos los demás de carácter interétnico, menos conocidos pero no menos sangrientos.

La guerra en los medios no es menos intensa que en los campos de batalla. Todos mienten, falsifican fotos… Casi ninguna noticia se puede comprobar. El TPLF explota y se beneficia de la simpatía internacional hacia el pueblo tigrino, principal víctima de este conflicto, mientras sus guerrilleros libran una feroz guerra de agresión en las provincias vecinas. Estas, a su vez, tienen una llave en la mano para producir miles de víctimas entorpeciendo la ayuda humanitaria que necesariamente debe pasar a través de su territorio.

La deslumbrante carrera política con que comenzó Abiy Ahmed ha perdido brillo y su premio Nobel de la Paz es cuestionado por muchos. Su mismo futuro al frente de la nación es incierto. Pero Etiopía no tiene hoy muchos caminos alternativos que su propuesta política y tampoco otras personas capaces de llevarla a cabo. Por eso el apoyo le sigue siendo mayoritario. Él representa la unidad de la nación ante las fuerzas disgregantes. Por lo demás, en el breve tiempo que pudo gobernar con cierta paz, tuvo ojos para mejoras antes olvidadas. Y se mantuvo inflexible frente a las presiones de Egipto y Sudán en el macroproyecto de la polémica presa sobre el Nilo en la que la nación tiene puestas tantas esperanzas. A pesar de los innumerables contratiempos, la presa está a punto de comenzar su producción. Tímidas manifestaciones en favor de la paz se producen aquí y allá, como el grupo interreligioso de jóvenes que está recorriendo la nación llevando un mensaje de fraternidad. ¿Llegará a ser su clamor más potente que el estridor de la guerra?  



En la imagen superior: Un hombre cuelga una bandera nacional etíope en una escuela en Zarima, a 140 kilómetros de Gondar, Etiopía, el 16 de septiembre de 2021, después de que fuera liberada por soldados de las Fuerzas de Defensa Nacional de Etiopía (ENDF) que luchan contra los rebeldes pro-TPLF (Tigray People Libration Front ). Fotografía: Amanuel Sileshi / Getty



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