Expectación y confianza

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El nuevo presidente de Zambia, Hakainde Hichilema, debe reformar la economía y luchar contra la corrupción

«Él lo arreglará». Es la frase que aparece en infinidad de vallas publicitarias y que repiten sin pudor aquellos que votaron por el cambio en Zambia. Estos aseguran que Hakainde Hichilema, el candidato que, al sexto intento, logró alcanzar la Presidencia en las elecciones del pasado 12 de agosto, se comportará como «un padre» y reparará todo lo que está roto en la casa. 

No es una imagen baladí. Las pausadas y siempre cargadas de humor conversaciones entre los zambianos estos días en Lusaka, la extensa capital del país, giran en torno a esa necesidad de darle tiempo, al menos un año, para que vaya sustituyendo a los que se habían asentado en el poder sin remediar las extremas deficiencias socioeconómicas que vive la población.

«Tenemos un grave problema fiscal, un déficit de infraestructuras, una negociación con el Fondo Monetario Internacional que será muy dura, porque esta población no podrá soportar nuevas restricciones –el 40 % de los zambianos viven por debajo del umbral de la pobreza– y, además, la negociación paralela con las autoridades chinas –según fuentes oficiales, un tercio de la deuda del país es con el país asiático–», explica el economista Felix Mwenge, sentado en un centro comercial frente a una taza de café que cuesta lo que una familia media de los suburbios emplea para alimentarse tres días.

En la última década, la deuda pública de Zambia ha pasado de 1.900 a 12.000 millones de dólares. Y en noviembre de 2020 se convirtió en el primer país en no pagar uno de sus eurobonos por un importe de 42,5 millones de dólares debido a las medidas implantadas por la pandemia (ver MN 669, pp. 23-27). «Debemos empezar a gastar lo que tenemos, y es urgente que se produzca un reajuste de los precios de todos los productos porque la caída del valor de la moneda está condenando a una mayoría que sobrevive con lo que saca cada día», añade Mwenge tras reconocer que la experiencia empresarial del nuevo presidente, «que sea un hombre de negocios de éxito», da cierta garantía de que las promesas de su campaña electoral irán hacia la urgente recuperación económica que precisa el país.

Al recorrer los mercados de barriadas que rodean el centro de la ciudad, es posible observar cómo el coste de la vida se ha hecho insoportable para la mayoría de la población. Pequeñas montañas con cuatro o cinco piezas de verdura, a veces solo dos, muestran que alimentarse es un reto diario. 

El rostro de Edgar Lungu, el expresidente zambiano derrotado por más de un millón de votos de diferencia, sigue apareciendo en muchas camisetas y telas con las que las mujeres envuelven sus piernas y que se atan a la cintura para moverse con más comodidad. Son ciudadanos que votaron por la alternancia pacífica de la que Zambia ya ha hecho gala en tres ocasiones desde que logró su independencia en los años 60, pero que no tienen ningún problema en vestir la propaganda del líder derrotado porque, sencillamente, es una prenda de vestir más.


Un vendedor de prensa ofrece los diarios que anuncian la victoria de HH (Hakainde Hichilema) en las últimas elecciones presidenciales. Fotografía: Marco Longari / Getty. En la imagen superior, el nuevo presidente zambiano, Hakainde Hichilema, en una rueda de prensa en Lusaka. Fotografía: Patrick Meinhardt / Getty

El futuro de los carders

«Los carders están escondidos, no se atreven a salir a la calle», se comenta con una media sonrisa en cualquier debate. La palabra proviene de card, que en inglés significa «tarjeta», y en su sentido original hace referencia a los partidarios o simpatizantes de un movimiento o formación política. «El problema es que hay un tipo de carders violentos que durante los años del último Ejecutivo de Edgard Lungu, del Frente Patriótico, se hicieron con el poder en las calles. Dominaban los mercados, las estaciones de autobuses, los lugares donde circulaba mucho dinero. Tenían contacto directo con la Presidencia y estaban por encima de la Policía. Ellos eran la ley y amenazaban a la población, que estaba aterrada», explica Guess Nyirenda, fundador del movimiento Operation Young Vote (Operación Voto Joven). Nyirenda en la actualidad es uno de los asesores del presidente Hakainde Hichilema en la gestión de una estrategia nacional para reducir el desempleo juvenil e integrar a los que se metieron en el sistema paralelo de poder de los carders.

El 68 % de los votos que se introdujeron en las urnas en las últimas presidenciales procedían de jóvenes que se enfrentan a graves dificultades, que tienen problemas para continuar sus estudios de Secundaria, y para los que el acceso a la universidad es un sueño. «Lo importante es no trabajar para el Estado. Yo quiero montar mi negocio y ser autosuficiente, no depender de lo que decida el Gobierno», explica Nicholas Silwanba, para el que las primeras decisiones de Hichilema, como nombrar por primera vez a una mujer como portavoz del Parlamento o haber recuperado el Ministerio de Medio Ambiente, son pasos significativos. En cambio, Sara Muttale, que espera poder convertirse en enfermera algún día, recuerda que «durante la campaña, Hakainde Hichilema hizo promesas y aseguró que las cumpliría en muy poco tiempo. Dijo que la educación sería gratuita, pero ya ha pasado un mes y no se ha visto ningún cambio».

Retos para Hichilema

Los desafíos del flamante nuevo presidente de Zambia son inmensos. Un paseo por los suburbios de Lusaka evidencia que también hay clases y niveles entre los más desfavorecidos. En plena capital del país, los niños juegan en medio de calles sin asfaltar porque no tienen un espacio para correr, las mujeres hacen cola en las fuentes públicas para llevar agua potable a las casas, y las tiendas de alcohol y los rudimentarios espacios para la elaboración de la cerveza artesanal proliferan, con precios mucho más asequibles que los de las frutas y verduras, o el pescado seco y la carne de los mercados.

Casi todo está por hacer en Zambia, pero el impulso que ha dado la población al país plantándole cara a la corrupción es un elemento de esperanza importante. No hay pesadumbre o desasosiego ante las complejas condiciones de vida a las que se enfrentan. Extremadamente educados, golpeando las palmas de las manos como muestra de respeto y agradecimiento, los zambianos no parecen perder el tiempo desesperándose, avanzan con los recursos que les van llegando, a la espera de que los dirigentes piensen más en el desarrollo del país, y que el potencial de sus recursos naturales –como el cobre– no sea exportado sin que redunde en beneficio de la población.

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