Fuerza

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La llamaban la mujer serpiente, porque de pequeña reptaba. Más tarde, aprendió a apoyarse en un palo para poder caminar erguida. La casaron con un hombre que la despreciaba, la maltrataba y desaparecía de casa. Pero tenía que dar gracias porque en su condición alguien hubiera aceptado casarse con ella. Parió cuatro hijos en tres embarazos. Con el nacimiento de los gemelos él la abandonó definitivamente.

La casualidad hizo que una ONG llegase a su pequeña aldea con una campaña médica. Ella acudió allí por una dolencia. Pero la organización también buscaba algunas mujeres para formarlas. Ella fue una de las seleccionadas, a pesar de que apenas sabía leer y escribir.
Comenzó los cursos, empezó a realizar trabajos menores con la organización. La guerra se intensificó en su zona y la trasladaron al sur del país. Ella no se lo pensó. Partió con sus hijos. Aprendió a caminar con muletas. Siguió estudiando. Se convirtió en formadora y enseñó a otras personas. Luego, cuando llegaba a casa, reunía a su familia y tras la cena sentaba a los cuatro vástagos alrededor de una lámpara de queroseno y les hacía estudiar. Les decía: «Yo no entiendo lo que dicen vuestros libros, no puedo ayudaros con los deberes, pero de aquí no os movéis hasta que hayáis comprendido y resuelto todos los problemas». Día tras día les insistía en que lo único importante para ellos debería ser la escuela.

Ella ama la labor que desempeña. Le gusta recorrer las aldeas para concienciar a las personas, para animarlas a cambiar de hábitos y costumbres, para abrazar nuevas oportunidades. No duda en ponerse de ejemplo ante las mujeres para demostrar que la formación y el trabajo duro las puede hacer independientes, autosuficientes y libres. Ella no ha necesitado de ningún hombre para sacar adelante a su familia. Le ha bastado con su propio esfuerzo y sus ganas de superación. Ella transpira fuerza, y quizás sea eso lo que hace que tenga tanto éxito en su trabajo.

Pasados algunos años, la intensidad del conflicto disminuyó en su región y regresó. Allí sigue sacando adelante programas de la organización para la que trabaja. Con los ahorros se ha construido en su aldea una casa sencilla donde vive junto a sus hijos.

Ahora que ha regresado empoderada, con un sueldo y tiene su hogar, el padre de sus hijos le ha enviado un mensaje diciendo que le gustaría que se reconciliasen. Ella acoge a los mensajeros siguiendo todas las normas de cortesía: las hijas mayores sacan unas esterillas al patio para que se sienten y luego les ofrecen agua. Ella escucha lo que tienen que decir, los mira con ojos llenos de sarcasmo. «Solo quiere mi dinero», piensa, pero no lo expresa en alto. Como respuesta dice que tiene que reflexionar sobre el asunto. Pero sabe que no hay nada que decidir, que hace tiempo que lo tiene claro, no quiere retroceder en lo mucho logrado.

En la imagen, una mujer con su hijo a la espalda en Shattaya (Sudán). Fotografía: Ashraf Shazly / Getty



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