Galbana

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Domingo por la tarde. Hace calor. Las olas lamen con desgana la orilla. Inalterados por la algarabía que comienza a ascender cerca de ellos, algunos pájaros pasean y picotean entre las basuras. La playa se va llenando. Distintos grupos toman la arena. Algunos sacan un balón e inician una pachanga. Unos con camisetas, y otros sin ellas, corren, sudan, se gritan, salpican arenilla a los que se sientan cerca. Más allá surgen unas raquetas, acá una pelota de plástico. Músicas diversas compiten entre sí. Por un lado Davido, por otro -Reniss. También Diamond Platnumz se suma a la contienda. Sus temas son escupidos por equipos musicales a cual más potente. 

Varias marcas de telefonía o refrescos han plantado banderolas y carpas. Sus altavoces añaden más ruido y más ritmo al ambiente. Chicas ataviadas con camisetas y gorras con colores y logos corporativos abordan a los transeúntes y les intentan vender sus maravillas.

Más arriba, por la carretera, familias endomingadas, jóvenes exhibiendo las últimas tendencias y otros visitantes se entrelazan con los coches que ven su marcha casi detenida, las motos que insisten en zigzaguear entre unos y otros, y los carritos de palomitas que intentan llegar hasta los bañistas.

Bares con terrazas enormes se extienden al otro lado de la calzada. Ellos también lanzan música al aire. El afropop nigeriano se amalgama con el soukous congoleño o el –coupé-décalé marfileño forjando un sueño ficticio de panafricanismo. 

De vez en cuando, las hileras de sillas y mesas se ven interrumpidas por puestos donde arde el carbón y se asa carne de distintos animales para ser vendida en trozos de papel de periódico. Alguna cabra despellejada y sin cabeza o algún pollo cuelgan de ganchos a la espera de ser despedazados y colocados sobre las parrillas. Los encargados de las brasas son siempre hombres. Las mujeres ofrecen otro tipo de pitanza: platos de arroz, sopas picantes, mandioca cocida con varias salsas…

La cerveza está fría, la música enciende el ánimo, los amigos regalan conversación. Alguien pasa ofreciendo cacahuetes tostados. Luego llegan los que muestran perfumes, desodorantes, cremas o lociones para el acicalamiento personal de nombres exóticos o que resuenan a otros más conocidos. Más tarde aparecen los que venden móviles o pequeñas radios y reproductores de música, cargadores para los teléfonos, auriculares y tantas otras maravillas tecnológicas desarrolladas por ingenieros chinos expresamente para estos países. También están los que exhiben juguetes para niños, telas de mil colores, pendientes, pulseras y collares, artesanía para turistas. Incluso algún atrevido hace equilibrios con pilas de libros sobre su cabeza.

Solo las palmeras permanecen inmunes al bullicio creado en un domingo de desidia a la orilla del mar.



Fotografía: Sia Kambou / Getty

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