Guinea Ecuatorial ha cumplido 50 años

Teodoro Obiang
18/10/2018

Por Gerardo González Calvo

 

El pasado 12 de octubre Guinea Ecuatorial, la única colonia que tuvo España en el África subsahariana, celebró sus primeros cincuenta años de independencia. Asistió al solemne acto de la proclamación de la soberanía Manuel Fraga Iribarne, entonces ministro de Información y Turismo. A partir de ese momento, los distintos gobiernos españoles hicieron muy poco para reforzar unos vínculos históricos y culturales con la excolonia que hubieran beneficiado a todos los ecuatoguineanos e incluso a España.

Cincuenta años de independencia son pocos en la historia de un país, pero pueden dar una pista sobre cómo ha evolucionado la soberanía real, y más si se trata de un Estado pequeño como Guinea Ecuatorial, que tiene poco más de 28.000 kilómetros cuadrados, algo menos que la superficie de Galicia.

Once años del gobierno despótico del primer presidente, Francisco Macías, sumieron a la población en una larga noche de tinieblas y desesperanza. Asesinó a todos sus rivales políticos y se erigió en presidente vitalicio, endosándose más de cincuenta títulos rocambolescos, entre ellos «padre de todos los niños revolucionarios» y «único milagro de Guinea Ecuatorial». Unos 150.000 ciudadanos se refugiaron en los países vecinos.

El llamado «golpe de la libertad», protagonizado por Teodoro Obiang Nguema, el 3 de agosto de 1979, alivió las penurias y, sobre todo, acabó con el terror institucional; pero no resolvió los dos graves problemas del país: la pobreza y las desigualdades.

Cuando participé como miembro de la delegación oficial española en el I Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura, celebrado en Bata del 4 al 8 de junio de 1984, me comentó apesadumbrado un anciano: «¡Qué bien se vivía aquí en tiempos de la colonia!». Consideré entonces -y creo también ahora- que este desahogo no era tanto el deseo de volver al pasado, cuanto una crítica amarga y una gran frustración por el comportamiento de los políticos ecuatoguineanos. La realidad es que la primera etapa del régimen de Teodoro Obiang ha quedado solapada por una galopante corrupción y un exacerbado nepotismo, fraguado en torno al clan de Mongomo.

Para algunos analistas la culpa es del petróleo, que empezó a explotarse en los años noventa del siglo pasado. Gracias al oro negro, Guinea Ecuatorial se ha convertido en uno de los países con mayor renta per cápita de África. Este dato es en sí mismo positivo. El problema es que la riqueza petrolera no repercute ni en el desarrollo ni en el bienestar general de los ecuatoguineanos, sino que ha servido para acelerar el escandaloso enriquecimiento y la corrupción de la familia del presidente y de sus incondicionales lacayos.

El ejemplo más palmario del mal uso del momio petrolero es el reiterativo alarde de suntuosidad desmedida del hijo de Teodoro Obiang y vicepresidente del país Teodoro Nguema Obiang Mangue, más conocido como «Teodorín». Su último episodio conocido fue el intento de introducir en Brasil, a mediados de septiembre, 16 millones de dólares en dinero y en joyas, entre ellas un reloj engastado con piedras preciosas valorado en tres millones y medio de dólares. Las autoridades aduaneras brasileñas incautaron esta fortuna, que se justificó oficialmente con el burdo pretexto de costear unas consultas médicas.

No es solo una anécdota chusca, sino la cara más visible y ramplona del expolio a todo un pueblo que podía vivir muy holgadamente y, sin embargo, sigue en su mayoría pisando el umbral de la pobreza. Es, además, a pequeña escala, lo que sucede en varios países africanos, muy ricos en materias primas, pero empobrecidos por la codicia de los lobbies internacionales y la avaricia desmedida de sus dirigentes.

La conmemoración de los 50 años de independencia de un país es un acontecimiento importante, pero supone también la ocasión para no repetir los errores del pasado y lograr el bienestar de todos los ciudadanos. Solo cuando esto suceda, podrá ondear en lo más alto de los mástiles soberanos la bandera de la libertad soñada por todos los habitantes de un rico y hermoso país como Guinea Ecuatorial.