«Hay que aprender a perder el tiempo hablando con la gente»

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Mons. Eugenio Arellano, vic. apostólico emérito de Esmeraldas (Ecuador) 


Monseñor Eugenio Arellano Fernández nació en Corella (Navarra) en 1944. Primer comboniano español en ser consagrado obispo, ha desempeñado su servicio durante 26 años al frente del Vicariato Apostólico de Esmeraldas, en la costa de Ecuador. El pasado 5 de julio, el papa Francisco aceptó su renuncia por motivos de edad, y el 2 de septiembre será relevado oficialmente por Mons. Antonio Crameni. 

Ecuador es su primer amor misionero.

Sí, llegué a Ecuador en 1978, y aunque me hicieron salir para trabajar seis años en España y otros seis bellísimos años como formador de estudiantes combonianos en París, mi vida misionera está centrada aquí. Siendo provincial de los Misioneros Combonianos en Ecuador visitaba continuamente Esmeraldas y gocé de una relación muy estrecha con mi predecesor, monseñor Enrico Bartolucci, también comboniano, que siempre me invitaba al consejo presbiteral del vicariato. El mismo año que murió, 1995, fui consagrado obispo de Esmeraldas, una tierra que ya conocía, con sus problemas y esperanzas, así que no llegué a una Iglesia extraña porque Esmeraldas ya formaba parte de mí. Pedí entonces la nacionalidad ecuatoriana para poner toda la carne en el asador, no pegaba ser extranjero.

¿Cómo describiría Esmeraldas y a su pueblo?

Te enamoras enseguida de Esmeraldas porque la gente es querendona, se hace querer. Algunos dicen que Esmeraldas es un rincón de África en medio de América Latina, y aunque la inmigración ha mezclado mucho a la gente, prevalece la cultura negra. Existe un humanismo comunitario muy bello, una solidaridad no programada espontánea y maravillosa. También es natural el sentido positivo de la vida. El pueblo esmeraldeño sabe agradecer, vive una cultura del agradecimiento. Dan las gracias siempre a Dios, y el que es agradecido con Dios, lo es también con los demás. Sonríen continuamente, por lo que acostumbro a decir que el rostro de este pueblo está iluminado por la sonrisa. Sonríen no porque no haya problemas, que los hay, y muchos, sino porque saben que hay un Dios que es bueno y que está con ellos. Esta idea es una fortaleza que les da seguridad. Esmeraldas es también un pueblo pobre porque a su gente se le han negado oportunidades y los Gobiernos de turno se han olvidado siempre de ella. Esmeraldas es una reserva de humanidad con valores que podrían convertirse en riqueza para todos, pero sobre esta humanidad pesa una pobreza que oprime, una pobreza maldita de necesidades fundamentales insatisfechas que niega oportunidades, y esto animaliza a las personas, que luchan como fieras por el pedazo de carne.

Monseñor Eugenio Arellano durante su etapa al frente del Vicariato Apostólico de Esmeraldas. Fotografía: ARCHIVO MN
¿Cuál es la respuesta de la Iglesia?

La Iglesia quiere crear para los pobres las oportunidades que la vida les negó. Estamos comprometidos en procesos educativos serios y nos peleamos con los Gobiernos de turno para que se nos escuche porque la educación es para ellos el único camino para salir de la pobreza. Hemos invertido mucho en este campo. De hecho, nuestra universidad católica es una referencia. El centro se caracteriza porque no es selectiva, la matrícula es muy baja y, además, ofrece medias becas para apoyar a los estudiantes más pobres.

Como Iglesia hemos hecho una opción clara por la familia. En las 27 parroquias del vicariato tenemos iniciativas para fortalecer los lazos familiares, y en la pastoral juvenil nos preocupamos por inculcar en los jóvenes cualidades como la fidelidad o la constancia que van a necesitar el día de mañana como esposos y padres.

¿Y en cuanto a la pobreza?

La pastoral de la caridad es muy fuerte y en situaciones graves como la pandemia nos hemos movilizado desde Cáritas para llevar comida al pobre y medicinas al enfermo. Somos solidarios a la vez que estimulamos la caridad colectiva. Suelo decir a los sacerdotes que inventen canales para estimular la solidaridad y que hablen en las homilías de situaciones concretas, que hablen de la señora a la que hay que operar o del viejito que está solo.

Otro aspecto es la Justicia y Paz. Llevamos años denunciando la tala de árboles, los abusos de la minería, y aunque a veces tengo la impresión de predicar en el desierto, sé que contribuimos en este campo. La Constitución de Ecuador es bellísima, porque habla de los derechos de la naturaleza, de la protección de los bosques… Por eso, cuando los líderes de los pueblos se unen para protestar por los excesos de la minería o por la contaminación de los ríos les digo: «Lo que van a exigir es el cumplimiento de la Constitución, que no les digan que son rebeldes que la autoridad debe castigar».

Cuando visité Esmeraldas en 2002 me gustó ver que dedicaba horas y horas a acoger y escuchar a las personas. ¿Lo sigue haciendo?

No podría trabajar de otra manera. Doy tiempo para que vengan y otras veces voy yo. Es necesario aprender a perder el tiempo hablando con la gente, sentarse y reírse con ellos, comer juntos. No conocen la voz del pastor solo en la catedral, la conocen en la vida cotidiana. Deben sentir que eres suyo, y para ello tienes que dejar en segundo lugar cosas importantes. Siempre digo que nuestra oración como misioneros no es difícil, porque estamos presionados por la realidad. Estamos en contacto con problemáticas muy grandes que no podemos resolver, y esta incapacidad te lleva a la plegaria de intercesión. Nuestra oración está llena de nombres y de caras. Uno ve la oración de manera diferente, ya no es cuestión de sensibilidad o de devoción, se trata de solidaridad, se trata de un momento donde ellos son tuyos y tú eres de ellos.

Monseñor Eugenio Arellano durante su etapa al frente del Vicariato Apostólico de Esmeraldas. Fotografía: ARCHIVO MN

¿Cuál es la situación de los agentes pastorales en Esmeraldas?

Estamos en una situación muy interesante. Me ha tocado vivir un momento muy bello de esta Iglesia: el paso de los misioneros al clero local. Los misioneros son personas ricas espiritualmente, maduras, bien preparadas y con posibilidades materiales, pero van partiendo y dan paso a unos jóvenes que solo tienen buena voluntad y mucho entusiasmo, todo lo demás se lo tiene que procurar el obispo. A pesar de tantas limitaciones, esta Iglesia local se va consolidando poco a poco, con todos sus defectos pero con una identidad propia. En este sentido, tenemos presente el lema de Comboni de «Salvar África con África», y contamos con un seminario menor en Esmeraldas y dos seminarios mayores en Quito, donde hay un profesorado adecuado. Uno es un seminario Redemptoris Mater, vinculado al Camino Neocatecumenal, pero bajo la jurisdicción del vicariato, del que han salido una veintena de sacerdotes y que acoge actualmente a 18 seminaristas. Me dije: «Busco las vocaciones allí donde están», así que hablé con Kiko Argüello y con otras personas y ahora disponemos de buenos sacerdotes que aman a los pobres y cubren las necesidades eclesiales de Esmeraldas. Hasta nos hemos permitido enviar un sacerdote a Lyon como director espiritual y otro a Marsella para evangelizar, junto con un matrimonio, un barrio musulmán. También contamos con unas 90 religiosas de muchas congregaciones. Una mujer madura que evangeliza es una riqueza. Trabajan en la educación, en la liturgia y en la catequesis, pero sobre todo en la pastoral de los barrios pobres. La mejor respuesta a las sectas es una religiosa que pasee por las calles. Las sectas ocupan espacios vacíos, al menos en Esmeraldas, y la presencia de la religiosa cubre ese hueco, lo que hace que la gente regrese a la Iglesia.

¿Qué metodología misionera le seduce más? 

Me gustaría tener sacerdotes que no estén de paso por las comunidades, sino que se queden en ellas. Llegó el tiempo de compartir la vida de un pueblo. Jamás te inculturas si vas siempre de un lado para otro, si no te quedas a dormir y a convivir con la gente. No me gusta el cura que va picando por todos los sitios y se cree que es de todos cuando, en realidad, no es de nadie y nadie lo siente suyo. Sueño con misioneros que no tengan casa estable, que vivan de alquiler en los barrios. Esta libertad que da el no tener posesiones es maravillosa, aunque algunos me miran con cara de decir: «Padre, sea realista».

Monseñor Eugenio Arellano durante su etapa al frente del Vicariato Apostólico de Esmeraldas. Fotografía: ARCHIVO MN

También ha sido presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana entre 2017 y 2020.

Ha sido una experiencia muy bonita, aunque no faltaron los problemas. Nada más llegar, discutí mucho con el colectivo LGTBI porque, con todo respeto, siempre me opondré a que quieran universalizar su opción y llevarla a los planes de enseñanza. También fui muy criticado cuando se levantó una ola de feminicidios en el país y sentí que aquello no se podía banalizar. En una rueda de prensa dije: «Mujeres que me estáis escuchando, no se dejen maltratar. Si tu marido te pega, bótalo, vete con tus hijos. Y si tu marido te pegaba cuando erais novios, la Iglesia puede anular tu matrimonio». -Últimamente tuvimos fuertes luchas con el Gobierno ecuatoriano a causa de los migrantes venezolanos. Al final, el Gobierno fue humilde y conseguimos abrir un corredor humanitario para ellos hasta Perú.

¿Qué hará ahora que termina su servicio en Esmeraldas?

Mi proyecto es no regresar a Europa para mi vejez. Ya hablé con el padre general para reintegrarme a la congregación comboniana, que es la roca de la que me tallaron, e incorporarme como un misionero más a la comunidad comboniana de Tumaco, en Colombia. Quedarme en Esmeraldas no me parece maduro, aunque me cueste, porque tengo que dejar el campo abierto al nuevo obispo. Estuve demasiados años y no puedo ser punto de referencia. Tumaco es vecino al Vicariato de Esmeraldas y tiene el mismo perfil social. Además, el obispo de Tumaco está dispuesto a acogerme, y hasta quiere darme trabajo. Ya veremos si es posible cumplir este proyecto.   

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